Fragmentos de Nosotros

Fiebre Emocional

Desperté con todos mis peluditos a mi lado, pero al ver la hora tuve que correr a bañarme y salir para el gym. Hoy no iba a entrenar, sino a ayudar a mi entrenador.
La alarma sonó, pero no pude escucharla. Llegué unos treinta minutos tarde.

—Perdón, no sentí la alarma.

—No importa, ayudá por aquella parte que yo me encargo de este sector.

Al ir, vi caras que no reconocía, así que supuse que eran nuevos clientes. Pero enseguida me di cuenta de que también había otra cara que conocía muy bien: la de mi ex.
Tenía que tomarlo con calma. Si tenía que hablar con él, iba a ser únicamente de los ejercicios. No tenía que darle tantas vueltas.

Empecé a darles consejos a los nuevos mientras les enseñaba a manejar las máquinas, pero eso no evitaba que sintiera una mirada puntual, como una flecha que se instalaba en mi garganta y me impedía respirar bien.
Esperaba que no me pidiera nada. Él ya entrenaba desde mucho antes en ese gimnasio.

Dos de los nuevos eran amigos, se notaba por sus conversaciones. Cuando uno de ellos me pidió ayuda, el otro, jugando, pidió que lo ayudara a él primero. Siempre me incomodó ese tipo de cosas. Siempre fui tímida, y ese juego, sumado a que mi ex estaba escuchando, me puso aún más tensa.

Intenté hacer únicamente lo que debía, sin seguirles la corriente.

—¿Me ayudás con esta máquina? —escuché por detrás. Su voz.

Sentí que más que salvarme, se había unido al juego. Seguí ayudando a los nuevos y luego me dirigí a él. Ignoré el sudor de mis manos y mi corazón inquieto.

—No creo que necesites mi ayuda —dije bajo, como si me costara hablar.

—No la necesito, pero vi que te estaban molestando y quise que no estuvieras con ellos —dijo mientras me clavaba la mirada. Yo la evitaba.

—No hace falta —respondí fría.

Me alejé y fui con la persona que me había llamado, levantando la mano para que fuera.
Mi entrenador se acercó y me pidió que fuera a otro sector. Por suerte, ahí estaban mis compañeras. Pude respirar un poco.

—¿Estás bien? Estás más pálida de lo normal —dijo una de ellas.

—Sí, solo que hoy no me siento muy bien.
Aunque probablemente la situación anterior me había dejado así, ese día ya me había levantado algo débil. Tanto que, si no fuera porque debía ayudar a mi entrenador, no hubiera venido.

Les indiqué a cada una su rutina y fui hacia él.

—¿Ya me puedo ir? No me siento muy bien.

—Se nota en tu cara. ¿Vas a ir al médico? —preguntó preocupado.

—No, voy a tomarme algo para mejorar y me voy a dormir. Eso siempre me hace bien.

—Mmh… ok. Te llamo más tarde para que me cuentes cómo seguís.

Me fui y mi cabeza parecía estar en un limbo. El cuerpo me temblaba y el sudor era inevitable. Estaba acostumbrada a sentirme así.

Solo que esta vez, al llegar a casa, me di cuenta de que era fiebre.

Tomé una pastilla y me acosté a dormir.
Me despertaron unos golpes en la puerta y, al ver la hora, me di cuenta de que había dormido casi cinco horas. Sentía el cuerpo aún más pesado que antes. A mis piernas les costaba bajar cada escalón.

Abrí la puerta y no supe si lo que veía era algo bueno o no. Estaban mi entrenador y mis compañeras, y entre ellas, su hermana. Me quedé procesando la escena, pero cuando reaccioné ya habían entrado todos. Habían traído comida y se sentaron en el sillón.

—¿Cómo estás? Invitamos a todos para venir a ver cómo seguías —dijo una de mis compañeras.

—No te ves muy bien. ¿Segura que no querés ir al médico? —dijo mi entrenador.

—Estoy bien, pero sigo igual. No me gusta ir al médico. Es solo fiebre, ya se me va a pasar.

—Te traje sándwiches de queso —dijo la hermana de mi ex.

Y aunque eran mi debilidad, no tenía ganas de comer nada.
Me incomodaba su presencia, aunque sabía que estaban preocupados. Nunca me gustó que me vieran vulnerable. Comí igual, sin ganas.

—Estoy bien, en serio. No es un buen día para que vengan a visitarme.

—Venimos a acompañarte y no nos vamos a ir. Vamos a mirar una peli. Si querés, podés dormir otro ratito.
Aunque no quería que estuvieran ahí, sabía que no los podía echar.

Sin darme cuenta, me dormí.

Abrí los ojos y ya no estaban. Por un momento me sentí vacía y, aunque me incomodaba que me vieran así, me hacía bien sentirme acompañada. Pero la madrugada se sentía fría y yo aún seguía con fiebre.
Como pude, intenté subir a bañarme, arrastrándome y sosteniéndome del barandal. Entré al baño y caí en la bañera. Dolió, pero no le di importancia. Abrí la canilla y solo escuchaba caer el agua, mientras sentía que me ahogaba.

Después de un rato, intenté salir para irme a la cama. Parecía un reto, pero llegué. Tirada en la cama, mirando el techo, sentía que todo daba vueltas, que costaba el simple hecho de mover un dedo. Volví a quedarme dormida.




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