Sentía su calidez, cómo tomaba mi mano, su voz que parecía un ángel queriendo llevarme hacia algún lugar. También escuchaba, a lo lejos, desde otro lugar, la voz de mi hermana, que me decía que hiciera lo que le prometí.
—Si venís conmigo, rompés lo que prometiste —decía sin enojo.
Y yo odiaba que tuviera razón.
Quería ir a abrazarla primero, pero ella se negaba y afirmaba que así iba a romper la promesa, que la dejara ir. Pero no era tan fácil; quería despedirme de cerca. Lo intenté, pero no me dejaba.
—Ella te espera.
Tenía que dejarla ir. Ella me lo pedía y tenía que aceptarlo. Lo hice. Solo caminé hacia esa mujer que sentí que me soltó después de pedirme que volviera. Seguí buscándola para que no me volviera a soltar.
Vi una luz y sabía que ella estaría ahí, y no pensaba en dejarla ir.
Abrí los ojos y la luz me golpeó primero que cualquier pensamiento. Blanca, intensa, demasiado brillante. Parpadeé varias veces, intentando que mi cabeza la aceptara.
Todo dolía: la garganta seca, los brazos rígidos, cada músculo como si no me perteneciera.
Escuché pasos que se acercaban y se alejaban, voces bajas que no entendía.
Alguien decía mi nombre una y otra vez, pero me costaba reconocer de dónde venían. Intenté mover la mano y apenas respondió; mi cuerpo estaba dormido antes que mi mente.
Entre todo ese ruido, algo me llegó: un susurro suave, cálido… como un ángel que me quería llevar hacia algún lugar. Creí reconocer esa voz, pero cuando giré la cabeza, no estaba. Solo sombras moviéndose rápido, caras desconocidas, alguien sosteniendo mi brazo con cuidado.
Mi hermana apareció a lo lejos, diciendo algo que no entendí del todo. “Cumplí lo que prometiste”, me repetía, y algo en mí respondió a esa orden antes de que pudiera pensar en ella.
Quise abrir la boca y llamar su nombre, pero no salió nada.
Solo sentí un vacío profundo: la luz estaba ahí, la voz que me buscaba… y no podía alcanzarla. Y entonces comprendí, con un dolor que me atravesó el pecho, que estaba despierto… pero ella ya no estaba conmigo.
—¿Dónde está ella? —pregunté, y mi mamá, acercándose, me calmó y dijo que estaba afuera.
Me tranquilicé por un momento, pero no alcanzó. Necesitaba verla.
Mis amigos también se acercaron, abrazándome y diciéndome que ya todo estaba bien, que les alegraba que así fuera.
—Perdón, solo recuerdo perder el control del auto. No quise que esto pasara —dije, intentando remediar el hecho.
—Lo importante es que estás bien —dijo uno de ellos.
Mi padre, a los pies de la camilla, me miraba con los ojos llorosos y abrazaba a mi mamá, seguramente habitando nuevamente el miedo de volver a perder a otro de sus hijos. Les volví a pedir perdón.
—Hijo, solo me importa volver a verte. No pidas perdón.
Mis ojos volvieron a buscarla, como si quisieran verla pasar por esa puerta, pero no aparecía.
—Ella no se separó ni un minuto de vos —dijo mi mamá—.
Cuando nos avisaron que despertaste, se fue.
Quería ir a buscarla, pero no podía ni siquiera moverme. Quería salir corriendo y encontrarla, aunque sabía que ella no iba a quedarse.
Nada importaba, solo quería intentarlo una y otra vez, hasta que por fin seamos felices. Nada iba a impedir eso esta vez, ni ella ni yo.
Estaba dispuesto a aceptar cada fallo, cada obstáculo. Esta vez todo va a ser diferente. Lo prometí, y pienso cumplirlo.
Sentía como si el tiempo mismo conspirara en mi contra, alargando la espera, haciendo que cada segundo fuera un cuchillo clavado en mi pecho.
Me senté en un banco. Miré alrededor: niños jugando, perros corriendo, el sol cayendo entre los árboles… todo seguía, la vida continuaba, mientras yo estaba atrapado en un instante que parecía eterno.
Pensé en ella, en cómo sus ojos me esquivarían otra vez, en cómo su mano tal vez nunca tocaría la mía.
Me recosté en la cama al llegar a casa y mi mente no paraba. Su cara, su voz, el calor que sentí alguna vez en su presencia… todo flotaba frente a mí, y yo incapaz de alcanzarlo.
Cada sonido de la calle me hacía pensar que era ella, que había vuelto, que todo iba a cambiar… y cada vez era solo un auto, un vecino, un perro ladrando. La incertidumbre me estaba volviendo loco.
No había certezas, no había seguridad; solo ese hilo invisible que me ataba a ella, que me obligaba a esperar, a sufrir, a creer que algún día la vería de nuevo.
Y mientras la ciudad respiraba, mientras la noche caía y el silencio se llenaba de mis propios latidos, me prometí algo: no importa cuánto duela, no importa cuánto me rompa, no voy a ceder. La buscaré.
Aunque no haya certezas, aunque el tiempo me torture, aunque no sepa si alguna vez volveré a sus brazos.
Porque ella es todo lo que me mantiene despierto, todo lo que me hace sentir vivo y muerto al mismo tiempo.
Y aunque no la tenga, aunque no la vea, aunque no sepa qué va a pasar… esa espera, esa espera me mantiene aquí.
Es lo único que me queda. Lo único que tengo.
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Editado: 10.02.2026