Fragmentos de oscuridad

Capítulo 13

Ceryn no es de las personas que disimulan sus emociones. Sonrío al sentir sus dedos temblorosos terminar la larga trenza que cae sobre mi espalda. Podría pensar que es culpa del nerviosismo, pero la conozco demasiado bien para saber qué se trata de la alegría contenida que el viaje le provoca.

—Si no controlas tus emociones, terminarás por estropear el peinado —digo mientras disimuló la sonrisa—. Tendremos que empezar de nuevo, y La Umbra zarpará sin nosotras.

Sin mediar palabra, Ceryn da un paso atrás, se coloca a mi derecha y me mira a través del espejo. Cruza sus manos a la altura de su cintura y hace una pequeña reverencia. Intenta disimular la sonrisa, pero el brillo de sus ojos la delata.

—Señorita, está lista para zarpar —dice con tono irónico, y su voz es un susurro ilusionado, casi reverente.

Suelto una pequeña carcajada, mientras me levanto, ajustando el peso de la capa oscura sobre mis hombros.

—¿Te emociona tanto el viaje?

—¡Y La Umbra! —exclama con renovado entusiasmo—. Es tan inmensa… Además, zarpar por el mar y sentir el aire fresco allí arriba… Es un privilegio.

La miro, y mi propia sonrisa se va desvaneciendo.

—La Umbra… El viaje no es un privilegio, Ceryn, es una obligación —digo, en un tono más bajo, más duro. Ceryn lo entiende al instante y la formalidad regresa a sus ojos.

—Por supuesto —asiente, rígida—. Pero a veces, incluso las obligaciones llevan a lugares que merecen la pena.

Siento el calor inesperado de su mano sobre la mía, un toque de dulzura que me desarma, un pequeño faro de bondad que no sé si merezco.

—Eres el Legado de nuestro dominio. No es una obligación. Es un derecho —continúa, y su voz es un bálsamo suave, un intento consciente de arroparme con palabras.

—El derecho yace en el poder, Ceryn, y tú sabes bien que ese poder apenas me obedece —replico, apretando la mano que me agarra—. La Convergencia sólo es un escenario. Los Guardianes y Legados esperan ver una fuerza controlada. Y yo…

Doy un giro brusco, cortando el contacto de su mano. Me siento demasiado pequeña para cargar ese título, y su compasión me asfixia. Paso de largo el cofre de viaje, forrado de cuero negro y reforzado con herrajes de hierro frío.

—Ceryn, pide a algún Custodio que te ayude con el equipaje, no cargues con ello tú sola.

La orden es clara. Es mi manera de mandarla fuera, de poner distancia. Ceryn asiente, pero antes de irse, se acerca por mi espalda. Recoloca la capa sobre mis hombros, y sus manos se posan un instante sobre mí en un gesto fugaz y conmovedor.

—Solo esperan verte a ti, solo eso.

Se me eriza la piel pero soy incapaz de decir una palabra más. En todo o en parte dice la verdad y probablemente sea la única verdad.

Echo un último vistazo a la habitación.

Recorro la vista por los muros forrados en seda azul noche, el tocador lleno de piezas de oro y plata, el joyero aún abierto. Este lugar ha sido mi única certeza, pero hoy siento que no solo abandono mi vida tal y como la he conocido, sino que también dejo atrás el espacio que me arropó y reconfortó cuando todo lo demás pesaba demasiado. La persona que fui aquí, ya no tiene lugar en el lugar que me espera.

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La transición es breve y helada, como todo lo que concierne a este Dominio. El carruaje, negro y discreto, avanza sin ser molestado por las calles aún somnolientas, y el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines se mezcla con el sonido de la voz de Ceryn que no deja de murmurar en todo el camino. Sin embargo, me concentro en el movimiento, intentando acallar la ansiedad.

Al detenerse el carruaje, el silencio se apodera de todo.

Frente a mí, atracado en la boca del estuario, se alza La Umbra. Dicen que el barco no navega sobre el agua, sino que arrastra la noche consigo. Cuando veo sus velas negras en el horizonte, no es que llegue la sombra…, es que llega La Umbra, el vacío total donde la esperanza se ahoga.

El aire del muelle es distinto, cargado de salitre y una brisa tan fría que parece succionar el calor de mis pulmones. El carruaje me deja directamente frente a la nave, que no parece hecha de madera. Es un monolito de medianoche, alto y sombrío, el casco de un negro tan absoluto que parece devorar la luz. No hay hombres gritando ni poleas chirriando; solo un silencio espeso que el barco impone al resto del puerto.

Me quedo inmóvil frente a su inmensidad.

De repente los recuerdos de cuando era niña y estuve aquí, me alcanzan. Mi mano pequeña aferrada a la de Zayron y Draeven. Mi madre, justo delante de nosotros compungida por la marcha de mi padre. Él, vestido con su uniforme de viaje, subiendo por una plancha idéntica a la que se encuentra frente a mí, con la barbilla en alto y la mirada fija en su destino. No había miedo en él, solo la ferviente ambición de un Guardián. Recuerdo a mi hermano, años después, subiendo con idéntica determinación y brillo en los ojos, deseoso de reclamar su derecho como Legado. Para ellos, subir a este barco era el inicio de su grandeza.

Quizá nunca lo he visto tan claro, pero para mi familia, La Umbra nunca ha sido un barco. Es el lugar donde uno deja la debilidad y abraza el poder; donde deja una vida y enfrenta un destino. Pero ellos lo hicieron con certeza. Yo, en cambio, subo con el miedo de que la persona que he sido desaparezca, dejando atrás la única vida que conozco para convertirme en algo que no sé si puedo manejar.




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