Quizás quien se equivocó desde el principio fui yo.
Quizás vi las señales. Quizás siempre estuvieron frente a mis ojos y, aun así, elegí no verlas. Quizás, solo quizás, necesitaba creer que el amor era suficiente para cambiar aquello que ya estaba escrito.
No es un error desnudar el alma frente a quienes amas. Tampoco es ingenuidad entregar cada parte de ti con la esperanza de que alguien la cuide. Amar con el corazón abierto nunca será una debilidad; la verdadera tragedia es encontrar a quien no sabe sostener un amor tan puro.
Amar de verdad es poner el corazón en manos ajenas, sabiendo que quien lo sostiene también tiene el poder de dejarlo caer, sabiendo que un solo paso en falso puede hacerlo desaparecer todo. Yo di ese paso. Aposté cada latido, cada ilusión y cada pedazo de mi existencia sin detenerme a pensar en las consecuencias.
Y perdí.
Desde entonces habito un vacío que no conoce el silencio. Intento llenarlo una y otra vez, pero se escapa entre las grietas de mi alma, como el agua que jamás consigue permanecer en unas manos rotas.
Es un dolor difícil de explicar. No tiene forma, no tiene voz, pero vive en cada rincón de mi pecho.
Mi corazón quedó hecho añicos.
No se rompió de golpe.
Se fue quebrando en silencio.
Tan roto... que comprendí que existen heridas que ninguna venda puede cubrir, porque hay dolores que primero deben aprender a llorarse antes de volver a sanar.