Los primeros días, cuando todo era simple: risas compartidas, mis gatos revolcándose entre nosotros, sus manos encontrando las mías sin esfuerzo. Días en los que el mundo parecía nuestro y el miedo no existía.
Recordar eso dolía y, al mismo tiempo, me hacía sonreír. Extrañaba su risa, la manera en que me miraba como si yo fuera suficiente. Extrañaba la sensación de seguridad que solo él me daba, la certeza ingenua de que nada podría rompernos.
Pero ahora todo era distinto. Lo había sentido cerca y se había ido. Otra vez. Y aunque no quería admitirlo, mi deseo seguía intacto. Cada recuerdo suyo era un golpe que me recordaba cuánto lo necesitaba, cuánto lo quería.
Me levanté y fui a la ventana. La lluvia golpeaba con fuerza; el olor a tierra mojada me llenaba de calma y melancolía al mismo tiempo.
Mirando hacia afuera, pensé en él: en cómo volvía a mí y se iba cuando le convenía, en cómo despertaba en mí algo que nadie más podía. Lo quería cerca, pero sabía que si cedía a ese deseo podía perderme otra vez.
Me obligué a bajar la mirada y aferrarme a algo tangible: los gatos durmiendo, el mate que se enfriaba, el libro abierto sobre la mesa. Todo me recordaba que debía respirar, que debía sostener mi corazón aunque doliera.
Pero incluso sola, sentí su peso en el aire. Como un fantasma que no se va, que sigue marcando mi mundo. Y aunque no sabía cuándo volvería a verlo, su recuerdo seguía quemando dentro de mí, recordándome que nada había terminado.
Entre nostalgia y deseo entendí que esta historia todavía no tenía cierre. Que él, de una manera u otra, volvería a aparecer. Y yo estaría ahí, esperando, intentando no perderme en cada pedazo de lo que alguna vez fuimos.
Lo esperaba como si fuera a venir. Y cuando entendí que no vendría, el golpe fue seco.
La lluvia romantizaba mi espera… y mi dolor.
Lo vi en una publicación de su hermana en Instagram. No podía dejar de mirarlo, de hacer zoom, de intentar retener cada detalle. Era imposible no verlo como la perfección hecha realidad.
No solo por su físico, sino por lo que era: seguro, directo, sincero. Alguien admirable.
Todo lo que yo sentía que me faltaba, él lo tenía sin esfuerzo.
Ahí estaba, en una pantalla, y aun así lograba acelerarme el corazón, recordándome todo lo que había deseado tener cerca… y lo que seguía anhelando, aunque supiera que nunca lo tendría completo.
Hoy, cada paso que doy es un recuerdo vivo de él, atrapada en una melancolía constante. Pero hoy ardía al rojo vivo.
Me vi otra vez sentada bajo la lluvia, esperando que regresara lo que nunca fue, aferrándome a algo que solo existía en mi corazón.
Sentí que me vaciaba. Que cada latido traicionaba a mi razón. Que cada recuerdo nuestro me desgarraba por dentro.
Todo lo que creía haber construido para sobrevivir se derrumbó en segundos, como si nunca hubiera existido.
Me odié por necesitarlo, por quererlo, por seguir sintiendo calor en la piel cuando me miraba así. Quería ser fuerte, pero mis manos temblaban, mis ojos ardían y la garganta me quemaba de tanto contener lo que no podía decir.
Quise desaparecer bajo la lluvia. Gritarle al mundo que me estaba rompiendo, que yo lo quería entero y él solo sabía tomar pedazos. Pero no había nadie. Solo el eco de su voz y mi corazón sangrando, esta vez sin silencio, sin pudor, sin refugio.
En mi mente se repetían sus palabras como puñales:
“No quiero volver.”
“No quiero que se compliquen las cosas.”
Cada frase caía con precisión quirúrgica, abriéndome un poco más. No era que no me quisiera. Era peor.
Tenía miedo de mí.
De lo que yo sentía.
De lo que yo era cuando amaba sin medida.
Y eso me mataba.
Porque entendí que no le daba miedo perderme.
Le daba miedo quedarse.
Ya no volvería a acercarse a mí después de lo que hablamos. Y aunque no quería que fuera así, en ese momento fue lo único que sentí seguro.
No quería distancia de él. No esa distancia que siempre existió entre nosotros y que, aun así, iba a doler peor que antes. Tuve la oportunidad de tenerlo, aunque fuera un poco.
Pero no me alcanzó.
Nunca me alcanzó.
Y en el intento de no perderlo del todo, solo conseguí que se alejara otra vez. Me sentía estúpida.
Nada de lo que pensaba, nada de lo que hacía, tenía sentido.
Hacía tiempo que no hablaba con mi psiquiatra. Pero ese día necesitaba escuchar algo, aunque fuera una reafirmación de lo que ya sabía.
Le conté todo.
Cada detalle.
Cada palabra.
Como si ordenar la historia pudiera cambiar el final.
Cuando terminé, sin rodeos, sin suavizarlo, me dijo:
—Él no te confunde.
Vos te confundís sola porque aceptar la verdad duele más que sostener la ilusión.
Entenderlo no significaba aceptarlo.
#297 en Detective
#260 en Novela negra
#darkromance, #obsesionesquedestruyen, #dependenciavulenrabilidad
Editado: 19.01.2026