Fragmentos de oscuridad

Capítulo 1

Tras varios toques comedidos en la puerta, el sonido se cuela en la habitación como un susurro que no pertenece a este lugar. La puerta se abre lentamente, sin atreverse a quebrar del todo el silencio espeso que me envuelve. Ni siquiera el roce de la madera me devuelve del todo a esta maldita realidad…

La que me desgarra.

La que me oprime el pecho.

La que me obliga a seguir respirando cuando por dentro ya no queda aire.

He perdido la cuenta de las horas. Mi mente vaga, una y otra vez, intentando buscar un resquicio por el que escapar, una grieta diminuta en este dolor que me consume. Pero no la hay. No importa cuánto imagine, cuánto razone, cuánto me repita que quizá haya un sentido detrás de todo esto…, nada me consuela. Y empiezo a pensar que nada lo hará.

—Señorita, solo quedan diez minutos para que empiece a llegar la gente —dice una voz suave al otro lado.

Siento sus ojos clavarse en mi espalda, pacientes, prudentes, esperando una respuesta que no llega. No sé si podría pronunciar alguna palabra sin romperme del todo.

Tras unos segundos, la puerta vuelve a cerrarse. El leve crujido de la madera me atraviesa, y el aire regresa a mis pulmones como si hubiera estado conteniendo la respiración durante siglos.

Ceryn, con su dulzura habitual, recoge los últimos mechones de mi cabello. Sus dedos se mueven despacio, casi con miedo, como si temiera que pudiera desmoronarme con un simple roce. Cuando termina, acaricia los cabellos que caen sobre mis mejillas y me alza el rostro con cuidado. Su sonrisa es tenue, frágil…, pero suficiente para hacer que mi corazón se encoja. Cierro los ojos.

Inhalo.

Cuento: Uno, dos, tres.

Y vuelvo al prado que solo existe en mi mente.

Me tumbo en la hierba alta, dejo que el viento me acaricie los brazos, que el sol tibio me envuelva. Cuatro. Cinco. Los pájaros cantan a lo lejos. Seis. Siete. El aire roza mi piel, mueve mi cabello. Ocho. Vuelvo a coger aire. Nueve. Lo suelto despacio, por la boca. Diez. El cielo está despejado. Azul. Las mariposas revolotean sobre mí.

Y por un instante —solo uno—, respiro de verdad.

Once.

Ceryn me observa a través del reflejo del espejo y asiente con una ternura silenciosa. Luego se aparta, dejando que la imagen completa se revele frente a mí.

Ahí estoy.

Tranquila y destrozada.

No me reconozco, aunque sé que soy yo. Son mis ojos los que se reflejan, ese gris ceniciento, casi pálido, el color de algo que se ha apagado. De todo lo que he perdido. Pero justo en el centro, ese destello negro, no es un brillo. Es un abismo. Un vacío que arrastra hacia sí la poca luz que queda. O lo que queda de mí.

Siento un peso que no me pertenece. Quizás sea el de lo que se avecina. O el de lo que me arrancaron.

—Ya estás lista —susurra Ceryn, con un tono que se quiebra en compasión—. ¿Lo estás tú?

No respondo. Solo asiento. Me da miedo que una sola palabra haga que todo se derrumbe. Desde que ocurrió…, no he vuelto a hablar. Tampoco sabría qué decir. El silencio se ha vuelto mi único refugio, el único que me sostiene cuando todo lo demás se viene abajo.

Me levanto despacio, aún con las piernas temblando bajo el peso de la realidad que me aplasta. Me miro al espejo por última vez. La chica que me devuelve la mirada tiene el alma vacía, los ojos apagados, la sonrisa robada.

Respiro hondo y rompo la inercia, doy el primer paso. Dejo atrás mi reflejo para adentrarme en el abismo. Ya no importa si es un salto al vacío o a la perdición.

Ahora es, simplemente, mi destino.




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