Fragmentos de oscuridad

Capítulo 2

Empiezo a caminar, midiendo cada movimiento, conteniendo cada pensamiento que amenaza con romperme.

Cada paso sobre el camino de piedra me recuerda que no hay escapatoria. El mundo sigue, indiferente quizás, pero yo arrastro conmigo un hueco que no podrá llenarse jamás.

He estado tan absorta en mis pensamientos que no sé en qué momento he dejado atrás los pasillos oscuros del castillo. Atrás quedó ese silencio pétreo que se aferra a cualquiera que los recorra, esos muros de basalto tan profundos que, de no ser por las vetas doradas que los atraviesan, uno podría desaparecer entre ellos.

Es el viento gélido el que me hace volver a mí. Estoy fuera, expuesta, avanzando sin dudar hacia la Cueva de los Lamentos. El camino se extiende ante mí entre baldosas de basalto y hierba de un color tan profundo que parece absorber la oscuridad del cielo. A lo lejos, la colina se recorta un firmamento espectral; los morados y los azules propios de mi dominio se funden entre sí como un presagio.

Dentro de la Cueva, todo está dispuesto para el ritual. Apenas hay luz. Las siluetas se arremolinan cerca de las paredes húmedas, indistintas a primera vista. Cierro los ojos un instante y dejo que me invada su olor característico: primero llega la tierra, la piedra mojada… Y luego, al concentrarme, aparece esa otra nota, diferente. No es el aroma usual de pino y ceniza, sino algo metálico y extrañamente dulce, como si las estrellas hubieran descendido a este lugar solo para estallar en mil fragmentos.

No sé si es mi corazón el que late o si es el vacío que llevo dentro.

Ahora, con la vista acostumbrada a la penumbra, las figuras que antes era incapaz de reconocer, ahora toman forma. Las que conozco y las que no. El murmullo contenido, el aire cargado de respeto…, y de algo más. Lástima, tal vez.

Mi pecho se aprieta, pero continúo avanzando. Cada paso me acerca al lugar donde debo estar, donde debo afrontar lo que perdí, aunque mis fuerzas me hayan abandonado.

Los cuatro Custodios que me escoltan asienten levemente, indicándome que es hora de avanzar. Vuelvo la mirada al frente y recorro el último tramo hacia esta realidad aplastante. Entonces, cuando la multitud se gira hacia mí, el silencio sepulcral se rompe con varios suspiros ahogados. Bajo la cabeza y noto cómo el aire se vuelve aún más denso.

Es ahora cuando reparo en mi vestimenta.

No lo había hecho antes.

Ceryn…, ella ha pensado en todo. En lo que debía mostrar. En lo que significaba.

El vestido que llevo puesto no es una prenda. Es una declaración. Una absoluta negación de la vida.

El terciopelo negro tan absorbente parece devorar la luz circundante. El escote redondeado se alza en forma de semicírculo sobre mi pecho y espalda con una solemnidad casi sagrada.

Con cada paso lento y mesurado, la abertura central del vestido revela un secreto: una falda de capas de tul seda en un azul noche tan profundo que invita a la inmersión. Las múltiples capas, estratégicamente distribuidas para evitar cualquier transparencia, están salpicadas de diminutos destellos brillantes, simulando la noche estrellada más perfecta nunca vista, aquella que solo la oscuridad podía reconocer. Era el cosmos atrapado en un movimiento perpetuo.

El corsé de cuero, de un morado casi negro, hace imposible discernir si es una mera ornamentación del vestido o, en verdad, es una armadura lista para lo inevitable. Abraza mi figura con una precisión brutalista.

Las mangas, suspendidas sobre mis hombros, son una exhalación de gasa morada oscura. Abullonadas y voluminosas, se alzan como nubes de sombra que terminan en puños ceñidos hasta el antebrazo del mismo cuero que el corsé, como si las sombras mismas me envolvieran y me acompañaran.

Alrededor de mi cuello, un collar de amatistas ofrece el único reflejo de luz. La piedra central descansa sobre mi pecho, y una línea de gemas desciende hasta encontrarse con el corsé, uniéndose en un punto exacto, como si el corazón y la coraza fueran uno solo. Es una cuerda de gemas que me ata a mi dominio, una manifestación visible de su poder silente.

No llevo el luto.

El luto soy yo.

Toda yo.

Ceryn me ha preparado para la eternidad y el mundo, al verme, parece comprenderlo.

Siento todas las miradas sobre mí, pesadas, expectantes. Pero hoy no es mi día. Nunca lo fue. El peso que cargo no me pertenece, no lo pedí. Nadie me enseñó a sostenerlo, ni siquiera a imaginarlo.

Levanto la mirada y me encuentro con los ojos de mi madre. Hay pesar en ellos, un destello de amor escondido tras el velo de la resignación… Y, tal vez, un atisbo de orgullo que se desvanece en cuanto mi padre le susurra algo. Ella baja la vista. Él, en cambio, apenas me concede una mirada, lo suficiente para recordarme su desdén. Es una herida que nunca deja de doler, pero me obligo a seguir caminando.

Cuando llego al lugar que me corresponde, algo me detiene. No estamos solos. Hay rostros que no reconozco, vestiduras de colores y símbolos extraños. Guardianes, Legados…, gente de otros dominios. Nunca había visto a nadie fuera del nuestro. No sabía que pudieran venir, que existieran tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. No he tenido instrucciones sobre nada, nunca. Y aun así, todos parecen saber qué hacer… Menos yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.