Fragmentos de oscuridad

Capítulo 17

Mi habitación es una vasta cámara de piedra tallada con relieves de antiguos mitos que parecen observarme desde las sombras. Hay una chimenea enorme donde el fuego ruge, pero el calor parece perderse en la altura del techo.

Me siento frente al tocador de madera oscura mientras Ceryn comienza a deshacer el peinado que traía desde el desembarco. Me cepilla el cabello con una delicadeza rítmica y yo la observo a través del espejo sin decir nada, me obligo a concentrarme en el sonido del cepillo, en el tacto del cuero cabelludo, intentando con todas mis fuerzas que la ansiedad no termine de axfisiarme. Erdon permanece de pie cerca de la chimenea; de vez en cuando echa un vistazo por la ventana, observando cómo la noche empieza a apremiar sobre el patio interior.

—Ha mantenido la compostura —dice Erdon, rompiendo el silencio—. Todas las miradas estaban dirigidas a usted, pero no ha permitido que eso la empequeñeciera.

—Es probable que no se haya visto así, pero me sentía como un fraude respirando el mismo aire que ellos —confieso al fin, bajando la mirada hacia mis manos, que juguetean nerviosas—. Aire que parece pertenecer solo a los que han nacido para grandes cosas. Este no es mi lugar…, y ellos lo saben. Todos lo saben.

—Se equivoca —responde él de forma cortante, dándose la vuelta—. Este lugar es tan suyo como del resto. Pueden creerlo o no, incluso podrán aceptarlo o no, pero usted, señorita, es la única que tiene el poder de demostrar que se equivocan.

Devuelvo mi mirada al espejo y encuentro a una Ceryn que me sonríe con dulzura mientras va recogiendo mechones de mi pelo para entrelazarlos en un semirrecogido sofisticado. Erdon se acerca unos pasos hacia nosotras, y continua:

—La cena es más peligrosa que la reunión, señorita. En la reunión de la Convergencia se habla de leyes, pero en la mesa se habla de debilidades. Los otros Legados la tendrán cerca y buscarán sus grietas. Querrán saber si es solo la sombra de sus hermanos, un títere de su padre o algo nuevo.

Ceryn mueve sus manos con una destreza que me hipnotiza, terminando de colocar las horquillas alrededor del recogido. Entonces, deja el peine y pasa sus brazos por encima de mis hombros, rodeándome. Sus manos, cálidas, agarran mis mejillas suavemente y me obligan a alzar la mirada hacia el espejo. Ahí estamos las dos: yo, con los ojos demasiados abiertos y la palidez de quien espera una ejecución; y ella, con esa sonrisa que parece sostener el mundo.

—No son mejores de lo que tú puedes llegar a ser —interviene ella con un susurro que me llega directo al corazón—. No te agotes intentando demostrarlo todo esta noche, Nyxenya. Solo tienes que hacer que duden de sus propios prejuicios.

Erdon asiente, y al pasar por mi lado, me da ese apretón en el hombro tan suyo, firme y breve, antes de salir de la habitación para brindarnos privacidad, no sin antes recordarme, con tono profesional, el protocolo de los brindis.

Cuando la puerta se cierra, el silencio se vuelve más denso. Ceryn se dirige al gran armario donde descansa el vestuario que preparó. Jamás he llevado algo similar; el vestido no parece cosido, sino arrancado de la propia penumbra del armario.

​Mientras me ayuda a ponérmelo, el peso de la tela me reconforta mucho más de lo que imaginaba. No es solo ropa: es mi caparazón. La seda se posa sobre mí y cae con majestuosidad hasta el suelo, como si vistiera humo líquido que reacciona a cada uno de mis movimientos. Mis hombros quedan enmarcados por unas estructuras casi arquitectónicas, imponentes: capas superpuestas de tejido rígido en un tono amatista oscuro que se alzan como hombreras esculpidas, evocando el plumaje defensivo de una bestia nocturna.

Pero la verdadera fuente de mi confianza reside en el elemento que rodea mi cintura. Se ciñe a mi torso con una presión implacable. Es un cuero endurecido de un púrpura vibrante, casi violento, que contrasta con la oscuridad del resto del conjunto. Está esculpido para seguir la línea de mis costillas, una coraza inflexible.

Está claro el mensaje que Ceryn quiere que transmita: me he convertido en una visión de elegancia letal. Es un recordatorio visual para todos los Legados y Guardianes de que la nueva imagen del Dominio de la Oscuridad no ha venido a mendigar aceptación, sino a reclamar su lugar, y que bajo la seda y el terciopelo, estoy blindada para la guerra.

—Estás hermosa —susurra Ceryn mientras termina de colocar el bajo del vestido. Al incorporarse, me agarra de la mano y me da un pequeño apretón que me devuelve a la tierra—. Una verdadera Legado de la Oscuridad.

No encuentro palabras para responderle. Camino hacia el espejo y me observo: la chica temerosa, la que siente que este mundo le queda grande, sigue ahí, pero ahora está oculta bajo su armadura. Me giro hacia Ceryn y asiento levemente con una media sonrisa, una mueca forzada que ella acepta como suficiente.




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