Tras un largo repaso por los diferentes Guardianes que han sucedido a los diferentes dominios y los cambios territoriales que han sufrido a lo largo de los siglos, Erdon extiende ante mí el último mapa, el que aún no estaba sobre la mesa.
—Este es el estado actual de los territorios. Es el único mapa que debe tener presente y recordar con exactitud— dice, mientras lo coloca con cuidado.
Me inclino hacia delante y paso la yema de mis dedos a lo largo del mapa dibujando lentamente los símbolos, siguiendo por los límites y fronteras.
Lo observo un instante más, y entonces me giro hacia Erdon. Ante mi cara de perplejidad, sonríe con ternura. Nunca he salido de mi dominio, pero las historias de Zayron y Draeven, sus comentarios sobre los lugares que visitaron, y los consejos discretos de Erdon a escondidas de mis padres, han ido formando en mi mente un mapa más allá del papel. Me han dado una idea bastante clara de cómo son estos territorios y cómo se relacionan entre sí. Tal vez mi conocimiento es parcial, incompleto, pero me da una base sobre la que ahora Erdon puede construir algo más sólido, pues siento que tengo una idea más nítida sobre las conexiones, vulnerabilidades y puntos estratégicos. Sonrío levemente, porque por primera vez siento que mi curiosidad, lo que he aprendido por mi cuenta y la atención que presto a los detalles, puede ser más valiosa de lo que imaginaba y quizás, justo en este momento, una ventaja poderosa.
—Hemos repasado la historia antigua, y aunque pueda parecer innecesaria, todo conocimiento tiene su propósito —dice Erdon, hojeando un nuevo volumen—. Nunca se sabe qué detalle puede salvarle en el momento menos esperado.
Sus dedos se detienen en una página, y su tono se vuelve más didáctico, aunque mantiene esa calma que lo caracteriza.
—Ahora hablaremos de los poderes. Cada dominio alberga uno, y deberá reconocerlos en cuanto pise sus territorios. Aunque su primer contacto será diplomático, no subestime lo que pueda percibir. Identificar un poder —y anticiparse a él— puede marcar la diferencia.
Asiento, aunque un escalofrío me recorre la columna. Desde que me enfrenté a mi padre y al Consejo, no he dejado de repetirme las mismas preguntas: ¿y si tienen razón? Si no tengo poder… ¿Qué soy? ¿Quién soy, más allá de un título heredado?
—¿Señorita? —la voz de Erdon me arranca de mis pensamientos. Noto el borde de la mesa bajo mis dedos y los relajo, al ver mis nudillos tensos y blancos.
—¿Sí? —respondo rápido, tratando de recomponerme.
—Le decía que, si le parece bien, hoy revisaremos algunos de los poderes de los diferentes dominios. Mañana, en cambio, nos centraremos en el suyo —añade, con esa mirada que siempre parece atravesarlo todo.
—¿Mi poder? —susurro. La palabra se enreda en mi garganta; una sonrisa breve, casi incrédula, se me escapa antes de morir.
—Por supuesto, señorita. Su poder. —La rotundidad de Erdon no deja espacio a dudas—. Tal vez aún no lo conozca, pero créame: ha estado con usted desde siempre.
No sé qué responder. Lo miro, abrumada y con el corazón latiéndome en los oídos, intentando comprender cómo puedo tener dentro algo que jamás he sentido. Sin embargo, típico de Erdon, sin esperar una réplica, encuentra la página que buscaba y la desliza hacia mí.
—Comencemos.
Frente a mí, las ilustraciones parecen cobrar vida.
—El dominio de la Luz… —comienza Erdon, y su voz se suaviza—. Su poder nace del resplandor que da vida a todo lo que existe. La Luz no lucha contra la Oscuridad: la complementa, como el amanecer al descanso de la noche. Donde una protege los secretos del alma, la otra revela el camino, sana las heridas y devuelve la esperanza.
Paso mis dedos por los dibujos: soles, círculos, fragmentos de estrellas.
—Su deidad —continúa él—, encendió los primeros soles y dio forma a las estrellas con un solo aliento. Los Guardianes, herederos de esa esencia, canalizan ese mismo fulgor para sanar, proteger o aniquilar, guiados por la claridad interior que solo otorga la verdadera pureza.
Hace una pausa, quizá para asegurarse de que no me pierdo entre tantos títulos.
—Los Custodios… —sus ojos se entrecierran ligeramente—. Dominan la curación física y la purificación. Su luz no destruye: limpia. Disuelven la corrupción, cierran heridas imposibles y devuelven el equilibrio a quienes han perdido su energía vital. Allí donde miran, las sombras se disipan.
Asiento en silencio, procesando cada matiz. No sabía que un mismo poder podía ser tan… Compasivo.
—Y los Iniciados —añade, volviendo a señalar el manuscrito—. Aprenden a canalizar la luz a través de sus manos para sanar pequeñas dolencias o tejer escudos luminosos que protegen su cuerpo y el de otros. Su poder es frágil aún, pero constante, como el primer amanecer.
Levanto la mirada.
—Tiene…, tiene algo de poético, ¿no?
Erdon sonríe apenas, pero es una sonrisa verdadera.
—La Luz siempre lo ha sido, señorita. En su pueblo, cada amanecer es un ritual. Portan medallones solares que absorben la energía del día para liberar su calor en la noche. Porque para ellos, la Luz no es solo poder: es fe, consuelo y la promesa eterna de volver a brillar incluso cuando el mundo se apaga— dice, señalando con precisión los grabados y las reliquias asociadas.
#1491 en Fantasía
#784 en Personajes sobrenaturales
enemies to lovers, romance y fantasía oscura, secretos y magia
Editado: 15.05.2026