Fragmentos de Nosotros

La Forma Más Triste del Amor

Me fui de ese funeral desconectada de mi propio ser. Sentía ese vacío cada vez más profundo y asustaba pensar en volver a perder. Algo en mí ya no funcionaba, algo que no lograba entender del todo por qué. El dolor se había vuelto usual, y en mí ya no había nada.

Tengo la teoría de que fue la costumbre la que hizo que mi cuerpo ya no reaccione y que mis emociones no se hagan presentes. Puede ser que esté tan rota que ya no pueda mostrarme como soy, que todo lo que me quedaba de luz se haya apagado lentamente. Que me iba a extrañar, pero admito que no sentir nada, después de sentirlo todo, es un respiro.

Eso no quería decir que yo fuera a lastimar. Juré no volver a hacerlo. La vida ya era lo suficientemente oscura para ser parte de ello. Tampoco iba a rendirme ante el mundo. Me va a ver arder de pie.

Solo quería paz, esa paz que nunca encontré, pero buscarla era lo que iba a hacer desde ahora. No sabía cómo, pero debía seguir buscándola. La única certeza era que ya no iba a volver a caer, así tuviera que dejar mi alma enterrada.

No sabía en qué momento exacto había empezado a vivir
así, en automático. Los días pasaban y yo los atravesaba sin quedarme en ninguno. Cumplía con lo necesario, hablaba lo justo, sonreía cuando tocaba.

Había aprendido a no esperar nada. Ni de los demás ni de mí. Las expectativas siempre habían sido una forma elegante de la decepción. Ahora solo avanzaba.

A veces pensaba en todo lo que había sido antes. En la forma en que sentía sin medida, en cómo me entregaba incluso cuando sabía que podía doler. Esa versión mía parecía lejana, casi ajena. No sabía si la extrañaba o si, en el fondo, le agradecía haberse ido.

El silencio se había vuelto mi lugar seguro. No exigía nada. No prometía nada. Simplemente estaba ahí. Y por primera vez en mucho tiempo, eso alcanzaba para mí.

No había encontrado tal paz; cada día tenía que reprocharme por serme perjudicial, pero había algo diferente: ya nada importaba, ni siquiera yo.

Seguí trabajando, seguí con mis pasatiempos. Pensé en no dejarme ni un momento quieta, en estar presente con la gente que me quedaba y no asustarme por si se podían ir. Ya no quería que ningún pensamiento me cegara.

La nostalgia me invadía, pero ya no quemaba; solo me hacía sentir algo, aunque fuera por un pequeño momento. Nada estaba bien, pero tampoco sabía mal.

Dejé de preguntarme qué me pasaba, porque no todo necesita explicación. Entendí que sentir poco también era una forma de sentir, que el cuerpo se anestesia cuando ya no sabe cómo protegerse. Eso me mantenía a flote.
No prometí volver a brillar, solo no empeorar.

Siempre fui cobarde, siempre me aferré a lo seguro cuando nada lo fue. Hoy me veo y no me reconozco. Mirarme en el espejo era pensar en lo que algún día fui o prometí ser.

El silencio se había convertido en mi balada favorita, mi casa oscura de costumbre, pero ya no había ruido. Mi sistema nervioso era el único que se negaba a una tregua; las náuseas y los vómitos venían por momentos. Entendí que no soy diferente, no soy especial. Soy otra existencia, un instante, y así es la vida.

Estaba sentada afuera del gimnasio, recordando momentos, lo único que me queda. Hoy hace un mes de que ella ya no está. Quería tomarme un tiempo antes de entrar; recordarla me invadió la melancolía.

Alguien se sentó cerca. No me moví. No miré. El silencio ya no era tan tranquilo. Y supe que era él sin necesidad de confirmarlo. No porque lo estuviera esperando, sino porque algunas presencias no necesitan anunciarse.

Pero esta vez, al mirarlo, solo había amor. No era que quería volver a él porque lo amaba; era querer dejarlo ir, por ese amor.

Sabíamos que no podíamos ni siquiera nombrarla. Solo nos quedamos mirando hacia el gimnasio, hasta que habló primero.

—Ella te quería mucho, era muy protectora contigo.
Sonrió como si recordara algo en concreto y siguió:
—Inclusive conmigo.

Quedé por un momento recordándola así.

—Ella nos va a seguir cuidando, a los dos.
Me levanté para irme. Entrar al gimnasio no iba a ser una buena idea y lo mejor era volver a casa. Pero él, en cambio, no parecía con ganas de irse.

—Necesito hablar contigo. ¿Podemos?

Quizás solo quería hablar con alguien. Él era muy cerrado y seguramente tenía todo reprimido.
No me iba a negar y, aunque yo estaba decidida a dejarlo ir, lo quería y, si tenía que estar, lo iba a hacer.

—Sé que hice las cosas mal. Fui egoísta. Solo tenía que cuidarte y lo único que hice fue generarte dolor.

Vi culpa en sus ojos, una culpa que no debía cargar. Una que no era suya.

—Fuiste lo mejor que me pasó. Fuiste mi ancla, un lugar feliz. No me arrepiento de conocerte. Yo soy la que debí cuidarte y no supe cómo.

Seguí:
—Está bien, yo ya entendí que si te amo, tengo que dejarte ir.

Me tomó la mano y me miró de cerca al decir:

—Yo no quiero volver a dejarte ir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.