Fragmentos de Nosotros

Piedra en el Mar

No volví a verlo. Dejó de ir al gimnasio y no supe nada de él desde ese día.
Su hermana tampoco mencionó nada, y yo tampoco quería preguntar. Era lo mejor.

De todas las maneras posibles, mi camino señaló que él no era mi destino, o simplemente yo lo compliqué todo. Me perdí en su mirada y dejé de ver con mis propios ojos. Intenté dejarlo atrás tantas veces, pero ahora ya no había otra opción: él ya no iba a volver.

No volví a ser yo. Algo en mí cambió y, esta vez, nada estaba bien. Una indiferencia emocional se había incorporado en mí y nada hacía que pudiera ver un poco de la luz que algún día logré ver, aunque fuera a lo lejos. Como si la vida me hubiera dado una anestesia para calmar mi dolor. Pero, aunque así pareciera, el dolor estaba ahí; solo que la única que lo notaba era yo.

Han pasado años. Años en los que me convertí en alguien que solamente sobrevive, respira y existe por obligación. Muerta por dentro y, por fuera, viviendo. Sintiéndome un simple cuerpo.

Nada me animaba, nada me gustaba, nada soñaba.
En mí había solo odio. Odio hacia los que me juzgaban por el simple hecho de estar así, como si yo lo hubiera elegido. Odio hacia él por haberme dejado de esta manera. Y odio hacia mí, por permitirlo.

Hablar de esto con alguien era sentenciarme a escuchar cosas que ya sabía. Palabras vacías que no quería oír. Aun así, las escuchaba a lo lejos, susurrando para que no lograra entenderlas del todo. Nada iba a cambiar lo que estaba ahí, y no iba a salir ni siquiera si yo intentaba arrancarlo con mis propias manos.

El cansancio mental contagió al físico. Ya me había sentido así incluso antes de conocerlo, pero él se había vuelto un curita que frenaba el sangrado. Yo lo había visto como el bálsamo que calmaba la raíz del mal. Lo había puesto en un lugar donde se volvió necesario, como si fuera un objeto al que pudiera usar de ancla.

No paraban los pensamientos. Tampoco esa opresión en el cuerpo que no me dejaba sentir ligera.
Vomitar se había vuelto costumbre cuando ya no resistía, y el tiempo pasaba sin que pudiera seguirle el paso.

Dolía despertar, pero dolía aún más no poder dormir.
Me volvía a armar un poco cuando estaba con mi familia, pero duraba poco. Bastaba darme cuenta de que me miraban con lástima. Siempre vi esas miradas, toda mi vida.
Aun así, fingía por ellos. Su felicidad hacía que la mía existiera, aunque fuera solo momentáneamente.

Me ahogaba en mi silencio cada día.
Mi casa oscura, como de costumbre.
Mis gatitos tirados a mi alrededor, como si quisieran hacerme saber que ahí estaban.
Mi té, ya frío, cuando recordaba que aún lo tenía en las manos.
Mis labios rotos de morderlos una y otra vez.
Mi mirada disociada, fija en un punto, pero yo no estaba ahí.
Nada de eso importaba.
Ya no había nada que quisiera arreglar.
Ya no quería ni que alguien lo intentara, pero aun así valoraba a quien eligiera quedarse.

Mi vida no salía de las paredes de mi casa.
Me había vuelto a encerrar en un lugar que ya no era seguro, pero era donde podía estar sola.
Aun así, había personas que no permitían que lo estuviera.
Se acercaban a mí aunque no lo quisiera.
Y, en el fondo, una calidez empezaba a formarse en mi interior.

Mis amigas hacían pijamadas, y las noches de desvelo ya no eran agotadoras.
Una de ellas, su hermana, se había vuelto muy especial para mí.

Hacía todo lo posible por hacerme reír.
Se volvía payasa al pisar mi puerta.
Preparaba comidas que me gustaban.

Me cantaba canciones con su hermosa voz, una voz que callaba a las demás.
Todo se volvía armonía y paz.
Me calmaba.

Siempre valoré todo tipo de arte como forma de expresión, desahogo y bienestar.
Yo dejaba todo mi dolor escrito. Había aprendido a liberarme así.
Y aunque eso no frenara lo demás, yo tenía una voz.
Una propia, que me entiende, que me perdona.

La música también me ayudaba.
Me hacía salir de la realidad, como una pausa para ver qué hay más allá.
Un nuevo comienzo.
Una vida que no fuera la mía.
Un sueño que jamás podría cumplir.
Yo alguna vez estuve cerca de cumplir uno.

Eran reales.

Y solo quisiera que, si alguna vez vuelvo a estar cerca de alcanzarlo, no lo deje ir.

Dirán que yo misma me autosaboteo.
Que no “soy feliz” porque no lo quiero.
Trato de no escuchar esas voces.
No entienden ni siquiera lo que hay dentro.

No es tan fácil.
No todos somos fuertes.
A algunos solo nos toca luchar por sentirnos bien.
Probar todo lo que dicen que hagas y no sentir nada.
Seguir así es como estar atada a una piedra en el mar.
Y aunque intentes sacarte esa piedra, el mar siempre te hace volver a caer.

Estoy cansada de escudarme.
Ya no acepto consejos.
No quiero que nadie me diga cómo podría ser mi vida
cuando nadie se detiene a mirar lo que hay más allá.
No quiero un psiquiatra.
Solo quiero poder sobrellevar esto
sin lastimar a nadie más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.