Fragmentos de Nosotros

Plasmar lo que Llamamos Amor

No sé por dónde empezar, ni si debería empezar. Todo lo que siento ahora me quema, me desgarra, y aun así no puedo apartar los ojos de donde estoy.

La piedra ahora húmeda, fría bajo mis manos, su cuerpo, cómo cada roce, cada temblor suyo me dice que no puedo escapar de mí, ni yo de ella.

No hay tal orgullo, no hay fuerza, solo un vacío que late demasiado rápido, un deseo que no se calma, que no acepta razones.

No quiero pensar en lo que viene después, en cómo todo va a doler, en cómo cada instante juntos es un error que deseamos cometer una y otra vez.

Solo quiero sentirla, aunque sea un segundo, aunque sea peligroso, aunque me consuma.

Y la necesidad me gana antes de poder respirar: la necesito acá, tan cerca que podría confundir mi piel con la suya, tan cerca que no hay espacio para nada más que su respiración, su calor y su entrega que no pide perdón ni lo da.

Hoy, en esta piedra, con el viento y las olas como testigos, solo pienso en ella, en el deseo que me quema y me salva a la vez.

Y sé que cederé, otra vez, porque no hay fuerza que pueda detener esto.

Me acerqué, lento, midiendo cada movimiento. Solo estaba la necesidad de que su presencia me sostuviera, de que su piel y su calor llenaran algo que hacía tiempo estaba vacío.
Cada gesto, cada roce, era mío, un recordatorio de que aún podía sentir, aunque fuera por ella y no por mí.

Sus manos temblorosas rozaron mi pecho, y no aparté la mía.
La sostuve un instante más, solo para comprobar que estaba ahí, que podía usarla para recordarme que todavía podía salvarme.

Cada suspiro suyo me reforzaba, me agarraba, me daba lo que necesitaba sin que tuviera que pedirlo.

El mundo se redujo a esa piedra, a esa brisa, a cada estremecimiento que le provocaba esa cercanía. No importaba nada más: no había futuro, no había cuidado, solo su intensidad que me llenaba y me mantenía de pie.

No me importaba lo que sintiera, no ahora. Todo lo que existía era el calor de su piel contra la mía, la forma en que se dejaba llevar sin resistencia, y cómo eso me devolvía algo que llevaba meses intentando retener. Su entrega, aunque mínima, me pertenecía.

Me aparté apenas un instante, lo suficiente para mirarla a los ojos, buscando medir hasta dónde podía llegar.

La piedra, el viento, las olas… nada importaba más que ella, y lo sabía.

—Vení conmigo —dije, con voz baja pero firme, como si no hubiera otra opción posible—. No te estoy pidiendo nada que no quieras, solo…

Ella titubeó, y eso me hizo apretar ligeramente su mano. No era suavidad, era un reflejo, un impulso: el temblor en sus ojos me hizo consciente de lo frágil que era este instante, y eso me asustó.

Insistí, acercándome un poco más, rozando su hombro con el mío, dejando que cada gesto hablara de lo que las palabras no podían—. No quiero que vuelvas a desaparecer, no otra vez.

No era amor. Era necesidad pura. Cada segundo que dudaba, cada temblor suyo, alimentaba lo que había estado apagado en mí.

Quería que ella sintiera que no había escape, que podía entregarse y que yo seguiría aquí, reclamando cada pedazo de ella que necesitara para no caer.

—Quiero ir contigo —susurró, inclinándose hacia mí,
dejando que de mi mano la lleve, aunque sea un instante más. Aunque después todo duela.
Y en ese instante supe que, aunque ella quisiera resistirse, desistiría. Porque no era un error: era inevitable.

La casa estaba en silencio cuando entramos, y cada paso que daba hacía que el aire pareciera más denso, más pesado.

No había palabras, solo el sonido de nuestros cuerpos rozándose, la respiración entrecortada y la certeza de que no quería dejar espacio para nada más que ella.

La cerré detrás de mí, y el clic de la puerta fue como un marcador: ahora estaba ahí, y todo lo que importaba era lo que yo necesitaba de ella.

La empujé suavemente hacia el sillón, mis manos sosteniéndola, dominando cada mínimo movimiento.

No había nada más; solo la urgencia de tenerla, de que su piel, su calor y su entrega me llenaran de algo que llevaba demasiado tiempo vacío.

Mientras mis dedos comenzaban a recorrer su ropa, noté un parpadeo, una duda que se asomó en sus ojos. Un instante que habría detenido a cualquiera… pero no a mí.

Mi mano se deslizó sobre su cintura, asegurándome de que no se moviera, y un suspiro suyo, tenso y frágil, me confirmó lo que necesitaba: estaba conmigo, aunque su mente intentara huir.

Las dudas no importaban. Lo que importaba era lo que me devolvía a mí mismo: cada estremecimiento, cada pequeño temblor, cada rendición que podía tomar como mío.

Su ropa caía, una prenda tras otra, y no solo por el deseo de contemplarla, sino por el hambre de volver a tenerla, por la necesidad de verla expuesta, no solo desnuda, sino vulnerable y dependiente a mí de nuevo, porque quería que me volviera a necesitar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.