Fragmentos de oscuridad

Capítulo 23

Tras nuestra llegada, Erdon no me da ni un respiro. Pasamos la mañana encerrados en la habitación que me han asignado, la cual resulta ser una demostración calculada de opulencia y estatus. Las paredes carecen de esquinas afiladas; a diferencia de lo que ocurre en mi hogar, aquí parece que el propio mar hubiera moldeado la estancia emulando el interior de una carola. La caliza nacarada que envuelve el espacio emite destellos de escamas de marea, un mensaje silencioso pero inconfundible sobre el alto rango de quienes nos acogen.

Mientras mis ojos recorren los reflejos salmón y violáceos que proyecta la luz, la voz de Erdon me devuelve a la cruda realidad del protocolo. Se encarga de grabarme a fuego los nombres de quienes gobiernan en este Dominio: Vesperia, la Guardiana; Pontos, su cónyuge; y sus dos hijos: Hadal y Bentos.

Los inmensos ventanales permanecen abiertos, permitiendo que se cuele ese olor a salitre tan característico de este Dominio, un aroma penetrante al que dudo que logre acostumbrarme algún día. Sin embargo, lo que verdaderamente llama mi atención es que, en medio de toda esta claridad deslumbrante, se han dispuesto espacios sumidos en una cuidadosa penumbra. Según me ha comentado Erdon, se trata de una muestra de respeto del Dominio del Mar hacia el mío, una cortesía diplomática diseñada exclusivamente para que pueda sentirme más cómoda y resguardada entre tanta luz.

Pero la cortesía es un arma de doble filo. Sus advertencias se repiten en mi mente como un mantra: «Si bendicen la mesa, debe unir sus manos a la persona que tenga al lado, o creerán que desprecia sus bendiciones; si brindan, espere a que Vesperia moje sus labios primero, o pensaran que se cree superior a ella; y si le ofrecen comida fuera de la mesa, debe aceptarla con gratitud, pero jamás permita que pase de su mano, pues lo que se consume fuera del banquete no está protegido por las leyes de la hospitalidad». Cuando Ceryn termina de ajustarme el atuendo, mi cabeza no es más que un hervidero de estrategias y miedos.

Al cruzar el umbral del salón principal, el lujo me golpea con la fuerza de una ola. Una vez más, los destellos iridiscentes de los cristales de pleamar danzan con un ritmo sinuoso por toda la estancia, rebotando contra la caliza. Alzo la mirada y descubro que las imponentes cúpulas del techo ostentan un color turquesa idéntico al de las aguas de este Dominio; es como si el océano mismo se hubiera solidificado en silencio para coronar el espacio con una perfección absoluta. Desde lo alto, las lámparas descienden como gotas de lluvia suspendidas en hilos invisibles, formando cascadas de perlas luminosas que, entrelazadas con los reflejos de las paredes, bañan el comedor con un resplandor tan hermoso como abrumador.

La mesa está presidida por Vesperia. A su derecha, Hadal está sentada con su habitual elegancia gélida, pero es la figura sentada a la izquierda de la Guardiana la que ocupa toda mi atención y hace que se me erice la piel.

Bentos.

A diferencia de la presencia elegante que envuelve a Hadal, Bentos desprende una energía que me obliga a querer ganar distancia. Me observa desde que pongo un pie en la estancia; sigue mis movimientos con una mirada que me recorre de arriba abajo, deteniéndose en el corte de mi vestido con un descaro que, hasta ahora, nadie se había atrevido a mostrar. Mi pulso se acelera cuando comprendo que el protocolo no me dará tregua: mi lugar está justo a su lado.

Me siento con la espalda rígida, presa de la tensión que me genera su simple presencia y sintiendo su calor invasivo demasiado cerca. Al levantar la vista, me encuentro con un muro de calma. Justo frente a mí, sentado a la derecha de Hadal y al lado de Gaedric, Aelis me observa. Su semblante serio, incluso tenso, sostiene una mirada gris que abarca la tormenta y parece leer mi pánico.

Entonces, Bentos se inclina hacia mí, rompiendo cualquier barrera de cortesía. Su rostro queda a escasos centímetros de mi pelo y su aliento, cargado de un aroma a vino dulce y salitre, me roza el cabello y acaricia mi hombro desnudo. El contacto me provoca una repulsión que intento enmascarar apretando mis puños bajo la mesa.

—No pareces muy cómoda, pequeña sombra —la voz de Bentos se arrastra junto a mi oído, cargada de una familiaridad que no le he permitido–. O quizás sea la bruma del mar, que resulta demasiado abrumador para alguien que solo sabe ahogarse en él.

Mantengo mi mirada fija en Aelis, buscando la templanza en sus ojos que aún me observan. No son las palabras de Bentos lo que me alteran ni lo que me pone en alerta, sino la sensación nauseabunda que me causa su presencia y su cercanía. Siento la electricidad recorrer cada poro de mi piel y me obligo a apretar los labios; sé que, si no controlo esta situación, mi poder empezará a brotar y los zarcillos de sombras treparán por mis piernas en apenas unos segundos.

—La bruma está bien —respondo, tragando saliva para controlar mi respiración. Clavo las uñas en las palmas de las manos; necesito que ese dolor punzante actúe como un ancla y me mantenga presente, impidiendo que la oscuridad se desborde—. Es la compañía lo que me ha resultado un tanto… ¿Confusa?

Es en ese instante cuando rompo el contacto visual con Aelis y clavo mis ojos en el rostro de Bentos. Mi reacción lo obliga a retroceder apenas unos centímetros, pero el espacio que gano lo llena de inmediato con una sonrisa que me hace estremecer. Si la sonrisa de Hadal es un laberinto de incertidumbre donde no se sabe dónde termina la dulzura y comienza la crueldad, la de Bentos no deja lugar a dudas: la maldad es su único lenguaje. Es una mueca despiadada que se asoma sin vergüenza en sus ojos azules de un color tan profundo y gélido como la inmensidad del océano en mar abierto, donde no hay luz ni fondo.




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