Fragmentos de oscuridad

Capítulo 6

La niebla de la mañana se filtra por la ventana, y desde la cama observo con detenimiento la oscuridad del cielo que parece acompañarme siempre. Tiro de las sábanas y las subo hasta la nariz. El gris tenue del amanecer, salpicado de nubes blancas, mece los cielos de mi dominio. Me estremezco al pensar en el frío que trae consigo. Estoy acostumbrada a sus heladas matutinas, pero, aun así, me cuesta salir temprano a la intemperie.

No he dejado de dar vueltas en toda la noche. El sueño me abandonó nada más tumbarme, y por mucho que intenté dejar la mente en blanco, nada me funcionó. Ahora, el peso de la vigilia se siente en cada hueso, como si el cansancio se hubiera fundido con mi piel.

Sigo presa de mis emociones, de mis pensamientos, de los acontecimientos y de las decisiones que acato sin haber elegido. ¿Qué pensarían Zayron y Draeven de todo esto? ¿Cómo habrían reaccionado ante el maldito compromiso? Imagino su cólera, las voces resonando en cada rincón de este castillo. Sonrío al pensarlo… Aunque, quizás, tampoco habría servido de nada.

Cierro los ojos y me refugio de nuevo entre las mantas. Hundo la cabeza dentro de ellas, y por un instante, el recuerdo del olor de mis hermanos me invade. Siempre olían a fresco, a hierba y menta. Recuerdo los días en que entraban en mi dormitorio, se metían bajo las sábanas y decían que odiaban el frío que hacía aquí, pero que nada se comparaba con el calor que guardaban mis sábanas.

Unos golpes resuenan en la puerta, pero me niego a abrir los ojos. Prefiero seguir perdida en ese recuerdo, en sus risas y en las cosquillas que me hacían bajo las mantas. Un segundo golpe me arranca de mis pensamientos, y de repente caigo fuera de mi refugio, enfrentándome de nuevo a esta fría realidad.

—Señorita, ¿no piensa levantarse hoy? —pregunta una voz a mi lado.

Abro los ojos y me encuentro con Ceryn, que sonríe de oreja a oreja mientras retira las sábanas con cuidado.

—Ceryn, por mucho que antepongas el “señorita”, no consigues que suene más respetuoso —respondo, incorporándome despacio.

—Procuraré decirlo con más solemnidad la próxima vez —replica, inclinando apenas la cabeza con fingida reverencia.

Niego entre risas, mientras ella tira suavemente de mis pies para obligarme a levantarme.

—¿Siempre vas a mantener esta temperatura invernal aquí dentro? —dice, con un tono fingidamente indignado, mientras se frota los brazos con una mueca exagerando.

El fuego de la chimenea lleva días apagado. Nadie osa encenderlo sin mi permiso; hace tiempo que lo prohibí. No lo soporto. El calor me asfixia. El frío, en cambio, me deja pensar. Es lo único que no me exige ser otra cosa distinta a lo que soy.

—Siempre —mascullo entre risas caminando hacia el baño para asearme—. Nadie tiene derecho a quitarme el frío que me rodea.

Ceryn resopla, pero no insiste. Sabe que mis hermanos solían decir lo mismo, que mi habitación parecía un mausoleo. Quizá no estaban del todo equivocados.

El agua tibia me devuelve un poco de calor. Cuando salgo, Ceryn está junto al tocador. Sobre la cama ha dispuesto mi atuendo, muy distinto a lo que suelo usar a diario. Mi mirada se queda atrapada en las prendas extendidas sobre las sábanas. Son de corte sencillo: unos pantalones y una camisa, ambos con la largura suficiente para tapar cada milímetro de mi piel. Su color no es plano; tiene el matiz profundo de las amatistas que llevé en el funeral, un matiz violáceo e incierto, idéntico al del cielo justo en ese instante en que la tarde se rinde ante la noche.

Junto a estos, aguardan dos estolas. Son de un púrpura aún más denso, casi negro, una para cada uno de mis hombros. Por su largura, sé que caerán hasta mis espinillas; siento que no serán dos simples trozos de tela, sino que me acompañarán con cada paso que dé hacia un destino que aún desconozco.

El conjunto lo completa un fajín negro: un abrazo de vacío que se ceñírá sobre mi cintura. En su centro, rompiendo esa oscuridad, un broche en forma de semicírculo. Allí colocado, parece una estrella solitaria en mitad de la noche; esa única mota de luz capaz de iluminar el abismo en un traje que está pensado para fundirse con las sombras.

—¿Qué es eso? —pregunto, señalándola con la barbilla.

—¿Ropa? —responde entre risas, y ante mi ceño fruncido añade: —Hoy empieza tu entrenamiento. Supuse que te sería mucho más cómodo usar ropa con la que pudieras moverte libremente…

Asiento apenas, mientras me acerco y rozo con los dedos la tela. Me sorprende su temperatura; es fría, mucho más que el aire de la habitación, como si estuviera tocando la superficie de un lago en calma bajo la luna. Pero lo más desconcertante es su tacto. Pesa tan poco como una telaraña, manteniendo esa tensión elástica y sutil bajo mis dedos, y sin embargo, su hilado es tan fino que se siente líquido. Se desliza entre mis yemas con una suavidad imposible, como si esos hilos de sombra hubieran sido tejidos con la propia agua oscura del lago. Sin decir nada, me oculto tras el biombo, Ceryn se acerca con calma, tomando con delicadeza las prendas para ayudarme a colocarlas. Sus gestos son firmes y seguros, ajustando los pliegues y acomodando la tela sobre mis hombros y cintura, asegurándose de que todo quede en su sitio sin necesidad de palabras.

No me reconozco. Siempre he llevado vestidos, telas de gala, bordados que hablaban más de mi linaje que de mí misma. Esto… Esto es distinto. Esto parece tener voz propia. Cuando salgo, no estoy del todo convencida. Tal vez más insegura que nunca. Miro a Ceryn, esperando una burla o una crítica, pero su rostro es todo lo contrario: diversión, orgullo y algo más profundo…, una admiración sincera que me desarma.




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