El rítmico balanceo de La Umbra me recuerda que ya no estoy en casa. Cada vaivén del casco me aleja de todo lo que conozco para adentrarme en los lugares que ansío desde que el mundo se fragmentó en la Convergencia. Mi camarote extrañamente me resulta una jaula pequeña a pesar de que sus colores son lo único que me ancla a mi hogar; el aroma a salitre que empieza a filtrarse por las juntas me confirma que, por mucho que me rodee de mi propia oscuridad, el mundo exterior ya ha empezado a invadirme.
—No baje la guardia —la voz de Erdon me saca de mis pensamientos mientras Ceryn, con movimientos rápidos y nerviosos, organiza algunos de mis atuendos en el pequeño armario de la pared.
Me acomodo en el borde de la cama mientras le observo con detenimiento. Está tenso, más de lo habitual: su mirada delata una preocupación cuyo alcance no logro descifrar. Que el Consejo lo haya mantenido al margen de los detalles de las pruebas, al fin y al cabo, es una señal de alarma que ninguno de los dos puede ignorar.
—En este barco, las sonrisas son tan peligrosas como cualquier arma —continúa, con la mirada perdida en la escotilla—. No confunda la curiosidad de los Legados con la amistad. Solo buscan descubrir dónde termina usted y dónde empieza su oscuridad.
—¿De verdad no querrían conocerla por quién es sino por lo que representa? —pregunta Ceryn, girándose hacia él con una pizca de ingenuidad en la voz.
—No —responde Erdon con una sequedad cortante—. Hadal no viaja con nosotros por hermandad; está aquí para estudiar sus fisuras antes de que pongamos un pie en su dominio. Debe tenerlo en cuenta. Y los demás…
—Los demás solo esperan ver cómo me hundo… —concluyo por él, sintiendo el peso de esta certeza.
—Probablemente —confirma Erdon—. Debe mantenerse firme, señorita. Sea realista. Compórtese como la sombra: presente, pero inalcanzable.
Asiento, aunque no sé cuánto tiempo podré sostener la fachada antes de que empiece a fragmentarse. Ceryn me ofrece un vaso de agua y le dedico una sonrisa breve, intentando aplacar la inquietud que se ha instalado en su rostro tras las palabras de Erdon. Pero no es nada comparado con la tensión que ya empieza a devorarme por dentro.
—Es hora de subir —digo, más para mí misma que para ellos—. No puedo esconderme durante todo el trayecto.
Al salir a la cubierta, el mundo me golpea. Instintivamente, levanto la mano para protegerme los ojos. Aunque apenas nos hemos alejado de las costas de mi hogar y el cielo aún conserva un tono plomizo, la claridad es tan intensa que me obliga a pestañear con fuerza.
—Parece que estás intentando pelear con el sol —susurra Ceryn a mi lado, con una pequeña chispa de humor que consigue arrancarme una sonrisa.
—Solo estoy negociando una tregua —respondo, bajando la mano poco a poco—. ¿A vosotros no os afecta tanta claridad? —pregunto, girándome hacia ellos.
—Estaba ansiosa porque la luz me tragara de nuevo —dice Ceryn tomando una bocanada de aire y levantando los brazos como si con ello abrazara el cielo que nos envuelve.
Erdon solo se encoge de hombros y me dedica una última mirada de advertencia antes de retirarse con ella para dejarme con el resto de los Legados. Los veo marchar en dirección contraria y, cuando me giro ante mi destino inevitable, descubro que han dispuesto el comedor al aire libre, aprovechando la luz que nos ofrece esta mañana. Allí, sentados alrededor de una mesa de madera de roble oscuro, reconozco a Iriel, que me saluda con su energía habitual, y a Hadal, que observa el horizonte con una elegancia que me pone en guardia.
Pero es el tercer ocupante quien capta toda mi atención. Un joven de complexión robusta y facciones amables se levanta en cuanto me ve. No pierdo más tiempo y me acerco con paso ligero. Él avanza con una zancada firme y, antes de que pueda reaccionar, toma mi mano entre las suyas. Sus palmas están calurosas, ligeramente rugosas. Cierra los ojos un instante y siento una extraña vibración recorrer mi piel, como si a través de su tacto pudiera sentir el pulso de la tierra misma.
—Soy Gaedric, Legado de la Tierra —dice con una voz profunda que parece nacer de su pecho—. Mis hermanos decían que en tus tierras las flores no saben cómo nacer, pero quizás cambian de opinión al conocerte, Eléboro Negro.
Su galantería me descoloca y me sonroja a partes iguales. Me suelta la mano y da un paso hacia atrás, permitiéndome respirar.
—¿Eléboro Negro? —pregunto con curiosidad.
—Sí. Es una flor de una belleza impresionante, al igual que tú. Sus pétalos son de un color violeta tan oscuro que parece negro, y posee un centro con estambres claros que resplandecen como una pequeña luz en la oscuridad —me explica con detenimiento, estudiándome como si fuera un espécimen único—. Florece en invierno, cuando todo lo demás muere y tiene una elegancia melancólica y resistente. Sin duda es hermosa, pero desprende un aire peligroso y solemne.
—Guau —suelta Iriel, apoyando la barbilla en sus manos mientras escucha fascinada—. Parece que es una mujer hecha flor.
Gaedric me sonríe y me dedica una reverencia justo antes de darse la vuelta para regresar a la mesa. Pero antes de que pueda decir nada más, el aire a mi alrededor se vuelve ligeramente más frío, diferente. No necesito girarme para saber quién ha llegado. Se sienta en silencio y lo hace justo frente al lugar que Gaedrid me ha indicado, manteniendo esa mirada indescifrable que me acelera el pulso.
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Editado: 09.08.2026