Fragmentos de oscuridad

Capítulo 15

La plancha de La Umbra desciende con un golpe sordo contra el muelle de piedra blanca. El contraste es violento: el barco es una mancha de oscuridad absoluta contra la arquitectura pálida y majestuosa del puerto.

Mi padre no espera y comienza el descenso; su capa ondea en cada paso y su figura solemne, erguida y fuerte, no flaquea en su camino. Erdon carraspea a mi lado; le miro apenas un instante y su mirada me confirma que ha llegado el momento de dar el primer paso hacia mi nuevo presente. Ceryn, unos pasos detrás de nosotros, me dedica una dulce sonrisa y un asentimiento que me infunde los ánimos que yo no alcanzo a reunir.

Me giro hacia el puerto, y deslizo mi mano temblorosa por la barandilla helada. Justo antes de avanzar, observo la multitud que espera. Trago saliva lentamente, recordando que no debo mostrar ningún símbolo de debilidad; suelto el pasamanos y comienzo mi descenso. Camino con la vista al frente, sin fijarla en ningún punto en particular; a veces miro los estandartes que ondean, otras, el lugar monumental que nos rodea, pero siempre sintiendo el peso de cada una de las miradas. No son solo marineros o sirvientes; son los Guardianes de los otros cinco Dominios rodeados de Custodios y sus Legados. Están dispuestos en un semicírculo perfecto y sus ojos están clavados en nosotros, en mí. Quizás es solo curiosidad o escepticismo, pero también reconozco una pizca de ese desprecio que tanto conozco. Sin duda, soy la pieza que no encaja en este tablero de gigantes.

Mi padre comienza con los saludos de rigor, su voz es tan potente y autoritaria que me hace sentir aún más diminuta. Me quedo unos pasos detrás de su espalda, petrificada, asustada ante tanta magnitud y sintiendo cómo mis hombros se hunden por el peso de la vergüenza y el miedo. Soy consciente de que me estoy haciendo pequeña, encogiéndome frente a todos aquellos que esperan algo de mí; ya sea mi caída o mi ascenso.

Entonces, sucede.

Una brisa repentina y cálida me acaricia la nuca. Instintivamente, giro levemente la cabeza buscando una explicación, pero este puerto cerrado alberga un aire estancado y pesado. Sin embargo, la corriente sube por mi espalda suave pero firme, como una mano invisible que se apoya entre mis escápulas y me obliga a enderezarme. No es el viento del mar, no cabe duda; es algo vivo, casi un susurro físico. Siento un calor reconfortante recorrer mi columna, borrando el frío que me atenaza. Como consecuencia, mi barbilla se eleva por voluntad propia y, por un instante, el miedo se disipa, reemplazado por una calma sobrenatural.

No sé de dónde procede, pero bajo esa brisa mi soledad deja de pesar tanto. Es una sensación extrañamente familiar, como si ese aire ya me hubiera sostenido antes.

Tras las oportunas presentaciones nos dirigimos hacia el Bastión, un laberinto de corredores abiertos a precipicios y salas con techos altísimos. La cámara donde tiene lugar la Convergencia es circular, y en sus paredes parece vibrar el eco de pactos antiguos.

Me siento a la derecha de mi padre, en la silla que ya me tenían asignada. Las voces de los Guardianes retumban en las paredes de la sala y se mezclan en un murmullo denso que por momentos me incomoda. Jamás me hubiera imaginado en esta situación y la mayor parte del tiempo pierdo la noción de lo que dicen, aunque las lecciones de Erdon resuenan en mi mente al escuchar términos sobre fronteras y flujos de energía, o cuando hablan de revalidar el equilibrio que sostiene el mundo. Intento concentrarme, pero estoy demasiado abrumada; las palabras “consecuencia” y “nuevo Legado” rebotan en mis oídos mientras noto el peso de las miradas de los otros cinco Legados; es entonces cuando ya solo puedo oír el latir de mi propio corazón, golpeando con violencia contra mis costillas.

Tras lo que parecen horas de burocracia divina, la sesión se levanta. El eco de los pasos de cientos de personas llena el salón mientras nos dirigimos a las estancias de invitados.




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