El día de la travesía no es más que un tránsito forzoso, un tiempo muerto que se me hace eterno y fugaz a la vez. Paso la mañana en la proa, dejando que el aire gélido golpee mi rostro hasta entumecer los sentidos, solo así consigo acallar el ruido de mi mente y mantener a raya ese caos que late bajo mi piel, esperando el menor descuido para salir a flote.
Ceryn aparece a ratos y su compañía trae consigo una normalidad que agradezco en el alma. Hablamos de cosas triviales, de telas y de recuerdos, y por unos instantes olvido que navego en un barco que me lleva hacia un destino que no esperaba ni deseaba. Erdon también se hace presente. Repasamos los diferentes Dominios, los nombres de los Guardianes y los diferentes Legados que existen. Me obliga a realizar ejercicios mentales, anclando mis pensamientos para que el poder no se manifieste de forma errática. Aún así, a pesar de sus esfuerzos y de lo reconfortante que es tanto la presencia de él como la de Ceryn, la ansiedad es un nudo que me aprieta en mi garganta cada vez que miro hacia el horizonte.
La tarde se esfuma entre las sombras de mi camarote y los sueños inquietos de los que despierto sobresaltada. Repaso mentalmente cada lección de Erdon y el miedo a fallar, a no estar a la altura del Dominio que represento, me consume más que el propio viaje. Ceryn, cómo no, vuelve a ser mi ancla; mientras me ayuda a preparar el vestuario para el día siguiente, sus manos firmes compensan el temblor de las mías.
—Podrás con ello, lo presiento. Lo sé —susurra ella, aunque sus palabras más que ser una certeza para mí, son un deseo desmesurado.
Al final, el peso de mis propios pensamientos termina por aplastarme. Me hundo en un sueño denso y sin descanso a altas horas de la madrugada, pero el descanso dura poco.
Un estruendo sordo me arranca del sueño con una violencia que me corta el aliento. Es el ancla. El silencio que sigue es aún peor, la velocidad ha disminuido y el barco termina por pararse. Hemos llegado.
Me acerco a la portilla y pego la frente al cristal frío. Veo el muelle, y el corazón me da un vuelco al confirmar que el muelle no está vacío. A través del cristal reconozco los estandartes con los símbolos de cada Dominio que Erdon me obligó a memorizar; ondean con una arrogancia que me hace estremecer, como si reclamaran su lugar en el mundo. Junto a ellos, se sitúan los Guardianes que emanan una autoridad ancestral, los Legados parecen haber nacido para este momento, a diferencia de mí que sigo sintiéndome una intrusa entre gigantes.
La Umbra ha completado su viaje, y ahora soy yo la que debe dar el primer paso hacia el mío.
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Editado: 26.06.2026