Fragmentos de Nosotros

La Vigilia de los que se Quedan

No sé en qué momento lo entendí.
No fue cuando llamaron.
No fue cuando dijeron su nombre en pasado.
Fue después.

En los días que siguieron, cuando el mundo insistía en avanzar y yo no encontraba cómo acompañarlo.
Me levantaba, me bañaba, respondía cosas básicas. Funcionaba.

Por fuera estaba entero. Por dentro era un cuarto vacío con las luces prendidas.
Pensé que el dolor iba a ser un golpe. Algo claro. Algo identificable.
Pero no.

Fue una fatiga constante.
Una sensación de estar siempre llegando tarde a algo que ya pasó.
A veces me olvidaba por segundos.
Y cuando me acordaba, dolía dos veces.

La noche anterior al velorio no dormí.
Me quedé sentado, con la cabeza entre las manos, tratando de recordar su voz sin que me aplastara el pecho. No pude.

Todo se mezclaba: su risa, su cara, su manera de decir mi nombre.
Nada se quedaba quieto. Todo se movía.
Dolía no haber podido despedirme.

No decirle lo mucho que la amaba. Nunca pude decírselo de verdad.
No podía estar roto.
Mi familia me necesitaba entero.

Mi hermano aún era pequeño y mis padres seguían en shock.
Creí tenerlo todo controlado.
Que las cosas iban por el camino que yo había elegido.
Pero no.

Ya nada importaba.
La vida había hecho lo suyo.
Había arrebatado la vida de mi hermanita.

¿Por qué ella?

Si era la persona más dulce, generosa y comprensiva que existía.
Era pura, sin una gota de maldad.
Pero ya no está.
Y solo me quedó este vacío.
Esta ausencia.
Y sé que no volverá.

Ese tiempo suspendido donde nadie sabe qué hacer con las manos ni con las palabras.
Donde todo se organiza alrededor de una ausencia que todavía no tiene forma.

La casa se llenó de gente que hablaba en voz baja.
Puertas que se abrían y se cerraban.
Teléfonos que vibraban sin parar.
Yo escuchaba todo desde lejos, como si estuviera debajo del agua.

Esperaba.

Esperar a que llegue el día.
Esperar a que alguien diga qué sigue.
Esperar a que el dolor encuentre una forma aceptable.

Mi madre se sentó varias veces en el sillón sin hablar.
Mi padre caminaba de un lado a otro, como si buscara algo que se le había perdido en la casa.
Mi hermano me miraba seguido, como si yo tuviera una respuesta que no tenía.

Yo me quedé quieto.
No lloré.
No recé.
No pensé.
Conté respiraciones.
Me repetí que tenía que estar ahí. Que no podía desarmarme todavía.

El luto fue eso:
una contención forzada.
Un cuerpo sosteniéndose por pura voluntad.

En algún momento de la noche me di cuenta de algo que me asustó más que la muerte misma:
ya estaba aprendiendo a vivir sin ella, incluso antes de despedirla.
Y esa idea me dio culpa.
Como si adaptarme fuera una traición.

La madrugada llegó sin aviso.
Como si el cuerpo se rindiera antes que la cabeza.
Alguien apagó una luz. Después otra.
La casa fue quedando en penumbra, pero nadie se iba a dormir del todo.

Dormir parecía una falta de respeto.
Me senté en el borde de la cama, con la espalda encorvada, las manos entrelazadas.

El dolor empezó ahí.
No como un golpe.
Como una filtración.

Sentí los ojos pesados, pero no lloré.
Las lágrimas se quedaban frenadas, como si todavía no tuvieran permiso.
Me di cuenta de que nadie nos enseña a atravesar esto.
A perder sin romperlo todo.
A seguir respirando cuando alguien que era parte de tu aire ya no está.

Pensé que al día siguiente iba a tener que despedirme.
Que iba a verla por última vez.
Eso me dio miedo.

No quería soltarla.
No quería aceptar esto.
Solo quería despertar y que todo fuera una pesadilla.
Que me dijera que todo iba a estar bien.
Que me abrazara.
Poder decirle que la amo.
Decírselo de verdad.
Y no tener que dejarla ir.

No sabía qué hacer con el cansancio.
No sabía dónde dejarlo.
El despertar no fue un despertar.

La luz entró por la ventana sin pedir permiso.
Demasiado clara.
Demasiado normal para un día así.

Escuché movimientos en la casa. Pasos, una puerta, alguien hablando en voz baja.
El mundo había decidido empezar igual, aunque nadie estuviera listo.

Me levanté despacio.
Me miré en el espejo y no me reconocí.
Tenía la cara hinchada, los ojos opacos.
Parecía alguien que había pasado la noche despierto por una razón que no se puede explicar.
Me vestí sin pensar.




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