No sé en qué momento dejamos de tenernos miedo y empezamos a mirarnos de verdad.
No fue mágico. Fue cansancio.
Y ganas de no perdernos otra vez.
Nos reímos. Nos tocamos con cuidado.
Hablamos de cosas que antes evitábamos.
Cuando me pidió que no desapareciera sin avisar, lo dijo sin mirarme.
Cuando yo mencioné que quería algo que durara, lo dije demasiado rápido.
Ninguno agregó nada.
A la mañana siguiente, los gatos se metían entre nuestras piernas. Él hizo café. Yo miraba cómo el vapor subía de la taza. Después lo miraba a él, pensando que esa persona que muchas veces parecía no ser él, hoy estaba ahí, más él que nunca. Se reía y parecía que, para mí, no había paisaje más bello.
Esa sensación de que todo podía estar bien. Ese delirio de necesitar tanto algo que dejás de ver la realidad. Estaba en una fantasía, en eso que tanto deseo, a lo que me aferro aunque algo dentro mío me grite que es una mentira.
La luz entraba por la ventana y todo parecía en su lugar.
Demasiado en su lugar.
Me aferré a esa imagen como si alcanzara.
Como si bastara con eso.
Nos sentamos junto a la ventana. La lluvia caía en hilos finos sobre el vidrio. Nos mirábamos más de lo que mirábamos afuera. Cada vez que él me rozaba la mano, era como descubrir un secreto que siempre estuvo ahí.
Hablamos de cosas tontas: series, canciones, recuerdos absurdos. No había prisa, no había pasado, no había futuro. Solo nosotros y los gestos pequeños que parecían gigantes.
Cuando la tarde cayó, cocinó algo sencillo. Me ofreció probar la salsa. Se rió cuando exageré la crítica. Me dijo que me quedaba mejor la sonrisa que cualquier comida. Y por un momento creí que todo lo que había estado roto podía repararse.
Tapados con una manta que olía a él, los gatos se acomodaron sobre nuestras piernas. Miramos la lluvia caer un rato más y me perdí en sus ojos. No había palabras suficientes para eso.
Hoy estaba viviendo algo que parecía ajeno, como si no fuera mío, como si en cualquier momento pudiera desaparecer. Nada importaba. Solo sentir que volvía a llenar esos espacios vacíos, que podía volver a él.
Él ya no era el mismo. Quizá yo tampoco lo era del todo. Había algo distinto, algo que no supe nombrar. Pero no quise pensar más. Solo quedarme en ese instante.
No sé en qué momento el día empezó a apagarse.
Solo empezamos a hablar menos.
Nos mirábamos, pero ya no como a la mañana.
Ahora las miradas duraban un segundo de más.
—Avisame que llegás —le dije.
Asintió.
Me abrazó antes de irse.
Nos sostuvimos un poco más de lo necesario.
Cuando cerré la puerta, la casa volvió a ser casa.
Los gatos siguieron caminando como si nada hubiera pasado.
La lluvia ya no caía.
Me quedé quieta unos segundos.
Tal vez eso era lo nuestro.
Momentos que parecían eternos
y finales que siempre quedaban a medias.
Cuando se fue, la casa quedó demasiado quieta.
No era silencio. Era otra cosa. Como si todo estuviera esperando que algo más pasara y no pasara nada.
Me quedé parada en el mismo lugar unos segundos, tratando de entender por qué el aire pesaba distinto.
Después empecé a mover cosas. No porque hiciera falta. Solo para no quedarme quieta.
Levanté las tazas. Doblé la manta. Abrí una ventana aunque no hacía calor.
Caminé por la casa como si buscara algo que había perdido. Y en realidad sabía qué era.
Intenté no mirar el celular. Me dije que no iba a medir la noche por si aparecía o no una notificación.
Lo miré igual.
Nada.
Me senté en el piso del living. Apoyé la espalda contra el sillón y me quedé ahí, sin pensar en nada concreto. Cuando estoy así, no es tristeza lo que siento. Es una especie de vacío organizado. Como si mi cabeza decidiera apagar algunas luces para ahorrar energía.
Antes de él, yo sabía estar en ese pozo sola. No me gustaba, pero lo conocía. Tenía sus horarios, sus reglas. Sabía cuánto duraba.
Ahora es distinto.
Ahora sé lo que se siente cuando no está.
Y eso lo hace más profundo.
Me prometí no depender de un mensaje. No depender de su presencia para regularme. No necesitar esa sensación de estar acompañada para poder respirar tranquila.
Pero a la mañana siguiente, lo primero que hice fue buscar el teléfono.
No porque tuviera algo importante que revisar.
Solo para ver si él estaba ahí.
Si había algo.
El cuerpo me cambió apenas vi su nombre. Como si alguien hubiera abierto una cortina en una habitación cerrada.
Y eso me dio más miedo que alivio.
Porque entendí que no era que lo extrañara.
Era que, sin él, todo volvía a tornarse oscuro.
#199 en Detective
#189 en Novela negra
#darkromance, #obsesionesquedestruyen, #dependenciavulenrabilidad
Editado: 10.03.2026