Me quedé quieta, con el teléfono en la mano, escuchando una voz que hablaba de ella como si ya no estuviera.
Como si decirlo en pasado fuera algo normal.
Pensé que el dolor iba a aparecer de golpe.
Que me iba a doblar.
Que iba a gritar.
Pero no.
Lo que sentí fue vacío.
Un silencio adentro mío tan grande que me dio vergüenza.
Yo ya estaba rota antes.
Y cuando algo se rompe sobre lo que ya está quebrado, ya no hace ruido.
Algo más en mí murió.
Ya no aguantaba otra ausencia.
No esas ausencias que eligen irse,
sino las que, sin elegir, se van para no poder volver.
No soportaba otra despedida.
Y ahora me estaba despidiendo de alguien que había sido una pequeña luz en mi camino.
Alguien que hacía que no todo fuera tan malo.
Que, entre tanto caos, ofrecía un poco de calma.
Que, entre tanta agonía, sostenía la armonía.
La humanidad había perdido a una de las personas más humanas que existía.
Y pensar en eso me llenó de miedo.
Miedo de seguir perdiendo algo así.
Miedo de quedarme en esta vida solo para ver cómo los que no lo merecen sufren…
o se van.
Yo ya no sabía cuánto más podía perder sin desaparecer un poco también.
En silencio.
Sin tener fuerzas ni siquiera para gritar.
Esas ya las había perdido hacía tiempo.
Las lágrimas salían sin permiso.
No paraban.
Caían hasta volver el dolor de cabeza y las puntadas insoportables.
El pecho, rígido, queriendo explotar.
Respirar siempre había sido casi imposible…
y aun así, inevitable.
Mi cuerpo no quería moverse.
El temblor rara vez se detenía.
El cansancio de estar así desde hacía tantos años volvía a aparecer.
Pero la costumbre —esa inercia cruel—
era lo único que me hacía seguir.
Siempre quise entender todo.
El porqué de las cosas.
Hoy ya no.
No existen explicaciones.
No existe un “pude haber hecho”.
Nada controla más de lo que realmente tenemos en las manos:
lo que sí podemos hacer,
y lo que pudimos hacer y no intentamos
por miedo,
por creer que todo era permanente.
Nada lo es.
Nada perdura.
Todo cambia.
Todo tiene fin.
Desde niña me guardé todo para mí.
Como si decir lo que sentía fuera una invitación a que me lo devolvieran en forma de herida.
Y casi siempre fue así.
Pero hoy me arrepiento.
Me arrepiento de no haber hablado.
Porque esas ausencias ya no vuelven.
Y no saben lo que sentí.
Tal vez no hubiera cambiado nada.
Pero al menos me quedaría la tranquilidad
de que lo supieron.
Pensar en ir al velorio me daba miedo.
No por la gente.
No por el lugar.
Tenía miedo de mí.
No estaba en mis cabales.
Lo sentía en el cuerpo, en la forma en que todo me superaba demasiado rápido.
Cualquier pensamiento se volvía ruido.
Ir significaba aceptar lo que todavía estaba negando.
Ver su nombre escrito.
Escuchar su ausencia en voz alta.
Sentía que si cruzaba esa puerta, algo dentro mío se iba a quebrar del todo.
Que ya no iba a poder volver a cerrarlo.
Yo no estaba lista para despedirme.
Tampoco estaba lista para dejar de ver su locura,
sus risas,
sus ocurrencias,
su voz.
Iba a extrañarla tanto que iba a buscarla por mucho tiempo.
En los lugares de siempre.
En los gestos mínimos.
Sus recuerdos iban a aparecer en cada día.
Lo sabía, porque ya había pasado antes.
Y esos recuerdos, fueran buenos o malos,
todavía me persiguen.
Pero eran lo único que me hacía sentir viva.
Porque lo viví.
Porque existió.
Porque significó algo.
Estaba sentada en una silla, apartada de todos, como si el velorio fuera un lugar ajeno.
No miraba a nadie. No parpadeaba con normalidad. Mis ojos estaban fijos en la lápida, pero sin verla realmente. Era una mirada que no tenía destino, como si mi pensamiento se hubiera ido por otro lado.
El cuerpo estaba ahí, pero el alma no.
Mi mano temblaba apenas, una vibración suave, constante, como si el miedo me atravesara desde dentro. El temblor no era de frío, era de ausencia.
No reaccionaba al ruido.
No reaccionaba a los abrazos.
No reaccionaba a las palabras que me decían, aunque parecieran cercanas.
Los demás se movían alrededor, como en una película que yo no podía ver. Y yo seguía sentada, como si esperar fuera una forma de sobrevivir.
#231 en Detective
#217 en Novela negra
#darkromance, #obsesionesquedestruyen, #dependenciavulenrabilidad
Editado: 10.02.2026