Fragmentos de oscuridad

Capítulo 18

El mar fue un borrón de sal, sombras y dudas; un paréntesis líquido en el que el oleaje, lejos de devolverme a la seguridad de lo conocido, me alejaba cada vez más de la chica que se fue. Desde entonces, he pasado siete días atrapada en todo lo acontecido en la Convergencia, buscando un ancla mientras el mundo que antes llamaba mío se me vuelve extraño. La vuelta a casa me ha pesado mucho más de lo que esperaba; el silencio de los pasillos ya no me ofrece paz, sino un vacío ensordecedor que me devuelve el reflejo de mi propia soledad. Incluso la oscuridad que antes me abrazaba ahora me asfixia, como si el aire de este Dominio se hubiera vuelto demasiado denso para mis pulmones.

Me sentía insignificante ante la magnitud de lo que se suponía que debía ser la Convergencia. Me preparé, entre otras muchas cosas, para el desprecio y la lucha, convencida de que me harían pedazos al primer descuido. Sin embargo, durante esta semana, he recordado cada paso que di desde que me subí a la plancha de La Umbra, cómo fui capaz de mantener la compostura ante una ansiedad que, a pesar de mis temores, no logró devorarme frente a los ojos de los demás. Lo logré. Y ese pequeño paso es más que suficiente para empezar a quemar mis viejas inseguridades.

Aún así, lo que me perturba es reconocer qué fue lo que realmente me puso al límite. No fue el odio lo que me obligó a huir del Gran Salón para evitar que el caos de mi poder se apoderara de todo lo que nos rodeaba sino, la amabilidad. El trato humano —y no el conflicto— resquebrajó mi armadura mucho más de lo que habrían hecho mil desprecios.

Las palabras de la Guardiana del Mar se han quedado instaladas en mi pecho como una pregunta sin respuesta: Tus hermanos estarían orgullosos de tí. ¿Lo estarían? Aún no he sido capaz de encontrar una respuesta que me satisfaga. Urok e Iriel también han sembrado dudas que hacen que las noches sean demasiado largas. ¿Qué veía Zayron de mí para hablarles con tanta convicción sobre mi poder, cuando yo misma ni siquiera lo conocía? Salvo mis hermanos, Erdon y Ceryn, jamás nadie me había tratado con esa deferencia. Y eso…, eso me abruma de una manera que todavía no sé cómo encajar en mi realidad.

Ahora entiendo por qué Zayron parecía marchitarse cada vez que regresaba. Decía que esta casa le consumía las ganas de levantarse, que no podíamos comprenderlo porque no habíamos visto la verdadera luz que brilla en el resto de los Dominios. Antes, sus palabras me parecían una exageración que rozaba la arrogancia: ahora sé que era nostalgia de un mundo donde no todo son sombras. Mis ojos todavía arden con el recuerdo de la Convergencia. En nuestro Dominio el día es apenas una penumbra cristalina que nunca llega a romper el velo de la noche; nacemos, crecemos y morimos bajo un cielo que se niega a brillar. Sin embargo, allí, en territorio neutral, me sentí herida por la claridad, deslumbrada por colores que ni siquiera sabía que existían. Vi la luz del día en toda su gloria, sin el filtro de nuestras nubes perpetuas.

Pero lo que más me inquieta es saber que estaba en tierra de nadie. La convergencia no es un Dominio, y si ella me ha brindado todo esto, ¿qué me espera más allá? Por primera vez desde que supe de mi obligación con las pruebas quiero ir. Quiero comprobar si el resto del mundo es tan hermoso como me temo, y si soy capaz de sobrevivir entre tanta luz.

Durante el tercer día, me senté en el tocador y contemplé el vestido amatista aún colgado en el biombo. Le pedí a Ceryn que no lo guardara. Necesitaba verlo, observarlo, quizás grabarlo en mi mente. No preguntó por qué, y lo agradezco, pues no tengo un motivo concreto. Solo sé que esa armadura me presentó ante el mundo mucho más segura de lo que estaba, y me dio las fuerzas para sostenerme en un colapso que fue aumentando conforme lo hacía la noche. Ceryn dice que me ve cambiada, y he sorprendido a Erdon mirándome con una mezcla de orgullo y miedo a partes iguales. Y yo… Yo solo puedo pensar en las palabras que cada persona durante ese día me ofreció: calma, fuerza, tempestad.

Nada más llegar, Therniel estaba esperando en el muelle. Su rostro desencajado mostraba la preocupación que había sentido durante mi ausencia: las ojeras se le marcaban con crudeza bajo los ojos, pero yo solo pude dedicarle un leve asentimiento. He sentido su presencia durante toda la semana pero he evitado sus miradas, sus preguntas y todo lo que le concierne. No estoy preparada para él, ni para el peso de lo que nos ha roto, ni para el papel que supuestamente han preparado para nosotros. Esa es una línea que, ahora mismo, no me siento capaz de atravesar.

El ritmo del entrenamiento ha cambiado. Las lecciones de historia han quedado relegadas al olvido. Ahora Erdon y yo dedicamos cada hora a ese abismo que crece en mi interior. El quinto día me obligó a ir más allá de los ejercicios habituales, buscando que mi poder se manifestara sin filtros, que aprendiera a reconocer su pulso antes de que el caos se desatara por completo. Pero la verdad es que no pude hacer más que cubrirme con una oscuridad densa que me abrazó.

Eso fue suficiente para Erdon, pero no para calmar la inquietud que me empuja a buscar algo más allá de mis propias sombras cuando el entrenamiento termina y el silencio vuelve a reclamarme. Porque, aunque la oscuridad sigue siendo ese abrazo que me acompaña, no tiene ese rastro eléctrico que sigo anhelando. He perdido demasiadas horas esperando detectar esa corriente que me sostuvo en el corredor del Bastión. Lo he buscado en las cortinas de mi cuarto, en el viento del jardín… Pero el viento de mi hogar es solo eso: aire frío, pesado y muerto… No trae susurros ni advertencias, no reconforta ni sostiene. Esa ausencia me ha devuelto a una soledad absoluta, un vacío que en las noches solo se llena con el eco de una voz grabada a fuego en mi memoria: Sé la tempestad.




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