Fragmentos de oscuridad

Capítulo 4

Han pasado días desde el ritual. Días que, en teoría, deberían haber aliviado el dolor, pero nada en mí parece menguar. La desesperación me acompaña en cada suspiro, y la tristeza me cala hasta los huesos. Todo sigue intacto, vivo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para recordarme lo que perdí. Yo, en cambio, siento que me he quedado atrás, atrapada en una realidad donde nada volverá a ser igual.

Camino con pasos medidos por el corredor que conduce al gran salón. Siento el peso de la mirada invisible del castillo sobre mí, como si algo o alguien esperara paciente mi caída. El aire que me rodea se siente denso, casi irrespirable. Siento que los nervios se han apoderado de todo mi ser, de lo que queda. Y sé que algo está a punto de cambiar, quizás yo, y no estoy lista para ello.

Uno de los Custodios apostados junto a la puerta me observa con una mezcla de reverencia y lástima. Su gesto es leve, apenas un asentimiento pero me empuja a enderezarme. Me obligo a respirar hondo, a aparentar firmeza, aunque mis ganas de huir son inmensas.

Cuando el Custodio empuja las grandes puertas, el sonido metálico resuena por toda la estancia como un trueno.

El gran salón se abre ante mí, inmenso y solemne. Nunca antes había cruzado su umbral, y resulta casi absurdo descubrirlo ahora, después de veintitrés años viviendo bajo este techo. Aquí, las paredes de basalto abandonan la negrura para tornarse de un violeta profundo. Es como si la magia no solo sostuviera la estructura, sino que latiera a través de ella, corriendo por la piedra hasta converger en un único punto: el trono. Justo sobre él, pende imponente el símbolo del dominio, un recordatorio silencioso de la obsesión de mis antecesores por dejar su marca en cada rincón, por reclamar su eternidad.

No hay sitio en este lugar que no respire historia, poder y juicio.

Trago saliva antes de empezar a caminar hacia el interior con pasos comedidos. Los murmullos del Consejo se disuelven en cuanto mi presencia cruza el umbral. Las miradas me atraviesan: algunas curiosas, otras hostiles, algunas con dudas, las menos, compasivas. Mi pulso retumba en mis oídos, el aire se densa y me ahoga cuando mis ojos se cruzan con los del Guardián de la Oscuridad, mi padre.

Comienzo a avanzar por la alfombra central en dirección al trono, a cada paso siento una resistencia invisible, como si algo ralentizará mis movimientos. La tela parece aferrarse a mis suelas, reteniéndome aunque, en el fondo, sé que no es el tejido el que me frena… Sino mi propio miedo, que crece y pesa a cada instante.

Alzo la mirada un momento, buscando el límite de la sala. No lo encuentro. El espacio se diluye en una neblina etérea que borra la línea donde la piedra debería encontrarse con el techo. Es como si el cielo exterior hubiera descendido hasta aquí para envolverlo todo en un invierno eterno y frío. Y aun así, en medio de esa penumbra abismal, no hay tinieblas absolutas. Miles de motas de luz danzan y revolotean por el espacio, iluminando lo suficiente para distinguir lo que hay más allá, como si las estrellas mismas se hubieran dignado a descender de los cielos solo para acompañarme hacia mi destino.

Mi padre, está sentado en el trono central: una masa negra de obsidiana en bruto, repleta de aristas cortantes y filos irregulares que parecen diseñados para rasgar la piel de cualquiera que se atreva a ocuparlo. Es una estructura hostil que devora la sala y la luz a su alrededor, como si el salón entero se inclinara hacia él. Es la viva imagen de mi padre hecha piedra: fría, inamovible y brutal. Un recordatorio silencioso de que, en este dominio, un Guardián no se sienta para descansar, sino para juzgar.

Su mirada, gélida y cortante, me atraviesa. Una mirada a la que, por desgracia, ya estoy demasiado acostumbrada.

A ambos lados, los miembros del Consejo ocupan sus lugares formando un semicírculo perfecto, símbolo de equilibrio y juicio, aunque para mí solo significa mi condena. Reconozco a la mayoría de ellos: sus rostros, cuanto menos severos y viejos como las piedras de este lugar, deciden el destino del dominio… Y hoy, decidirán el mío.

Mi madre también está aquí —para mi sorpresa— sentada detrás de los consejeros. Su postura como siempre, impecable, serena, comedida. Sé que aquí no tiene ni voz ni voto. No hablará, pero sus palabras me pesarán tanto como las palabras de los demás, pues su presencia aquí me bastará para recordar que todo lo que se decida aquí habrá sido consentido por ella.

Me detengo frente al trono.

El aire se detiene a mí misma vez y no sé descifrar si lo que me ahoga es el miedo o es la rabia. O tal vez ambas cosas.

—Nyxenya… —me llama mi padre, y un escalofrío me recorre la espalda—. Nunca fuiste mi elección. Hoy tampoco lo serás.

Me pongo rígida ante sus palabras. Ante la verdad que ya conocía. El corazón me golpea con fuerza, aunque me mantengo erguida. No voy a regalarle mi debilidad. Mis ojos se clavan en los suyos durante apenas unos segundos y el peso de sus palabras me hieren, de nuevo, pero no son más que un recordatorio de la insignificancia que soy para él. Que siempre he sido.

Los murmullos del Consejo se agitan, llenando el aire con un zumbido denso. Algunos me miran con compasión; otros con el mismo desprecio que él. No los culpo. Sin Zayron ni Draeven, el dominio se ha quedado sin herederos. Solo quedo yo. Y eso, para ellos, es sinónimo de fracaso y, quizás, el fin del dominio.




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