Volví a casa. El lugar seguro que se había convertido en mi peor cárcel. Hoy ya no la siento así; incluso volví a sentirla mía. No prometí volver a estar bien, solo estar. Y hoy estoy, casi a pedazos, pero acá estoy.
Mis peluditos también la extrañaban. Solo preparé un mate y me senté bajo ese árbol que cargaba emociones y recuerdos. Hoy quería transformar todo eso en fuerza, en lo difícil que fue seguir. Que ya no me cegara lo malo, sino reconocer que salí casi ilesa.
Siento el viento en mi pelo, el olor al verde que me rodea mezclándose con el de la yerba. Hoy todo duele un poco menos.
Ese ánimo que no sentía hace mucho hoy se asoma, como dándome una oportunidad de respirar. No voy a mentir: nada cambió. Pero hoy solo me adapto.
Me puse a regar mis plantas, que ya estaban decayendo. Esas plantas que siempre intenté no dejar caer, no solo por ellas, también por mí. Quería sentir que algo estaba bajo control, que podía ser responsable de algo, asumir un compromiso.
Eso no siempre fue posible, pero las plantas parecían darme otra oportunidad, manteniéndose en pie.
Al igual que yo, sobrevivían sin saber por qué ni cómo.
Hoy la vida parecía darme una caricia y mi corazón latía con calma. Por primera vez en mucho tiempo vi un rayo de esperanza, sentí que salir de lo oscuro de mi mente solo era cuestión de tiempo.
Recibí una llamada. Una llamada inesperada que me hizo salir de la fantasía en un simple segundo.
—Hola. Perdón por llamar, pero no sé qué hacer. Mi hijo, el último tiempo, estuvo muy perdido… muy mal por todo lo que pasó. Hoy tuvo un accidente. Chocó. Está en coma. Y sé que, a pesar de todo, ustedes siempre estaban juntos. Por eso quise avisarte…—
Era su mamá, que entre voz cortada intentaba terminar la frase, y yo… yo no podía decir una sola palabra.
Todo se nubló, de nuevo. Solo atiné a pedir la ubicación del hospital y salir hacia allá.
Estaba en camino y todos los pensamientos y sentimientos empezaron a envolverse entre sí. Yo lo perdí muchas veces, pero no podía resistir perderlo de verdad. Pensar en eso me cortaba el aire y mi estómago punzaba con náuseas.
Llegué. Estaba su familia, pero no quería nada más que verlo a él. Ellos enseguida me llevaron y, al abrir la puerta, ahí estaba: con heridas por todas partes, sin moverse, con sus ojos cerrados. Ojos que deseaba ver más que nunca.
Tomé su mano y solo me recosté sobre él. Muchas cosas pasaron entre nosotros; sé que siempre fue el hilo hacia mi perdición, pero también tuve claro que él no era culpable.
Juré cuidarlo y no pude, nunca pude. ¿Cómo podría hacerlo si ni siquiera puedo conmigo? Fallé con él muchas veces; por eso siempre supe que lo mejor era estar lejos.
Hoy no quiero hacerlo. Quiero estar junto a él hasta que salga de esto. Porque lo hará. Porque es obstinado y no se va a rendir. Y aunque hoy tropezó, volverá más fuerte. Lo sé. Porque, aunque no entienda nada de mí… sé que lo entiendo perfectamente a él.
Mis lágrimas salían, esas que ya tanto les había costado salir, que se habían acostumbrado a acumularse y esconderse. Hoy no paraban.
Volvieron los pensamientos de culpa. Él quiso contactarse conmigo y yo no quise hablar. Él estaba sufriendo y yo lo dejé solo.
Pero también aparecían otros pensamientos: que quizá fue lo mejor, que tal vez, de haber estado juntos, todo habría sido de mal en peor… siendo ambos sumisos del abismo.
Catorce días sin que despierte. Me encuentro en la sala de espera y ya conozco cada parte del hospital, cada enfermero y cada doctor. Días que no son pocos cuando estás en este contexto; días eternos.
Duermo casi nada y como a veces. Su familia y sus amigos, pese al daño que les causé, están atentos a que me encuentre bien. Los míos también, pero yo, otra vez, me siento ausente; como si todo lo que gira a mi alrededor fuera externo, desconectado de mi universo. Muchas veces ni siquiera escucho lo que me dicen.
No iba a volver hasta que él volviera. Eso era lo único que tenía por seguro.
Llegó ese doctor que siempre parecía estar de buen humor, como si quisiera contagiarlo, aunque conmigo nunca lo lograba. Llamó a la familia y a los amigos de él, y todos quedamos atentos, como si esperáramos la misma palabra.
Y, para nuestra satisfacción, así fue: despertó.
Todos fueron hacia su sala, casi corriendo. Yo solo me quedé ahí, parada, otra vez sin saber qué pasaba dentro de mí. Él despertó.
Era lo único que esperé todo este tiempo… pero, de nuevo, todo se llenaba de contradicciones.
No estaba bien volver a ilusionarnos con la idea de estar juntos. Eso solo nos haría mal, y ya estábamos hartos de comprobarlo una y otra vez.
Es lo mejor, lo siento en el cuerpo. Y no solo para mí, también para él. Hoy vuelvo a alejarme, pero con mi corazón, como de costumbre, sobre la mano. Con ganas de volver a él… y yo conteniéndolo con fuerza.
Volvió a abrir los ojos cuando yo aprendía a cerrarlos. Nos salvamos de perdernos para siempre… pero también de volver a perdernos juntos. Y esta vez me fui con el alma sangrando, pero con el cuerpo casi en calma.
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Editado: 10.02.2026