Fragmentos de oscuridad

Capítulo 3

Sus almas se han marchado, y con ellas, todo lo que fui.

Acaricio la piedra donde yacían sus cuerpos, aún tibia por el fuego del ritual. Apoyo las manos sobre ella y respiro hondo, pero el aire me quema los pulmones. Un sollozo me sacude entera. Niego una y otra vez, como si el simple gesto pudiera devolverlos. Cierro los puños hasta que la piedra me corta la piel, buscando en el dolor una prueba de que todavía existo.

Entonces, el frío.

Una ráfaga me atraviesa, tan helada que me obliga a alzar la cabeza. Las llamas que flanqueaban las piedras ya no arden. Donde antes danzaban, solo quedan brasas apagadas y humo que se disuelve lentamente en el aire.

El fuego no debía extinguirse. No tan pronto. No así.

Siento que el silencio pesa más que los cuerpos ausentes, como si incluso los elementos se hubieran rendido.

—Nyxenya —susurra una voz a mi espalda.

Me giro despacio. Erdon está allí, de pie, con los ojos cargados de algo que no sé si es compasión o miedo.

—El resto de los dominios se van a retirar. Debería estar presente… —su voz suena serena, aunque en ella se adivina el peso de lo que todos callan.

Mi saliva amenaza con atragantarme. Ni una sola palabra ha salido de mis labios desde que me informaron de la muerte de Draeven y Zayron. Solo pregunte cómo, y las respuestas nunca llegaron del todo. Dijeron que la tragedia ocurrió durante la ceremonia del vínculo, un ritual reservado exclusivamente al Legado varón. Nadie sabe exactamente qué salió mal, creen que pudo ser un fallo en el equilibrio del poder, quizás un desajuste entre las reliquias… Lo único cierto es que la energía se desató con violencia y el templo quedó devastado. Cuando abrieron las puertas, mis hermanos yacían dentro, y el aire todavía chispeaba con magia descontrolada.

Zayron y Draeven se necesitaban el uno al otro. Ellos me lo confiaron, compartieron conmigo lo que no debían revelar a nadie: sus vidas y sus poderes estaban entrelazados. Entre ellos y yo no existían secretos. Formaba parte de su mundo mucho más de lo que jamás pude serlo del mío propio, pues mi vida siempre estuvo marcada por límites y silencios que ellos no conocían. Zayron fue el primer nacido, el verdadero Legado de nuestro dominio, el futuro Guardián de la Oscuridad. Pero su poder, aunque temido, no era tan poderoso como el resto de los dominios creen. Necesitaba a Draeven, y Draeven lo sabía. Eran dos mitades de una misma llama. No sabían ser sin el otro. Incluso su magia respiraba en un mismo compás. Así que, aunque nadie lo diga, aunque jamás se escriba, sé que Draeven no lo dejó ir solo.

—Lo entiendo. Le disculparé ante el resto —dice Erdon al fin.

Oigo sus pasos alejarse, deslizándose entre las sombras. Cierro los ojos unos instantes; el aire me llega denso, cargado de ceniza y silencio. Cuando los abro, estoy sola ante la inmensidad del ritual. Solo quedan las piedras frías, la hierba oscura…, y el eco de todo lo que ya no existe.

Doy un paso atrás. Llevo mis manos justo encima del corazón, como si eso pudiera reconfortarme ante sus ausencias. La penumbra parece observarme, expectante, como si el mundo aguardara a que haga algo.

Respiro hondo.

Y mientras los últimos Guardianes, junto a sus Legados, se desvanecen entre la neblina, entiendo —sin querer entenderlo— que todo ha cambiado.

Y que, en ese cambio, mi destino acaba de revelarse.




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