Fragmentos de oscuridad

Capítulo 9

Las semanas han pasado, y sigo sin sentir nada, salvo el peso constante de mis propios intentos. Algunos días creo percibir algo; otros, estoy convencida de que he tocado fondo. Y aunque Erdon insiste en que no desespere, en que el silencio también es parte del camino, son demasiadas las noches en las que me he dormido con la certeza de que tal vez no hay nada dentro de mí. Nada que valga. Nada que responda.

Durante las meditaciones, me hacía sentarme en completa oscuridad.

—Escucha lo que no suena —decía.

Y yo escuchaba. Una y otra vez. Hasta el agotamiento. Pero lo único que encontraba era mi propia respiración, áspera y tensa. A veces entrecortada por la frustración; otras, por el miedo. Y más de una vez, por la tristeza amarga de imaginar a todos lo que quieren verme fallar…, celebrando en silencio que quizá tenían razón.

Al caer la tarde, salíamos a caminar por los jardines y el borde del Bosque Olvidado. Allí, entre el murmullo de las hojas, Erdon me pedía que prestara atención al aire, a las sombras que se movían entre los troncos, a los cambios sutiles en su densidad.

—Siéntalo, no solo lo piense.

Y yo las veía: sombras que se estiraban a mis espaldas, que cruzaban a mi lado, que me rodeaban en círculos como si danzaran un vals silencioso. Pero por muy cerca que estuvieran, nada despertaba en mí. Nada respondía.

Aun así, él asegura que es un avance. Que el simple hecho de percibirlas con los ojos cerrados ya es más de lo que podía hacer antes. Que, al observarlas, al reconocerlas, le doy a la Oscuridad la oportunidad de verme. De saber que estoy aquí. Que espero. Que estoy lista.

Pero yo, no sé si estoy lista… O si estoy perdiendo el tiempo buscando algo que quizá nunca fue mío. A pesar de ello, sigo entrenando, sigo intentándolo.

Fue solo hace unos días cuando Erdon, por fin, decidió explicarme los poderes de los dos últimos dominios. Al principio pensé que había sido por falta de tiempo… Pero no, Erdon no es así: había sido una decisión completamente deliberada.

—No quería abrumarla —me confesó mientras caminábamos junto a las esferas encendidas del corredor—. Si le hubiera hablado del Fuego y del Viento antes de que intentara sentir su propio poder, le habría hecho creer que estaba compitiendo contra fuerzas demasiado grandes. No hubiese sido justo para usted.

—¿Que ha cambiado ahora, Erdon?

—Usted —dijo, sin más.

Estos días he pensado mucho en eso. En cómo, sin darme cuenta, he estado midiendo mi valor según lo que otros pudieran pensar. Según lo que se esperaba de mí, y no según lo que realmente soy.

Me explicó que antes de saber más, tenía que aprender a escuchar en la oscuridad. A sentirme parte de ella. A notar el temblor en el aire cuando una sombra se acerca y a distinguir el silencio que se queda, del silencio que se respira.

—Solo después de ello —dijo—, estará preparada para comprender el Fuego y el Viento, los dos dominios más temidos junto al suyo. Pues incluso entre los suyos…, se murmuran con cuidado.

No dije nada, no sabía qué decir. La misma curiosidad que respeto…, o miedo me atenazó el pecho.

—Algún día —añadió—, entenderá por qué esperé.

Sin derecho a réplica, algo ya tan obvio en él, comenzó su lección sobre los dominios que estremecen al mundo y que incluso él explicó con un respeto distinto.

Erdon respiró hondo antes de empezar, como si el simple hecho de hablar del Fuego requiriese apartar de sí algo que no podía verse.

—El dominio del Fuego alberga un poder que pocos comprenden —dijo, y su voz bajó un tono. Grave. Reverente.

Había algo distinto en él. No era miedo…, pero sí una distancia prudente, como si incluso nombrarlo pudiera despertar algo que dormía.

—Es un linaje temido, poderoso… Y, a veces, demasiado consciente de ello.

Una chispa de ironía suavizó sus palabras. Me arrancó una sonrisa mínima, casi involuntaria.

—El Fuego es la chispa de la creación y el eco de la destrucción —continúo—. Representa la pasión que mueve al mundo, la voluntad que desafía los límites…, pero también el riesgo de consumirse en su propio fulgor.

Cada frase suya abría imágenes en mi mente: llamas devorando montañas, brasas encendiendo esperanza, sombras huyendo de una luz demasiado viva.

—Su llama purifica tanto como arrasa —añadió—, y su resplandor puede ser esperanza o sentencia: donde el fuego toca, nada vuelve a ser igual.

Hubo una pausa. Corta, pero necesaria. El aire entre nosotros llegó a sentirse tibio, o quizá fui yo imaginándolo.

—Su Deidad —prosiguió—, nacida del corazón de una estrella, gobierna la llama, el magma y la energía primigenia. Su aliento puede encender el mundo o reducirlo a cenizas. De su ira surgieron los volcanes; de su compasión, los fuegos que calientan los hogares y templaron las primeras armas.

Señaló un grabado: un sol fracturado que dejaba escapar lenguas de fuego.

—Su silencio es la ceniza que anuncia el renacer —murmuró.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era distinto. Más hondo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.