No soy ingenua.
Sé lo que estoy haciendo.
Estoy volviendo a necesitarlo.
Es sutil. No es desesperación todavía. Es algo más, algo más peligroso. Es esa sensación de que el día no empieza hasta que él aparece, de que todo lo demás es un borrador hasta que él confirma que sigue ahí.
Me digo que esta vez es diferente.
Que no estoy esperando que me salve. Que no estoy poniendo mi estabilidad en sus manos.
Pero si tarda en responder, me cambia el humor. Si se conecta y no me habla, me arde el pecho. Si me escribe seco, releo cada palabra buscando una grieta.
No lo vi. No lo toqué. No sé si cuando lo tenga enfrente voy a sentir lo mismo.
Y aun así, ya estoy organizando mi vida alrededor de su posibilidad.
Vuelvo a imaginar encuentros. Vuelvo a inventar diálogos. Vuelvo a sentir que si él retrocede, yo me caigo.
Lo peor es que no me obligó.
No me prometió nada. No me pidió que lo espere.
Yo sola me estoy acomodando para cuando él llegue.
Creí que no buscaba que me salve.
Pero cada vez que esperaba su mensaje, estaba pidiendo exactamente eso.
Siempre le tuve miedo a esta vida. Siempre me mantuvo en un dolor constante. Pero aprendí a ver ese dolor a los ojos y hoy no puede apuñalarme por la espalda.
Ese dolor que me mantuvo en la supervivencia, que me hizo olvidar vivir. No me miento. Sé que ahora me estoy lastimando. Pero se siente bien cuando lo hago yo misma.
Cuando siento que ni siquiera puedo levantarme de la cama por tanto peso, pienso en que la vida me va ganando. Y aunque así sea, no voy a perder. La vida cree que porque ya tomó mi cuerpo, le voy a ceder mi alma.
Pensé en que merecía un final feliz después de tanto infierno, pero el único final ni siquiera es la muerte. Es el día en el cual morí por dentro. Ya no veo por dónde escapar. Hoy veo la salida en quedarme, aun sabiendo que no es mi lugar.
Sigo sin poder vivir. Solo me mantengo a flote usándolo como ancla para no perderme. Pero me voy hundiendo, sin alejarme, cada vez que desaparece.
Siempre fui débil por sentir demasiado. Cada emoción que sentí fue autodestrucción. Hoy también lo hago, pero ya no siento debilidad.
Hoy quiero quemarme en ese infierno. Quiero arder tanto hasta convertirme en cenizas y, aun así, resurgir.
Estoy cansada de correr.
Si hay fuego, voy a atravesarlo despierta. Si hay oscuridad, voy a caminarla sin cerrar los ojos.
Prefiero quemarme por completo que seguir ardiendo a medias. Prefiero romperme de una vez que vivir agrietada.
No quiero anestesia.
Si tengo que caer, que sea hasta el fondo.
No busco desaparecer. Busco conocerme. No es que me amigue con el dolor. Es que ya no lo veo como enemigo. Y si de esas ruinas nace otra versión de mí, que no vuelva a pedir permiso para existir.
Sé que él arderá conmigo, pero fueron demasiadas las veces que le advertí.
Hoy no siento culpa. Hoy veo por mi propio bienestar, y eso también se siente bien.
Él volvió a aparecer después de escribir estas palabras, como si confirmara su destino conmigo, como si fuera un contrato para volver a arder.
No sé si fue coincidencia o consecuencia.
Pero apareció justo cuando dejé de temer.
Y por un momento pensé que el universo tenía sentido del humor.
Que cada vez que yo declaraba guerra, él firmaba la tregua con su presencia.
Que cada vez que decidía soltar, algo invisible lo empujaba de regreso.
Pero esta vez no sentí vértigo.
Sentí claridad.
No era el destino.
Era la gravedad de lo no resuelto.
Dos fuegos que se reconocen incluso en la distancia.
Lo miré a través de la pantalla y no vi salvación.
No vi condena.
Vi espejo.
Él no era mi ancla.
Era mi reflejo más crudo.
Y entendí algo que no había entendido antes:
No estamos destinados a destruirnos.
Estamos destinados a revelarnos.
Si vamos a arder, no será por castigo.
Será por elección.
Porque hay amores que no llegan para quedarse. Llegan para desenterrar.
Para incendiar lo dormido.
Para obligarte a mirarte cuando preferirías huir.
Y si al final quedamos en cenizas, que así sea.
Las cenizas no son muerte. Son evidencia de que hubo fuego.
No voy a romantizar lo que somos.
No somos destino.
No somos casualidad.
Somos consecuencia.
Él no regresó por amor.
Yo no lo acepté por esperanza.
Volvimos porque lo que quedó inconcluso no nos serviría.
Porque hay cosas que no se olvidan, se encarnan.
Y lo nuestro nunca fue un recuerdo. Fue una herida abierta que aprendió a hablar.
Esta vez no vine a salvarlo.
Ni a que me salve.
#199 en Detective
#189 en Novela negra
#darkromance, #obsesionesquedestruyen, #dependenciavulenrabilidad
Editado: 10.03.2026