Deshago el camino que me ha llevado hasta donde el destino ha querido ponerme. Clavo las uñas en las palmas de mis manos con cada paso que doy por el corredor, dejando que el dolor me recuerde que sigo aquí, que aún puedo contener la rabia antes de que me consuma. Antes de que me nuble el juicio. Antes de que me pierda.
Siempre fui invisible. Sin embargo, ahora todos me observan, esperando mi caída. Respiro hondo y aprieto los labios hasta formar una delgada línea, tragando con ella la furia que me hierve en la sangre.
Maldita sea. ¿Cómo he llegado a este punto? ¿Cómo todo ha cambiado en tan pocos días? No es que disfrutara de la vida que me obligaban a tener —encerrada en este dominio, sin salir más allá de los muros del castillo—, pero dentro de mi cautiverio era libre. Sin embargo, ahora… ¿Qué soy? ¿La muñeca de un dominio que no sabé hacia dónde ir tras una tragedia? Soy su prisionera, con un atisbo de libertad que no existe.
Giro a la derecha y tomo lasescaleras que descienden hacia el ala principal. No puedo dejar que se vaya. No después de esto. No sin una explicación. Agarro las faldas de mi vestido y corro escaleras abajo. Al llegar al último peldaño, atravieso el corredor principal justo cuando la puerta comienza a cerrarse. El pecho me palpita con fuerza. Cojo aire y acelero el paso, pero la puerta se cierra con un golpe seco que me retumba en los oídos.
La abro con una rabia desmedida.
Y entonces lo veo.
Therniel se gira, sorprendido, mirándome entre los peldaños que separan el castillo del exterior.
—Nyxenya —se apresura a decir.
Pero antes de que diga algo, me planto frente a él, encarándolo.
—¿En qué estabas pensando? —escupo, con rabia—. Maldita sea, Therniel, eres mi amigo… —paso las manos por mi rostro, temblorosa, apartando los mechones que se pegan a mis mejillas—. Eres mi amigo, ¿por qué participas en esto?
—Por favor, tranquilízate, Nyxenya —susurra, mirando a ambos lados. Estira una mano hacia mí, pero me aparto instintivamente. Su ceño se frunce—. Escúchame…, es mejor así. A mí me conoces, sabes quién soy. ¿Qué mejor conmigo que con cualquiera? Piénsalo.
Lo miro incrédula mientras doy un paso atrás. Siento la sangre golpearme las sienes y el calor de la rabia subir por mi pecho. Trago saliva y dejo caer los brazos a ambos lados del cuerpo.
Estoy agotada de parecer la única persona racional en medio de tanta absurdez.
Es mi amigo. Mi único amigo. Nos conocemos desde que nacimos. Su padre es uno de los consejeros más fieles del mío, prácticamente su mano derecha. Hemos crecido uno al lado del otro. Mis hermanos lo adoraban, porque creían que, al menos, yo tenía a alguien que me entendía, que me arropaba, que me apoyaba si ellos no estaban.
Él siempre fue mi refugio.
Mi familia.
Pero no quiero que lo sea de forma literal. Nunca surgieron esos sentimientos. Jamás.
—Ahora… —niego despacio con la cabeza, apretando los labios para contener las lágrimas que amenazan con romperme otra vez—. Ahora no sé quién eres. ¿Cómo has podido consentir esto? ¿Cómo participas de esto…?
Me toma por las muñecas y me acerca a él. No con brusquedad, pero sí con fuerza, como si intentara arrastrarme de vuelta a una realidad que yo aún no soy capaz de aceptar.
—Céntrate, joder… —susurra, clavando su mirada en la mía—. Las cosas han saltado por los aires. Todo ha cambiado. Todo, Nyxenya.
—Lo sé, Therniel, lo sé… —mi voz suena más alta de lo que pretendía.
—Pues acéptalo. Cuanto antes lo hagas, menos daño te harás —dice mientras coge un mechón suelto y lo aparta de mi rostro, colocándolo detrás de mi oreja.
—Del daño ya te has encargado tú… —respondo, apartando su mano. Me giro hacia la puerta, la abro y la empujo con fuerza. El golpe resuena en el aire y siento cómo cada parte de mí tiembla con él.
—Señorita… —una voz me hace girarme. Un Custodio me observa con el ceño fruncido, sorprendido—. ¿Necesita algo?
Niego con la cabeza, sin mediar palabra, y comienzo a caminar hacia mi habitación. Siento la tensión recorrerme la piel, apretarse en cada poro. No puedo creer que Therniel participe en esta barbaridad. ¿Prometerme? ¿Por qué? ¿Por no ser suficiente? ¿Por qué no confían en mí?
Está claro que soy lo único que les queda, que no creen que yo sirva para nada… ¿Pero prometerme? ¿Con mi único amigo? ¿Como si mi vida no tuviera validez? ¿Como si yo, por mí misma, no bastara? ¿Como si un hombre fuera lo que necesito…?
Las lágrimas que hasta ahora había contenido empiezan a caer sin permiso. Con rabia, me las seco con el dorso de la mano, apretando mis labios para ahogar mis propios sollozos.
Soy prisionera de mi propio destino.
Absorta en mis pensamientos, reparo en una figura junto a la puerta de mi dormitorio. Erdon está allí, de pie, esperándome. En cuanto me ve se gira hacia mí, sonríe con timidez y las arrugas entre sus cejas —esas que siempre me hacen sonreír— se marcan levemente.
—Señorita Nyxenya… —su voz, cargada de compasión, me envuelve.
Me detengo frente a él y asiento apenas.
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Editado: 15.05.2026