Fragmentos de oscuridad

Capítulo 22

El balanceo del casco contra la corriente me arranca del sueño. Abro los ojos con bastante esfuerzo; la claridad que entra por la escotilla me causa un desagrado instintivo, una punzada en las sienes a la que no estoy acostumbrada, pero al mismo tiempo me crea una necesidad irrefrenable de levantarme. Me incorporo y me quedo sentada en la cama, hipnotizada por el techo del camarote: está cubierto de motas de luz, reflejos del agua que danzan sin ninguna precisión, chocando unas con otras en un baile frenético. Llevo la vista a la pequeña ventana circular. El cielo que asoma es de un azul que nunca habría podido imaginar. Es nítido, excesivamente claro y tan brillante que parece emitir su propio calor. Es un espectáculo agresivo y hermoso a la vez. Justo cuando voy a salir de la cama, unos golpes en la puerta me frenan.

—Nyxenya —la voz de Ceryn al otro lado me recuerda, de golpe, lo que hoy me espera.

—Adelante, Ceryn —contesto, quedándome en la misma posición, con la mirada aún fija en ese azul imposible.

Ceryn entra en el camarote sosteniendo el atuendo con el que me presentaré ante el Dominio del Mar. Me quedo mirándolo extrañada las prendas que porta entre sus brazos; no son los tejidos propios de mi dominio, no existen los pesados terciopelos o los cueros rígidos. Ni siquiera soy capaz de reconocer la naturaleza del tejido o la ligereza de esas formas. Aunque el corte intenta respetar la estricta sobriedad a la que estoy acostumbrada, el material lo cambia absolutamente todo.

—La humedad del Dominio del Mar te consumirá si usas tus atuendos habituales —comenta Ceryn, adivinando mis pensamientos, mientras deja la ropa sobre la cama con sumo cuidado—. Las doncellas del Dominio me entregaron las sedas básicas que visten todos los legados por protocolo, pero he pensado qu te sería más comodo si añadía ciertos detalles que te permitan moverte con agilidad y respirar sin dificultad, pero sin sentirte desnuda.

—¿De verdad crees que será para tanto?

—Lo comprobarás en cuanto pongas un pie fuera de este camarote —murmura con una media sonrisa.

Me incorporo lentamente y me sitúo frente a la cama donde reposa la ropa, mirándola con detenimiento.

Se trata de un juego de telas asombrosamente delicadas que nunca antes había visto. Miro a Ceryn desconcertada, ¿de dónde las habrá sacado? Devuelvo la vista de nuevo hacia el colchón. Los colores, al menos, siguen siendo los mios. El color amatista resalta sobre la tela de la cama y el azul noche lo acompaña a la perfección, como siempre. Esa familiaridad es un ancla a la que aferrarme, un consuelo silencioso en medio de tanta incertidumbre.

Al vestirme, la extrema ligereza de las prendas me hace sentir extrañamente vulnerable. Me siento casi desnuda por la falta de peso. Sin embargo, la extraña seda resulta ser un abrazo frío y reconfortante; un tejido que se desliza sobre mi piel con una fluidez casi líquida, un alivio inmediato contra el bochorno que empieza a filtrarse en la estancia.

Salgo al pasillo y, al primer paso, el aire me golpea. Es denso, cargado de salitre y de una humedad que se me pega a los labios al instante. Me giro hacia Ceryn; ella sonríe y se encoge de hombros, compartiendo mi asombro. Subimos los peldaños hacia la cubierta y siento el corazón acelerado, pero, al emerger, el impacto es total: el mar no es solo agua, pareciera una gema turquesa que brilla con tal intensidad que me obliga a entornar los ojos. La claridad del cielo rebota en cada ola creando un espejo tan perfecto que me marea. Respiro lentamente, aspirando un aire denso y caluroso cargado de tanto salitre que escuece. Siento el mar pegado a mi cuerpo: es una presión invisible que parece querer darme una bienvenida un tanto asfixiante.

Al alzar la vista, lo que encuentro ante mí me corta la respiración. No parece una ciudad erigida por manos mortales, sino una metrópolis tallada por la mismísima voluntad de las mareas.
Resulta ser una combinación perfecta de iridiscencias, sílice opalina y exquisitos detalles de cristales de pleamar; una arquitectura de curvas imposibles y espirales que imitan la gracia asimétrica de los corales que he visto en los libros que Erdon me ha mostrado, entrelazándose como si las mismas Deidades las hubieran moldeado bajo el agua. Las superficies atrapan la luz de una manera que nunca antes había visto; los muros pulidos, esculpidos en una caliza nacarada, absorben la claridad del cielo y la devuelven en destellos salmones y opalinos. Cada rincón resplandece con una humedad perpetua bajo la luz del día, dando la sensación de que el agua brota incesantemente de los propios revestimientos.
Es tan diferente a mi dominio… El agua fluye a través de canales con un tono azul turquesa vibrante, mientras cascadas infinitas emergen de todas partes, creando un velo de bruma que envuelve la ciudad en un misticismo eterno. Por un momento, mi curiosidad vence a mi miedo.

—¿Es real? —balbucea Ceryn, sobrepasada.

—Lo es —responde una voz a nuestras espaldas.

Aelis aparece con la naturalidad de una ráfaga de viento. No camina, parece fluir sobre la madera de la cubierta con una elegancia que silencia el bullicio del barco. Se detiene frente a mí, su mirada recorre cada centímetro de mi rostro en busca de algo que yo aún no reconozco. De repente, la brisa a nuestro alrededor cambia: el aire se enfría, regalándome esa pausa de frescor que mis pulmones suplicaban. Se inclina apenas un poco, acortando una distancia que me hace contener el aliento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.