Fragmentos de Nosotros

Tus ruinas me reconocen

Sentía muchas cosas por él, pero hoy había aparecido un sentimiento nuevo: el odio.
Odiaba que me hiciera sentir vulnerable otra vez, que todo volviera a girar en torno a él sin que yo lo quisiera.
¿Por qué? Yo ya estaba mejorando, ya estaba saliendo de eso, y aun así volví a caer.

Pero pienso seguir con mi vida. Él no va a volver a poner mi mundo al revés.
Ya no voy a ser esa mujer inútil que depende emocionalmente de ese hombre.
Si él hizo su vida, yo voy a seguir con la mía, tal cual vengo haciendo hasta ahora.

Le decía a mi psiquiatra por teléfono. Muy segura, y al mismo tiempo sin creerme ni una sola palabra, porque mi mente y mi corazón nunca están de acuerdo.
"Ahora hay que poner esas palabras en acción", me dijo, y siguió...
"y con eso, de a poco, vas a ir creyendo más en vos".

Me fui pensando en esas palabras. Palabras con verdad.
Mi problema siempre fui yo. Siempre me di poco valor, siempre me sentí insuficiente, siempre cargué con miedos e inseguridades.
Por eso, siempre perdí tanto.

Eso tenía que cambiar. En mi vida siempre iba a haber dolor, pero ya no quería ser yo la causante.
No iba a ser fácil, pero ya no quería que me fuera imposible.

Al terminar la llamada, apareció una solicitud de mensaje.
Mi cuerpo no se sostenía por sí solo.
Mi mente, que minutos antes no había parado de dar vueltas, quedó en blanco.
Era un mensaje de él.

"Hola, ¿cómo estás? Sé que no querés hablar conmigo, eso me quedó claro hoy. Pero necesito que me escuches. No quiero decírtelo por mensaje. Por favor."
Después de leer ese mensaje una y otra vez, volví a tierra.
Y no. No iba a contestar.

Ya no teníamos nada de qué hablar. No tenía que darme explicaciones sobre su vida actual y no debía sentir pena por mí.
Tenía que dejar de actuar como si él todavía me afectara.
Ahora tenía que actuar como si él no importara más.
Y así iba a ser.

Borré el mensaje.

Tenía que distraerme con otra cosa y, por suerte, al día siguiente era la competencia de boxeo. Hacía meses que venía entrenando para ese día, y nada lo iba a arruinar.
Me dediqué a la bolsa toda la tarde.
Al terminar, fui a comer y a tomar algo. Después me fui a bañar para ya acostarme.
Mientras me desvestía, me llamó mi entrenador.

-Hola, hola, ¿cómo estás? Te fuiste muy enojada.

-Estoy bien. Estoy nerviosa por lo de mañana -dije, tergiversando el tema.

-Mmm... bueno, tranquila. Te va a ir bien. Sos mi ganadora.

-Ok, me estoy entrando a bañar, te dejo -respondí, y corté.

Mientras me bañaba pensaba en mi entrenador. Sabía que le gustaba y que iba más allá de lo sexual, pero yo no sentía nada por él, aunque quisiera.
Siempre se lo dejé claro. Mi intención nunca fue lastimarlo, y por eso nada más iba a pasar.

Estaba cansada física y mentalmente, así que me dormí enseguida.

Ya era el día del combate.
Hoy no tenía que importarme nada más que ganar.
Y no solo esa batalla.

Los nervios me carcomían, no por la pelea, sino porque tenía que volver a ver esos ojos que eran mis malditas ruinas.
Pero tenía que aprender a ignorar ese amor.

Estacioné y respiré hondo antes de bajar.
Había mucha gente. Ese día no solo iban a estar los clientes como invitados.
Eso me puso aún más tensa. Yo era muy tímida y esperaba que tanta gente no me hiciera perder la confianza en el ring.
Fui directo al vestuario a cambiarme.
Ya estaban peleando las primeras dos rivales, y yo iba después de ellas.

Se acercó mi entrenador y me dijo al oído:
-Seguís vos. Ya sos ganadora. Hoy vas a demostrarlo en el ring.
Esas palabras me hicieron subir sola.
Mi cuerpo y mi mente tenían sed de ganar.
Solo iba a concentrarme en vencer a mi rival.
-Con 55 kilos y 1,60 de altura... -me presentaba el juez,
pero mi mente ya no escuchaba nada más que esas palabras de mi entrenador.

Soy ganadora.

Primer round.

Empecé en guardia, dando golpes concisos.
Pero enseguida el calor de la pelea aumentó y los golpes fueron de ambos lados.
Era muy buena. No podía leer sus movimientos.
Hasta que sonó la campana.

Segundo round.

Tenía que aprender sus movimientos, tenía que concentrarme.
Soy ganadora, me dije.

Empecé a tenerla contra las cuerdas, dándole golpes en la cara, hasta que ella también me dio uno que me hizo retroceder.
Y de nuevo, la campana.

-Ya le leíste la jugada. Ahora tenés que hacer la combinación que practicamos. Es tuya
-me dijo mi entrenador.

Tercer round.

Ya estaba cansada, mareada, pero iba a dar todo de mí. Tenía que ganar.
Empezó a darme golpes. Cada vez me costaba más respirar.
Y al no poder hacerlo, empecé a pensar en todas las cosas que me hacían sentir así, sin aire, sin salida.
Algo en mí ya no soportaba eso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.