Mi Dominio nunca ha sido un lugar de bienvenida, pero esta mañana el muelle parece haber despertado de un sueño eterno. El aire frío y estancado de mi hogar se ha visto sacudido por el aleteo de velas que no conocen el luto. Cinco magníficos barcos descansan sobre el manto de terciopelo gris de las aguas, rompiendo nuestra eterna penumbra con una vitalidad casi insolente.
Cojo aire lentamente frente a ellos. Se trata de una mezcla de colores que nunca antes había visto, pero entre todos esos matices puedo diferenciar casi con exactitud a quién pertenece cada navío. Los tonos verdosos y terrosos delatan sin esfuerzo al Dominio de la Tierra, mientras que los amarillos puros proclaman la llegada de la Luz. Los vibrantes anaranjados me permiten afirmar con rotundidad que el siguiente casco pertenece al Dominio del Fuego. Más allá, los blancos y grisáceos, adornados con pequeños destellos celestes, no dejan lugar a dudas sobre la presencia del Viento. Por último, un importante navío teñido en azules profundos y tonos petróleo reclama su espacio en nombre del Mar. Sonrío levemente y ladeo la cabeza para ocultar el fin de mi pesar; mi soledad, para bien o para mal, ha terminado.
—Alce la mirada —susurra Erdon a mi espalda—. Recuerde: no es su anfitriona, señorita. Es su igual.
Ceryn me ajusta la capa con dedos temblorosos. Supongo que el peso de esas miradas desconocidas aún, no solo me afectan a mí. Sin decir nada, camino hacia la plancha de La Umbra, el barco que actuará como sede neutral para el viaje y que ya espera mi ascenso. Tras la Convergencia, Erdon ha intentado instruirme sobre la naturaleza de las pruebas, pero el vacío de información sigue siendo absoluto. El Consejo sabía cómo se gestionaría esto; mi padre lo sabía. Que nadie me haya dado directrices no me sorprende; ya hay pocas cosas que lo hagan en lo que a él se refiere. Pero que hayan evitado dárselas a Erdon…, eso sí me hace sospechar de sus intenciones. Erdon le ha restado importancia, pero no sé qué me pesa más: si la falta de información que podría perjudicarnos en el camino o el hecho de que este aislamiento sea un castigo directo hacia él por protegerme.
Una vez en cubierta, me apoyo en la barandilla y observo cómo se materializa el decreto excepcional de la Profetisa. Según Erdon, todos los Legados deben acompañarme para rememorar la esencia de las pruebas, aunque yo solo siento que me obligan a caminar por una cuerda floja mientras el resto del mundo espera mi caída.
Los veo desembarcar de sus naves y aproximarse a la nuestra. Veo rostros conocidos, pero no lo veo a él, y su ausencia me provoca un pesar extraño que no sé cómo nombrar. Urok me sonríe mientras sube por la pasarela; no puedo evitar devolverle el gesto. Cada vez que le miro, sus ojos cargados de esa melancolía tan familiar hacen que la mía pese un poco menos. Iriel, tras él, no oculta su emoción y me saluda con aspavientos, lo que me hace sonrojar y buscar un refugio en la barandilla, conteniendo la pequeña sacudida de ser reconocida de ese modo por alguien. Al resto de los rostros no los conozco personalmente, aunque sus atuendos y sus movimientos delatan sus orígenes con una claridad casi arrogante.
Una chica que se mantiene con una rectitud líquida, se sitúa a mi lado nada más cruzar la pasarela. Su atuendo parte de unos pantalones ceñidos que le otorgan un porte majestuoso, sobre los cuales descansa un drapeado asimétrico. Esa banda de tela contínua, confeccionada con un satén de brillo húmedo, que nace en uno de sus hombros, cruza su torso en diagonal y se ciñe a su cadera para terminar cayendo por el lateral de una sola pierna con una ligereza propia de las olas del mar. Su rostro es tan pacífico, tan idílico, que la sonrisa que me dedica me atrapa y me sumerge en una calidez que me desarma.
—Nyxenya del Dominio de la Oscuridad —su voz es una melodía de riachuelo, pero sus ojos tienen el azul gélido de los abismos donde no llega el sol—. Mi madre, la Guardia del Mar, no para de hablar de ti. Quizás debería sentirme celosa.
Contengo la respiración y desvío la mirada hacia el muelle. Allí, la Guardiana del Mar, nos observa a ambas. Me dedica una inclinación de cabeza solemne. No hay dulzura en su gesto, solo el reconocimiento gélido de la posición que ocupo. El mensaje es claro: ella me tendió una mano en la Convergencia, pero ahora soy yo quien debe cruzar el océano sin hundirse.
—Espero no decepcionar sus expectativas —respondo, luchando para que mi voz no tiemble.
—Oh, lo harás —dice ella, y su sonrisa se ensancha un milímetro, revelando una profundidad inquietante—. El agua siempre encuentra grietas, Nyxenya. Y yo… Yo estoy deseando encontrar las tuyas. Encantada, soy Hadal.
Se retira como una ola que retrocede en la orilla, arrastrando con ella mis pocos pensamientos positivos y dejando tras de sí una maraña de inseguridades que intentan ascender de nuevo. Justo entonces el aire cambia. No necesito buscarlo con la mirada; en su lugar, cierro los ojos, esperando que esa corriente eléctrica que solo él posee me atrape y me envuelva.
Me agarro con fuerza a la barandilla en el instante en el que una brisa repentina revuelve el bajo de mi vestido y hace ondear mi falda con una insistencia casi privada. Aprieto los labios, castigando el impulso de sonreír ante el alivio que me provoca su cercanía. ¿He perdido el juicio? Quizás. Pero lo cierto es que, en medio de este aire frío y pesado que siempre envuelve a mi hogar, yo solo anhelaba el viento. Abro los ojos lentamente y lo veo subir la plancha de la nave. Sus movimientos poseen una belleza insultante, pero no me dedica ni un gesto, ni un asentimiento. Nada. Avanza con la mirada perdida en el horizonte, como si yo fuera parte del mobiliario del barco o una sombra insignificante sobre la cubierta. Sin embargo, al pasar junto a mí, el aire se detiene un segundo. Siento cómo una brisa cálida, cargada de una intención que nadie más puede percibir acaricia mi pelo, enredando un mechón que cae sobre mi rostro con una suavidad que me desarma por completo.
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Editado: 17.07.2026