Tras la intensidad de la comida, me refugio en la popa, lejos de las historias de Urok, de las risas cómplices de Iriel y de los halagos de Gaedric. Huyo de los juicios de Hadal y, sobre todo, de la mirada de Aelis. Me siento apoyando la espalda contra la madera y llevo las piernas hacia el pecho, abrazándolas contra mí. El aire desde aquí es frío, azota mi cara a veces con una fuerza que me hace entrecerrar los ojos, pero me regala el espacio necesario para aclarar la mente entre tanta tensión acumulada.
Erdon tiene razón: buscan mis grietas, mis fisuras. Me siento observada como el juguete nuevo de un niño que curiosea la novedad sin saber si encontrará algo que lo motive a seguir a su lado o algo que le haga apartarlo. No sé descifrar cómo me siento entre todos ellos, sigo creyendo que soy la única pieza que no encaja en este tablero. La que sobra, la que está rota…, o simplemente alguien que no estaba prevista para esta vida.
Estoy agotada de mostrar una cara que ni yo misma me creo. Intento mantenerme fuerte, pero el peso de estos meses se vuelve cada vez más tangible, más asfixiante. Cierro los ojos apoyando la cabeza en la pared que me sujeta, y dejo que el aire acaricie mi rostro. Al abrirlos de nuevo contemplo el cielo que me baña. Los tonos que tiñen el firmamento son tan inusuales para mí que me erizan la piel. Un resplandor coral se extiende por el horizonte, suave y cálido, salpicado de matices violáceos que flotan en el aire como si fueran burbujas de luz que hubieran escapado de las profundidades. Representan una resistencia final, hermosa y efímera; son el último aliento del día, una barrera de luz cálida que intenta frenar al azul petróleo que, en los bordes de mi visión, ya reclama su espacio y avanza lentamente para atraparnos. No puedo evitar sonreír y apoyar la barbilla en mis brazos, fascinada.
Entonces, una figura aparece a mi lado. Giro la cabeza con lentitud, sin despegar la barbilla de mis brazos, y lo miro. Aelis está de pie frente a mí. Esta vez no ha anunciado su llegada con una brisa, sino que se ha filtrado en mi espacio con el sigilo de una ráfaga que se calma antes de ser notada. Levanta la cabeza hacia el cielo que yo admiraba, cierra los ojos y toma una bocanada de aire que le arranca una sonrisa mínima. Después, baja la vista y me observa con un detenimiento que parece evaluar cada señal de mi rostro.
—¿Puedo? —pregunta. Su voz está despojada de la frialdad de la mesa; es baja, casi un susurro que el viento transporta solo para mis oídos.
Asiento y me desplazo unos centímetros. Él se sienta con una delicadeza de otro mundo. Al instante, el aire que nos rodea cambia; se convierte en una brisa cálida, tan agradable como el cielo que nos cubre.
—Nunca había visto un cielo así —murmuro, y mi voz suena como un secreto compartido, apretando de nuevo las piernas contra el pecho.
—Para alguien que ha vivido en la sombra, el mundo siempre parece excesivo cuando decide mostrarse —comenta él, deleitándose con la vista—. No dejes que su océano te intimide antes de haberlo tocado.
—¿Cómo voy a evitarlo? —suelto sin pensar, olvidando las máscaras que nos impone la etiqueta de Legados—. Ella sabe dónde golpear. Sabe que estoy…
—¿Rota? —completa él por mí.
Le sostengo la mirada, intentando descifrar lo que calla. Sin embargo, termino perdida en la inmensidad de sus ojos; un gris tan cambiante como el cielo justo antes de una tormenta. Es imposible no fijarse en la línea marcada de su mandíbula, que se tensa por instinto ante mi cercanía, revelando una rigidez que lucha contra su aparente calma. Su cabello tiene el color de los cirros, esas nubes altas y deshilachadas que parecen de cristal; es de un blanco gélido y casi translúcido que cae sobre su frente en un desorden que en él resulta insultantemente elegante. Es esa forma suya de ocupar el espacio la que termina por inquietarme: está presente con una intensidad silenciosa, como una brisa que te alcanza pero que no puedes retener entre las manos.
—Deja de fingir que estás entera —su voz es un murmullo que apenas compite con el viento. Aparta la vista hacia el horizonte, como si sostener mi mirada fuera un acto de crueldad hacia su propio control—. Si estás furiosa o muerta de miedo, deja que se note. No voy a juzgarte, el caos es lo único que te mantiene real en este lugar de mentiras.
—Si suelto el control, no quedará nada de mí —confieso. Para mi sorpresa, mi voz no tiembla; es fría, quizás cortante, una advertencia que nos señala a los dos: a mí, por el riesgo de perderme; a él, por el peligro de estar demasiado cerca cuando ocurra.
—Al contrario: quedarás tú —él se pasa una mano por el cabello, desordenando aún más esos hilos blancos que parecen ceniza bajo la luz crepuscular—. Ellos solo quieren ver a quien tienen delante, y tú ahora mismo eres un enigma para todos, una sombra que camina entre todos. Por eso están alerta. Especialmente Hadal, porque no soporta lo que no puede predecir.
—A ti no parece asustarte —le desafío, obligándole a buscar mis ojos de nuevo.
El aire a nuestro alrededor parece contraerse, se vuelve más denso, cargado de una electricidad que me corta la respiración. Me sostiene la mirada con una intensidad que no busca mi debilidad, sino mi reflejo; me obliga a sostener un pulso que va más allá de lo físico.
—Lo que me asusta no es el enigma —responde con una voz contenida, casi ronca—. Es lo que ocurrirá cuando por fin descubras que no necesitas buscar el control fuera de ti para sobrevivir. Ahora mismo te aferras a tu confusión…, a tu parálisis como si fuera un escudo, Nyxenya; esperas que el mundo te dé permiso para ser quién eres porque te aterra aceptar que ya no hay nadie por encima de ti para decirte qué hacer.
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Editado: 09.08.2026