No tenía que ir al gimnasio.
Aunque quisiera, mi entrenador me dejó en claro que tenía que descansar, y fue mejor.
Habían pasado varias cosas que no sabía cómo enfrentar.
Como que ella no era su novia y la compasión de él.
Más mi entrenador queriendo algo más.
No estaba preparada para una relación,
así que quería evitar que se confesara.
En cuanto a lo otro,
me hacía daño pensar que quizás yo era una burla.
No quería que sintiera lástima hacia mí.
Ya no quería ser humillada.
Sabía que ninguno de los dos era mala persona,
pero después de todo yo hice las cosas mal
y terminé dando lástima.
Me tomé el día para pasarlo con mis hijitos peludos, buena comida y buena música.
Había aprendido a darme pequeños mimos cuando sentía que el mundo estaba pesándome.
Con los años
aprendí a vivir con el dolor, pero no era suficiente.
Tenía que aprender a tomar buenas decisiones y no ser impulsiva con lo que siento.
Ya no quería no poder respirar ni sentir que mi cuerpo temblaba por miedo.
Quería ser fuerte, tanto que nada pudiera romperme ya,
ni siquiera yo.
Hoy en día valoraba cada detalle en mi vida: la salud de los que quiero, un techo propio y trabajo.
Había logrado cosas que antes no me eran posibles.
Pero había algo que no había cambiado en absoluto: yo era mi única enemiga.
Mi cabeza, aunque no quisiera, estaba en mi contra.
Los malos pensamientos, las voces, mi cuerpo reaccionando a ellas.
Lo diferente ahora era que había aprendido a vivir con eso.
Seguía sufriendo, pero no acostada en una cama sin poder levantarme,
sino desafiándome a mí misma, haciendo cosas que me decía que no podía hacer.
Y aun en mil pedazos, lo lograba.
Aunque eso no calmara nada en mí, hacía que los que amaba estuvieran felices.
Y eso, para mí, era suficiente.
Quería hacer algo más, sin salir de mi casa pero sí de mi mente.
Algún pasatiempo, algún hobby.
Me gustaba mucho leer. Me hacía sentir fuera de la realidad, como si fuera una droga que momentáneamente me alejaba de todo para ser alguien más.
Valoraba todo tipo de arte, pero sobre todo a quien sabía expresar con palabras cada detalle. Siempre escribía cosas que sentía en frases vacías. Me ayudaba a liberarme, ya que nunca fui buena haciéndolo con las personas.
Llevaba una mochila de una vida entera sin poder decir una sola palabra de lo que realmente me pasaba. Sentía que nadie podía comprenderlo sin juzgar o sin buscar una forma fácil de solucionarlo, como si así funcionara.
Tampoco quería mostrar vulnerabilidad. Las veces que lo hice, me abandonaron.
Nadie realmente me enseñó a cargar con todo lo que llevaba adentro, así que sabía que de nada valía decirlo.
Hacía unos meses, por primera vez, había decidido hablarlo y fui al psicólogo. Aun así, no servía más que para tomar decisiones. Lo valoraba, pero solo escuchaba lo que yo ya sabía y nunca quise decir lo que en verdad vivo.
Porque eso era algo que nadie podía solucionar más que yo misma.
Quise probar con pequeñas estrofas mis secretos más oscuros. Mi historia, y hasta pequeños sentimientos que tenía ante la vida.
Me gustó.
Sentía que podía ayudarme a entenderme y comprenderme. Así que ese se iba a volver mi nuevo pasatiempo.
Era un nuevo día. Tenía que ir a entrenar y, con eso, sentir el peso de mi pasado y de mi presente.
Solo me había enamorado una vez en la vida y pensaba que ese amor no iba a dejar de existir, pero sabía que no iba a poder ser.
Creía que era egoísta intentar algo con alguien más sin sentir amor, y eso no iba a cambiar. Yo no quería dejar de sentirme vacía lastimando a alguien más. Eso solo haría que me sintiera aún más despreciable.
Así que solo iba a dejar que el tiempo decidiera lo que tenía que ser.
Entré al gimnasio con música en los oídos y me dirigí a lo que venía a hacer: entrenar.
Estiré y empecé con las máquinas. Mi cuerpo había cambiado mucho y ya podía resistir mejor el dolor y levantar más peso.
Iba por mi último ejercicio cuando mis compañeras me pidieron ayuda. Al acercarme, vi que también estaba su hermana.
Me costaba mantener una conversación con ella. Probablemente sabía todo lo que había pasado con su hermano y no sabía si, además de lástima, quería que yo no volviera a acercarme a él después de haberlo lastimado tanto. Aun así, no creía que fuera a decir algo así delante de mis compañeras.
Ayudé en lo que me pidieron y la escuché decir:
-¿Te molesta si también te pido ayuda? Recién estoy empezando a entrenar y no tengo mucha resistencia, ni entiendo bien las máquinas.
Asentí y, tímidamente, le di algunas indicaciones.
-Gracias. Como ya dije, las cosas de mi hermano y vos no tienen que ver conmigo. Me gustaría conocerte y llevarnos bien.
Sus palabras sonaban sinceras y, sinceramente, a mí también me gustaría ser su amiga.
Pero lo veía cuestionable. Tal vez su hermano pensara que era una forma de acercarme a él.