Fragmentos de Nosotros

Efecto Fantasma

Ese momento en el que el mundo exige pruebas de presencia, cuando lo único que el cuerpo pide es desaparecer. Hoy cada interacción va a doler, y voy a querer huir más de una vez.

Hoy no solo lucho contra la vida, también lucho contra mí.
No voy a dejar que mi juicio se nuble otra vez y, si ocurre, solo espero que nadie me vea sangrar.

Bajé del auto y llovía torrencialmente. Corrí hacia la puerta, intentando que la lluvia se llevara todo lo cargado que había traído hoy, pero al entrar, cada mirada hacia mí solo despertaba más sensibilidad. No quería ni siquiera hablar. Solo iba a dedicarme a entrenar.

Sin embargo, durante toda la rutina no hice más que pensar. Me agoté física y mentalmente. Antes de irme, mi entrenador me pidió ayuda. Esta vez era con el pago de sus clientes. Noté que ya no quedaba casi nadie, así que me apuré.

—Gracias, por siempre ayudarme —dijo, agradecido.

—Vos también me ayudás mucho a mí. Espero que nunca dejemos de ser amigos, te quiero.

—Yo espero que sí —respondió, y al mirarme se rió antes de agregar—. También te quiero.

Salí de ahí y corrí hasta el auto, pero otra vez no pude evitar quedar empapada. Al llegar a casa no quería nada más que tirarme en el sillón, preparar un té y leer. Parecía un plan ideal para hoy. Solo esperaba colaborar con el silencio y, al fin, calmarme.

Pero al llegar y ver que el auto de mi ex estaba justo frente a mi puerta, mis pulsaciones volvieron a acelerarse.
¿Qué hacía ahí? ¿Por qué no me avisó?

Las preguntas no paraban, hasta que al fin bajé, al menos para hacer una.

—¿Pasó algo? —dije, confundida.

—No pasó nada. Vine a verte —respondió, y se acercó para abrazarme.

La vida, otra vez, poniéndome a prueba.
Como si no supiera que yo no obedezco a la razón.

—Ya me viste. Hoy no me siento bien, necesito estar tranquila.

Sabía que él era mi anestesia contra el dolor, pero ya no quería usarlo solo para eso.

—Yo te puedo cuidar… con nuestros hijitos. ¿Puedo verlos?

No podía soportar un segundo más. No podía tener al hombre que amo diciéndome exactamente lo que más deseo escuchar. Era injusto. Cruel.

—Sí, pasá.

Entró, y verlo hacerlo fue como un déjà vu. Recordé los días en los que empezamos a vernos acá, cuando nos prometimos amor, cuando no existían los miedos. Días felices, que supe destruir en un segundo.
Volví a tierra cuando notó que estaba ida.

—¿Adónde te fuiste? —dijo, sonriendo.
Y no quise mentir.

—Pensaba en los primeros días. Verte acá, con mis gatos, me trajo nostalgia.

Cruzar miradas se había vuelto peligroso, y yo intentaba evitarlo a toda costa. Pero a él no parecía importarle. No dejaba de acercarse, cada vez más.

—Yo te extraño a vos —dijo.

Y aunque quise creerle, sabía, muy en el fondo, que no era cierto.

¿Cómo ignorar a la voz de la razón cuando te pide a gritos que no lo hagas?

¿Cómo frenar los deseos, si lo que más necesito está frente a mí, deseándome también?

Pero debía encontrar la forma. Poner límites que antes no tuve y por eso se alejó. Y aunque ahora se sienta confundido, sé que volverá a irse si esto vuelve a pasar.

Tomé aire y dije, simplemente, lo que ninguno de los dos quería oír.

—No puedo. Me costó mucho todo lo que pasó y ahora no puedo volver a eso como si nada.

—Yo no quiero volver —respondió—. Quiero volver a sentirte cerca, tenerte. Despertás algo en mí que ninguna otra podría.

Escucharlo terminó de confirmar muchas de mis dudas. Él solo quería una parte de mí, y no era yo entera.

¿Por qué querría estar con alguien como yo, que solo sabe causar sufrimiento?

Lo entendía, aunque no quisiera aceptarlo. Él hacía tiempo que se había ido. Y aunque ahora volviera su fantasma, solo venía a recordarme mis ruinas.

—Lo mejor para nosotros es mantenernos alejados. No te pido que te cambies de gym. Solo que mantengas tu distancia.

Frunció las cejas, como si hubiera dicho algo que no esperaba escuchar.

—No entiendo por qué. ¿Estás saliendo con nuestro entrenador?

—Sobre eso tampoco quiero estar con él. Solo fue algo sexual, no hubo sentimientos. Y no volvió a pasar.

—Conmigo también puede ser eso. Algo solo sexual.

Lo decía y lo repetía, palabras que abrían heridas profundas, hechos que empezaban a hacer eco en mi cabeza. Ya no quería escuchar.

—No va a pasar nada. Ya te podés ir —dije, aguantando tanto que mis lágrimas no pidieron permiso antes de caer.

—No llores, perdón. No quería que te sientas mal. Solo quería que supieras lo que siento.
Cerré la puerta, dejándolo afuera, sin permitirle terminar sus palabras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.