Fragmentos de oscuridad

Capítulo 10

Durante el último mes, esa intención con la que cerré los ojos se fue desgastando. Día tras día, la Oscuridad permanecía igual de impenetrable, igual de muda. He llegado a preguntarme si soy digna de este dominio, de este poder… O siquiera para la oscuridad. Y, sinceramente, aún no encuentro una respuesta que cure la decepción que me consume.

Erdon no me ha dejado sola ni un instante. Entre interminables entrenamientos, charlas sobre la historia del dominio y ejercicios para conectar con aquello que todavía no entiendo, mis fuerzas comienzan a flaquear. Estoy agotada física, mental y emocionalmente. He perdido la cuenta de las veces que he repetido los ejercicios que me enseña, los rituales de respiración, las meditaciones a oscuras, los intentos de escuchar el pulso invisible del dominio… Y, aun así, ni un atisbo de poder ha surgido de mí. Ni siquiera un temblor, ni una sombra, ni una mínima señal de que algo dentro de mí está vivo.

Erdon insiste en que no practique sola, pero no puedo evitarlo. En la penumbra de mi habitación, cuando todos duermen, lo intento una y otra vez. Guardo la esquirla en su caja de terciopelo para que deje de iluminar, contengo la respiración y espero. Espero sentir algo: una corriente, un suspiro, una presencia. Pero lo único que siento es el peso del silencio sobre mi pecho.

He intentado escuchar el pulso del dominio, seguir el ritmo de las sombras, observar su movimiento con la paciencia que él me exige… Y nada. Solo la frustración que crece hasta dolerme en el cuerpo. Una frustración que, a veces, se convierte en desesperación, y otras en miedo. El miedo de no servir para nada más que para cumplir con un matrimonio impuesto, para convertirme en una sombra vacía al lado de Terniel.

Las noches sin dormir se amontonan, y mis manos temblorosas ya no disimulan lo que mi mente no soporta. El vacío en mi pecho se hace más real, más tangible. Erdon dice que mi impaciencia bloquea lo que intento despertar pero, ¿cómo no impacientarse cuando los días pasan y el poder sigue sin manifestarse? A veces lo miro, esperando que se canse de mí, que su serenidad se rompa y me diga lo que temo escuchar, pero él simplemente sonríe y dice que todo llega cuando debe.

Dice que me dé tiempo, que aprenda a estar presente, a escuchar en silencio, a no perder detalle de lo que me rodea y que cuando menos lo espere, la oscuridad responderá. Que la señal llegará, y entonces todo empezará a colocarse. Sin embargo, yo ya no sé si creo en señales.

Hemos dedicado la mayoría de los días a entrenamientos distintos, intentando todo lo que él considera necesario. Meditaciones guiadas, ejercicios de concentración con gemas, prácticas para distinguir las vibraciones del aire cuando una sombra cambia de densidad… Nada ha funcionado. Y, aún así, él continúa.

A veces hablamos de la historia del dominio, de las antiguas leyendas que sostienen nuestra herencia, pero nunca menciona a los Custodios. Erdon evita el tema con cuidado, dice que no es el momento, que primero debo sentir, aunque sea un mínimo rastro de poder. Y aunque mi curiosidad crece cada día, agradezco que lo oculte. Siento que intenta protegerme del peso que aún no puedo soportar.

Como era de esperar, mi padre ha estado rondándonos durante algunos de los entrenamientos. No interviene, no corrige, no dice una sola palabra. Solo observa desde la distancia, con esa mirada fría que conozco desde niña y aunque no habla, su juicio lo inunda todo. Cuando sus pasos resuenan en la sala, mi cuerpo se tensa sin remedio. Él no necesita gritar para hacerme sentir pequeña, con un solo gesto, con una mirada, me recuerda que no he estado a la altura. Nunca me dirige la palabra, y lo agradezco. Su silencio es suficiente castigo. A veces, se acerca a Erdon, le pregunta por mi progreso en voz baja, y aunque no escucho las palabras, sé lo que dicen: “No ha logrado nada, ¿verdad?

Cada vez que eso ocurre, algo dentro de mí se rompe un poco más.

A veces me pregunto si Erdon lo nota, si percibe el nudo en mi garganta, el temblor en mis manos, la rabia contenida en mi pecho. No dice nada, pero su voz se vuelve más suave después, como si intentara curar una herida invisible que él mismo no sabe cómo tocar.

Esta tarde, mientras repasábamos antiguos símbolos grabados en piedra, me habló de la energía que habita en cada linaje, de cómo cada dominio vibra con una esencia distinta: fuego, viento, tierra, agua, luz… Y oscuridad.

—Cada uno porta una raíz diferente— me explicó—, pero todos existen por y para el equilibrio. Si uno se quiebra, el resto se tambalea.

Sus palabras se han quedado grabadas en mí y, por primera vez, he entendido que no se trata solo de mí o de mi poder, sino de algo mucho más grande. Algo que sostiene un equilibrio que ni siquiera comprendo del todo.

Hablando de nuestro dominio, me dijo que antiguamente fue uno de los más respetados y temidos.

—¿Por qué temido? —pregunté.

—Porque conocían la verdad —respondió—. La oscuridad no era poder, era comprensión. Y eso da más miedo que cualquier fuerza visible. Dominaban la oscuridad con equilibrio y sabiduría, y aunque su poder inspiraba miedo, también despertaba reverencia.

Después, su voz se volvió más grave al mencionar a mis hermanos. Dijo que no eran poderosos por separado, aunque yo ya conocía esa historia. Sin embargo, juntos creaban una fuerza tan intensa que los demás dominios apenas podían comprenderla. Aunque el Consejo mintió al resto de los dominios, exageró el poder individual de cada uno de ellos para mantener intacta la reputación del linaje y así creyeran que un solo heredero bastaba, como ocurría con los demás dominios. Pero no era cierto. Su fuerza real nació de la unión.




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