Pensé que los entrenamientos serían una pérdida de tiempo. Durante semanas me he sentido doblegada por la frustración, por esa desesperación que se adueñaba de todo cuando no conseguía nada. Me hacía dudar. Me hacía perder la esperanza y entraba en la sala por pura obligación… Pero ahora, mirando hacia atrás, todo es distinto.
Ahora sé que lo que siempre he anhelado existe.
Podría regocijame en la desolación que aún me despierta algunas noches, o en esa punzada en el pecho cada vez que termina un entrenamiento y no consigo controlar mi poder. La Oscuridad sigue siendo una fuerza caótica: los zarcillos de sombra se disipan en mis manos, el frío se niega a concentrarse en la punta de mis dedos, y la densidad que Erdon me exige apenas dura unos segundos antes de desmoronarse. Pero no. No lo haré. Porque los entrenamientos han despertado algo más que mi don: me ha despertado a mí.
Nunca me había sentido tan consciente de todo. La Oscuridad que me rodea, las sombras que me acompañan y la densidad que me arropa son solo una parte. Lo importante es que esta Oscuridad ha afilado mis sentidos, permitiéndome ver con una claridad dolorosa lo que antes aceptaba sin cuestionar. Ahora lo veo todo:
Las miradas furtivas de los Custodios.
Los silencios tensos en los corredores.
Los susurros que mueren cuando me acerco.
Los gestos estudiados del Consejo cuando hablan de “futuro” y “destino” como si fueran la misma palabra.
Probablemente, para ellos mis horas con Erdon son inútiles, porque solo esperan ver mi poder. Sin embargo, sé que gracias a la paciencia de Erdon y mi necesidad de seguir, ahora estoy más viva, más presente en mi propio cuerpo, y mucho más capaz de ver las jugadas que antes ignoraba. Y quizá ese sea el verdadero problema para ellos.
Hace unas semanas en una sesión extremadamente frustrante, cuando la luz azul de la gema parpadeó entre mis manos y se apagó, Erdon decidió que era un buen momento para hablarme por primera vez de La Convergencia de los Dominios. Sabía que él siempre elegía el instante preciso, y esta vez quería que mi rabia por el fracaso se transformara en la urgencia por un objetivo real.
—Ya no pueden esconderla, señorita —dijo sin más Erdon—. La Convergencia de los Dominios es en unas semanas y, por supuesto, debe acudir.
Me miró mientras retiraba de mi mano la gema para colocarla de nuevo en su pedestal. Me recosté en mi asiento con las manos entre la cabeza. La frustración era palpable, pero él continuó con la explicación de La Convergencia.
—La Convergencia es el encuentro formal que se lleva a cabo todos los años, donde los Guardianes y Legados de los Seis Dominios se reúnen para revalidar los pactos y asegurar el Equilibrio.
—Estaré en el punto de mira, ¿verdad? —alcancé a decir, sin mirarle. Erdon se sentó a mi lado, mientras organizaba los manuscritos que había sobre la mesa. Tras unos interminables minutos para mí, dijo:
—Por suerte o por desgracia, según lo mire, siempre lo estará. Nunca antes había sucedido algo así, y la verdad… Es que el resto de los Dominios buscan, quieren y necesitan el Equilibrio y ante lo desconocido el Equilibrio corre peligro.
—Por tanto, debo asistir para ser validada, ¿no? Para demostrarles que el Legado de la Oscuridad no es una amenaza descontrolada, sino una pieza ¿fundamental?
Erdon rio. No sé si por mi firmeza, mi incredulidad o mi hartazgo ante todas las personas a las que siempre debo demostrarles todo. Sea como fuere, esa revelación ha redefinido por completo nuestro trabajo desde entonces, porque si mi rabia fue lo que despertó la Oscuridad en la cena, mi ira es ahora nuestro mayor enemigo estando en el punto de mira de tanta gente.
Pasamos los días siguientes entrenando no solo el poder, sino el muro emocional. Ejercicios de respiración. Visualizaciones. Intentos de que mi cuerpo no reaccione a la humillación ni a la rabia, sino que absorba esa energía y la filtre antes de que el caos se manifieste. Es difícil, es agotador, pero no me asusta, al contrario: sé que es la única manera de salir de estas paredes, de demostrar que no soy solo la hija de mi padre, sino el Legado de la Oscuridad.
Tengo que partir en cuanto amanezca. Miro a mi alrededor, a las sombras de esta sala, a las gemas que me han acompañado. Aquí me perdí y me encontré más tarde… Erdon me mira, y aunque su rostro es serio, sé que su confianza en mí es inquebrantable.
Tengo miedo, no solo de que mi rabia me condene ante los otros Dominios, sino de avergonzar a Erdon y de fallarle. Sí. Pero en mi pecho, justo donde la Oscuridad se ancló por primera vez, siento esa corriente vibrante de poder, esa sensación de que, por fin, voy a jugar en la misma mesa que ellos. No como la hija de un hombre, sino como un Legado.
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Editado: 05.06.2026