Fragmentos de oscuridad

Capítulo 17

Salgo de la habitación y encuentro a Erdon esperando en el pasillo. Al verme, hace una inclinación de cabeza tan profunda que es casi una reverencia. No dice nada, pero no hace falta: su silencio es el mayor cumplido que podría ofrecerme. Es el reconocimiento de que, al menos, por fuera, la transformación es completa.

Juntos comenzamos el camino hacia el Gran Comedor, donde el eco de las risas y el tintineo de las copas comienza a filtrarse por las paredes de piedra. El Gran Comedor del Bastión es un asalto a los sentidos. Después de todos estos años viviendo en la penumbra de nuestro Dominio, la luz de miles de velas reflejada en el mármol blanco y los detalles de oro me ciega. Respiro profundamente, y el aire a especias exóticas, a vino dulce y a perfumes caros me envuelve; es una mezcla embriagadora que se siente pesada en mis pulmones.

Entro un paso por detrás de mi padre y el murmullo en las conversaciones se va deteniendo conforme avanzamos en nuestro paso. Siento el peso de cientos de ojos evaluando mi vestido, mi peinado, mi postura. Soy lo nuevo, el misterio, la duda, la incertidumbre.

Mientras avanzamos hacia la mesa principal, una mujer se levanta. Resulta inconfundible, se trata de la Guardiana del Mar, proclamada por la majestuosidad de sus vestiduras. De su túnica caen infinidad de hileras de plata de las que penden pequeñas esferas iridiscentes, imposibles de ignorar, tintineando sutilmente con cada uno de sus movimientos. La tela que envuelve su figura cae de una manera grácil más allá de sus manos, casi rozando el suelo como una cascada de agua. Está confeccionada en una seda líquida de un azul peculiar, cambiante de profundo a cristalino según la luz que incida sobre ella. Al pasar a su lado, en lugar de la reverencia fría que espero, extiende su mano y roza mi antebrazo haciendo que me detenga al instante. Mi padre no espera, sigue su paso hacia la mesa principal, dejándome expuesta.

—Tus hermanos habrían estado orgullosos de verte aquí, pequeña sombra —susurra con una sonrisa que no tiene rastro de maldad—. No permitas que el brillo de los demás, o la oscuridad que a algunos les rodea, apague tu propia luz.

Sus palabras me desarman, me paralizan, me dejan fría y temblorosa. Asiento torpemente, sintiendo cómo el nudo en la garganta amenaza con estrangularme. Estoy preparada para muchas cosas: para el juicio, para la severidad de mi padre, para el peso de un Legado que no pedí. Pero la bondad…, la bondad es una grieta en mi armadura para la que no tengo defensas.

Echo un vistazo rápido a mi alrededor buscando a mi padre, que ya se ha acomodado en su sitio y me fulmina con la mirada desde allí, como si de una advertencia se tratara. Su desprecio, extrañamente, me devuelve a la tierra; es la brújula que reconozco. Sin perder más tiempo, retomo mi camino hasta llegar a mi asiento.

La cena transcurre como un borrón. Apenas pruebo bocado; es imposible tragar cuando sientes que el aire se ha vuelto sólido. No es solo lo que la Guardiana ha dicho, ha sido su mirada: una mezcla de compasión y reconocimiento que me confunde. Podría haber dicho muchas cosas, o incluso podría no haber dicho nada; sin embargo, ha elegido recordarme lo que no debo permitir.

Me mantengo rígida, con la espalda separada del respaldo y los cubiertos demasiado apretados entre las manos. Me molesta todo: el tintineo metálico, los pasos de los sirvientes y las risas de los otros Legados, que conversan con una naturalidad insultante.

«No permitas que la luz de otros y la oscuridad apague tu luz», repito en mi mente.

Miro de reojo a los otros cinco Legados. Parecen tan seguros, tan… Y entonces, mi mirada se cruza con la de un joven de cabellos cobrizos sentado frente a mí. Me sonríe tímidamente, pero no me hace sentir incómoda; al contrario, en sus ojos del color de las brasas hay una sombra de duelo en la que me reconozco.

Es él.

Finalmente, el chocar de las copas marca el fin del protocolo más estricto. La cena termina y el aire vuelve a circular más relajadamente por mis pulmones. Los Guardianes y Legados se ponen en pie; es el momento de los licores, de las alianzas entre susurros que Erdon mencionó y de los grupos que se forman y se deshacen por el salón.

Mi padre se une de inmediato a un círculo de hombres que visten sedas pesadas, gesticulando con esa falsa amabilidad que reserva para los poderosos. Aprovecho el flujo de los sirvientes que retiran los platos de las mesas para deslizarme entre la gente. El salón, antes asfixiante, ahora me ofrece el refugio del anonimato que tanto ansío. Me muevo con cuidado, esquivando conversaciones y risas forzadas, hasta que me encuentro justo al lado de la chimenea, a pocos pasos de él, sin saber muy bien cómo he llegado hasta ahí.

Está sentado en uno de los brazos de los sofás, observando el fuego de la chimenea como si las llamas le contaran algo que el resto no puede oír. Me acerco con cautela, sin saber muy bien por qué, pero el aire a su alrededor me acompaña a hacerlo pues se siente distinto: agradable, reconfortante. Él aparta la vista de las brasas y me mira. Me quedo inmóvil, de cerca sus ojos no solo tienen el color del fuego, tienen su profundidad.

—¿Sabes? En los lugares con tanta luz, es donde mejor se ven las sombras —dice con voz suave—. Me llamo Urok, y sé bien quién eres, aunque sospecho que ni tú misma te reconoces en este momento.

Se me eriza la piel. «Urok» repito mentalmente, una y otra vez. Sin darme cuenta, sonrío. Él me devuelve el gesto con suavidad, comprendiendo que le he reconocido. No me ha hecho falta ver el emblema de su chaqueta; Zayron me habló de él.




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