Fragmentos de oscuridad

Capítulo 8

La sala de las gemas se encuentra en la parte más profunda del castillo. Como tantas otras, nunca antes había puesto un pie en ella; la conozco solo por las historias de mis hermanos. Contaban que era un lugar fascinante, mágico y que al entrar las gemas de poder latían al compás de los pasos, como si saludaran a quienes portan el poder en la sangre. Siento el nerviosismo en el estómago mientras descendemos por el corredor. A nuestro paso, las paredes se abren al exterior en arcos de vértices bajos, curvados como alas oscuras plegadas sobre la piedra. El aire se vuelve más denso, más frío, cargado de un olor mineral, casi metálico, que se adhiere a la piel. Aquí no hay esferas que nos iluminen; la propia piedra parece devorar la poca luz que llega del exterior, como si el castillo no quisiera revelar lo que guarda en sus entrañas. Erdon camina delante de mí, su paso tranquilo, casi reverente, como si lo que fuéramos a hacer hoy no tuviera toda la importancia que tiene.

Nos detenemos frente a una gran puerta oscura, tallada con símbolos que se retuercen bajo la tenue luz de la esquirla de luz que porto en mi mano. Mi pulso se acelera cuando Erdon la empuja: el sonido del metal contra la piedra retumba por todo el pasillo. Él cruza el umbral sin girarse, si mirarme, sin esperarme. Avanza hacia el interior dejándome sola ante la enorme puerta que a pesar de saber lo que oculta no me hace saber lo que aguarda. Solo su voz llega desde dentro:

—¿Señorita?

El corazón me late en los oídos. El pánico me cierra la garganta, no sé si es miedo o respeto, o simplemente el peso de aquello que siempre he temido descubrir: que no haya nada dentro de mí. Sin pensarlo más, doy un paso al frente y entro.

El aire dentro es diferente: más frío, más espeso, como si me envolviera una respiración antigua. Miles de fragmentos oscuros cubren las paredes. Camino despacio, con la esperanza de ver el brillo del que hablaban mis hermanos. Pero nada brilla. Nada responde.

—¿Soy yo, verdad? —susurro, sintiendo cómo las manos me tiemblan. Aprieto la tela de mi estola con fuerza, buscando en ella algo que me ancle—. No me mientas, Erdon, por favor… Mis hermanos me dijeron que cuando cruzaban esta sala las gemas palpitaban, que el aire mismo vibraba con ellas… Y ahora… —mi voz se quiebra, apenas audible—. No brillan. No lo hacen. ¿Por qué?

Erdon se gira lentamente. Está junto a una estantería que surge de la propia piedra, con una mano apoyada en esta y la otra oculta tras la espalda. Su mirada se clava en mí, profunda, tranquila, como si pudiera leer mi caos sin que yo pronunciara una sola palabra.

—Cada piedra guarda una chispa de nuestro poder —dice, al fin—. La teoría, y en la mayoría de los casos también la práctica, es que cuando un Iniciado entra aquí, alguna despierta. Palpita, aunque solo sea un instante.

Mis ojos recorren la sala entera. Una a una, las gemas me devuelven su silencio. Son hermosas en su quietud, perfectas en su indiferencia. Trago saliva. Muero un poco. Muerdo mi labio, conteniendo mis lágrimas, la frustración, la decepción que me arde en el pecho. Quizás ellos tenían razón… Quizás no hay nada en mi que responda. Quizá, simplemente, yo no sirvo.

—A veces —continua Erdon—. La oscuridad solo se muestra a quien ha aprendido a no temerle.

Levanto la mirada, buscando la suya. Pero él ya no me observa. Rebusca entre unos cajones con la serenidad de quien ha dicho una gran verdad y no necesita repetirla. Sin embargo, yo me quedo ahí, rodeada de sombras y piedras mudas, intentando no odiar el silencio que me ha elegido.

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La luz de las esferas se ha consumido casi por completo tras las horas que Erdon y yo hemos permanecido aquí. Solo queda un resplandor tenue que parece brotar del aire mismo, como si la oscuridad respirara. El olor a pergamino antiguo, a polvo y cera derretida llena la estancia. A nuestro alrededor, los manuscritos abiertos y láminas desplegadas cubren la mesa como si formaran parte de un ritual que no termino de comprender.

Erdon pasa las páginas de un tomo con la misma calma con la que se mueve el fuego en la chimenea lejana, un fuego tan débil que apenas alcanza a rozarnos con su luz azul.

—Algunas de estas leyendas se remontan a antes de los primeros portadores— dice, pasando las páginas con extrema delicadeza—. Cuentan que, cuando el mundo era joven, la oscuridad cubría toda la tierra, pero no había miedo, porque nada tenía aún forma, y el silencio lo era todo. Fue la luz la que dio contornos a las cosas…, y con los contornos, llegaron las sombras.

Me muestra un dibujo apenas perceptible: una figura envuelta en tinieblas, con un círculo brillante en el pecho.

—Esa es Asteria, la primera que comprendió el poder de la noche —continúa—. No era una Deidad, ni una Guardiana. Aunque muchos la consideran una profetisa, en realidad no era más que una mujer del Pueblo. Los relatos cuentan que escuchaba las sombras interiores de la gente —sus temores, deseos callados, recuerdos que intentaban enterrar— y, en lugar de apartarlos, era capaz de interpretarlos. Era como si pudiera leer aquello que uno no se atrevía a admitir en voz alta.

Sus palabras se cuelan bajo mi piel. No sé por qué, pero algo en su historia resuena dentro de mí. Me quedo en silencio durante un instante, antes de añadir:

—¿Llegaba a alterar lo que sentían?

—No. En absoluto. Solo mostraba lo que ya estaba ahí, oculto —Erdon sonríe mientras observa con detenimiento la figura de Asteria antes de continuar—. Ella enseñó a los suyos a no temer a la oscuridad, sino a mirarla de frente hasta que mostrara el reflejo verdadero de quienes eran. Ese fue su don.




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