Ella se alejaba otra vez y sentí que el mundo se partía en mil pedazos. Quise alcanzarla, tocarla, arrancarla de sus propios miedos… pero cada intento era en vano. Siempre supe que no me amaba de verdad: el amor no trae dolor, no hace mal, no se disfraza. Y aun así… iba a aceptar todo con tal de tenerla.
Sus ojos me quemaban en la memoria, su olor se me pegaba a la piel, y cada vez que la imaginaba lejos de mí, el mundo se derrumbaba. No podía soportarlo. No podía permitir que se marchara sin mí, aunque lo correcto fuera dejarla.
Quise gritarle, decirle todo lo que sentía… pero mi voz se ahogó en un nudo de impotencia. Solo podía observarla desde ese abismo que me separaba de ella, alimentando cada pensamiento, cada deseo, cada maldito instante en que la necesitaba.
Y lo sabía… lo sabía todo: que nunca podría tenerla por completo, que nunca sería suficiente para ella… pero aun así, no me importaba. Quería quemarme entero en sus llamas, arder y consumirme con ella.
Nunca fui así. Siempre fui leal a mis convicciones, siempre supe controlarme, sin dejarme arrastrar por mis emociones. Pero hoy todo cambió. Hoy nada importa. Quiero perderme, quiero que nadie me reconozca, que todo colapse… y quiero que sea junto a ella.
A veces siento que algo dentro mío quedó suspendido en el tiempo, como un cuarto al que nunca volví a entrar. Hay días en los que el silencio pesa demasiado y necesito ruido, caos, más dolor. Cualquier cosa que me saque de esa sensación de vacío que aparece sin aviso.
Cuando ella se aleja, ese frío vuelve a treparme por el pecho y me deja sin aire, como si ya hubiera perdido demasiado antes y no pudiera soportar otra ausencia. La persigo sin pensar, con una urgencia que ni yo mismo entiendo, como si tenerla calmaría todo lo que en soledad se rompe.
Y aunque sé que no tiene sentido, que nada de esto me cura, no puedo detenerme. Cada silencio me perfora, cada espacio vacío me recuerda todo lo que no pude sostener: el trabajo que me consume, los amigos que no entienden, la vida que no se detiene por mí.
Cuando ella no está, un frío me atraviesa el pecho y se extiende hasta los huesos, dejándome sin aire. Cada segundo es otra grieta que se abre, otra parte de mí que se desmorona, y la necesidad de tenerla cerca se vuelve una tortura más intensa, una que no me deja pensar ni dormir, que me arrastra hacia algo que ya no está… pero sigo buscando.
Camino por la ciudad como un fantasma. La gente me empuja, los autos pasan rozándome, y siento que todo es un recordatorio de que estoy vivo y vacío a la vez. Mi teléfono vibra y no es ella; todo lo demás se vuelve ruido inútil, una molestia constante que me recuerda lo que no puedo tener.
Cada sonido, cada olor, cada gesto me arrastra de vuelta a su nombre, y no hay descanso, no hay pausa, solo este frío que se mete bajo la piel y me deja a la intemperie, buscándola en cada sombra, en cada reflejo… como si ella, que antes me rompía, ahora fuera la única droga capaz de sostenerme en pie, aunque sepa que cada dosis me va a destruir aún más.
Camino sin rumbo mientras todo se vacía a mi alrededor. Las luces se apagan, las voces se disuelven y cada sombra me devuelve un reflejo de lo que alguna vez fui. Me detengo frente a un charco, miro mi rostro doblado en el agua y apenas reconozco a aquel que soñaba, que confiaba, que creía en algo más.
Todo eso se ha desmoronado, disuelto en un silencio ruidoso. Me dejo caer contra el frío del cordón y, por primera vez, comprendo que lo que fui ya no existe… y que tal vez nunca volverá.
Y mientras todo lo que fui se desangraba en la ciudad vieja, dándome cuenta de que no quedaba ni la sombra de mí mismo… y ni siquiera ella me reconoce, igual camino, sosteniendo algo que ya no tiene dueño ni nombre, y del que solo ella puede hacerse responsable.
La oscuridad no llegó de golpe; se fue metiendo despacio, como una humedad silenciosa que terminó cubriéndolo todo. De un día para otro el mundo empezó a sentirse ajeno, distante, como si me movía sin rumbo mientras todo alrededor se volvía torcido y negativo.
Me descubrí convirtiéndome en eso que alguna vez juré no ser, moldeado por las ausencias, por el dolor que se acumuló sin que supiera dónde dejarlo, por todo lo que no pude controlar ni sostener. Mis propias palabras se volvieron cadenas, promesas vacías repitiéndose en mi cabeza hasta perder sentido.
Todo dentro mío es contradictorio, un ruido constante que no se apaga. Soy un vacío buscando algo que lo llene, pero nada alcanza, nada calma… porque en algún punto empecé a sentir que ya todo estaba perdido, lejano, como si la vida siguiera ocurriendo en otra parte y yo hubiera quedado atrapado en una versión apagada de mí mismo.
Todo está destinado a torcerse. Lo sé. No camino hacia algo mejor; cada paso me empuja a un lugar donde ya no queda nada. Detenerme sería aceptar el vacío… y prefiero perderme en la caída antes que quedarme quieto, condenado a escuchar mi propio silencio.
Y en medio de todo ese ruido, sentado, mirando la ciudad apagada, entendí algo que me atravesó sin aviso: ya no estaba luchando por salir… estaba aprendiendo a convivir con mi propia caída.
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Editado: 10.02.2026