Fragmentos de Nosotros

La Imprudencia de Ceder

No podía lograr entenderme, mucho menos convencerme.
El engaño todavía me burbujeaba por dentro mientras me miraba en el espejo, apagada, como si no fuera yo quien me devolvía la mirada.

Me sentía ajena, extraviada en la nada, y al no poder dejar de verme, solo sentía pena por mí.
Hoy, nuevamente, dejando mi dolor más crudo entre hojas, mi vida sin el más mínimo sentido, ya solo tenía quejas… siempre las tuvo.

El viento golpeaba débilmente la ventana, el agua no dejaba de caer, y mis manos se aferraban al borde del lavabo mientras la mirada se me perdía en mi reflejo.

Cada gesto parecía automático, sin intención, como si yo misma fuera una espectadora de mi propia vida.

Me dirigí a esa Piedra en el Mar, en busca de algo que no lograba entender del todo, pero sabía que iba a encontrar. Juré dejar de ir, de no necesitarla, pero, como dije, mis promesas no valen nada, al igual que yo.

El aire estaba cargado de humedad, mezclando el olor a sal y lluvia que se colaba por cada grieta del camino. Me saqué el calzado y mis pies avanzaban casi por inercia sobre el pasto mojado, y cada paso parecía dejar de arrastrar el peso en cada paso.

El mundo alrededor estaba difuso, y aun así cada sonido —el golpe de las olas, el crujir de las piedras bajo mis pies, el viento que silbaba entre los árboles— parecía una acusación silenciosa.

No buscaba alivio ni respuestas, solo un lugar donde perderme un rato más y enfrentarme a mí misma, al reflejo que no soportaba del todo.

Mi pecho estaba pesado, como si cada latido me recordara que seguía acá, sola, atrapada entre lo que quería y lo que no podía tener.

Una ola de emociones y recuerdos corrió por mi cuerpo, eso que sabía que iba a encontrar, porque anhelaba sentir. Ya no importaba si no era bueno, solo sentir.

Estoy tan muerta por dentro que lo que trajo me pareció un regalo. Lo busco, lo abrazo, aunque queme, aunque me haga tambalear. Cada punzada en el pecho me recuerda que existo, que todavía hay algo latiendo en mí.

Cierro los ojos y dejo que el dolor me atraviese, que se quede un momento, porque sin él siento que no soy nada. Y luego, aunque me revuelva, aunque me deje vacía y temblando, siento que estoy viva. Solo un poco, pero por primera vez, es suficiente.

Me dejé llevar por cada sonido, cada olor y sentimiento, pero de repente había algo más, algo que también esperaba, algo que también necesitaba.

Abrí los ojos y lo vi, y de inmediato sentí cómo todo dentro de mí se deshacía. No había barreras, no había rabia ni orgullo: solo vacío y necesidad.

Tomó mi mano al sentarse junto a mí, y sentí dejarme ir.

Él estaba ahí, inmóvil, pero la tensión entre nosotros era tan densa que casi podía tocarla. Nuestras miradas se encontraron y, por primera vez en mucho tiempo, no intenté esconder nada.

Cada latido de mi pecho gritaba que lo necesitaba, aunque apenas pudiera admitirlo.
No pude apartarme, ni quise.

En un instante, dejando que la sensación me inundara, consciente de lo débil que estaba frente a él.
Ya no escuchaba nada más que los sonidos que me prestaba ese lugar, y hoy me lo había prestado por un momento, también a él.

Me había acostumbrado a esos silencios y a nuestras manos sujetadas, como si decir una palabra fuera a arruinar todo.
Y probablemente, así sea.

Estábamos en esa piedra de tantos años, cómplice de nosotros, como si fuera el único lugar donde siempre terminamos. Temiendo decir algo, ni siquiera poder mirarnos, solo me recosté en él.

Ya no importaba cómo fuera a terminar, solo importaba lo placentero que era volver a mí.
Dejándome envolver, consciente de lo frágil y expuesta que estaba. Cada segundo era un latido demasiado rápido, un temblor que recorría mi columna y se detenía en el pecho.

Entonces, con una lentitud que hacía que todo se tensara a mi alrededor, inclinó su rostro hacia el mío. No hubo advertencias ni palabras, solo la certeza de que yo estaba acá, totalmente abierta a lo que viniera.

Sus labios tocaron los míos, y no los aparté. No hubo resistencia, ni orgullo, ni fuerza. Solo un dejarme llevar que me hizo sentir cada punzada de vacío que había tenido desaparecer, reemplazada por una corriente eléctrica que me recorría por completo.

El mundo se redujo a ese roce, a ese instante donde no necesitaba pensar ni recordar nada más. Me dejé llevar. Y no había voces que lo impidieran.

Mis manos, temblorosas, buscaron apoyarse en su pecho, en su espalda, en cualquier lugar donde pudiera sentirlo más cerca.

Cada pequeño movimiento era un recordatorio de que estaba acá, de que podía sentir, y de que el vacío dentro de mí se disolvía un poco con cada segundo.

Cada contacto no era dulce ni tierno, no había promesas ni ternura, solo una intensidad que me liberaba.
Ya no quería vivir convicciones, normas, ni valores ajenos.

Hoy solo me importaba estar… y yo nunca supe estar sin él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.