Fragmentos de oscuridad

Capítulo 24

—No logro entenderlo —escupo, apenas la puerta de mi habitación se cierra tras nosotros. Mis manos tiemblan y me obligo a entrelazarlas para que Erdon no lo note—. Aquella noche en la Convergencia, sentí que me tendía una mano; en el muelle, juraría que me miró con respeto. Incluso durante la cena reprendió a Hadal…

Erdon camina por la habitación con paso nervioso, revisando las esquinas como si las propias paredes de nacaradas tuvieran oídos. El pulso de la ciudad submarina vibra bajo mis pies, recordándome que estoy en territorio enemigo.

—Creí que veía algo en mí. Pero, ¿llevarme a la gruta? ¿Para qué? ¿Para demostrar a todos que no soy digna?

—Vesperia no se mueve por impulsos, señorita Nyxenya; ella se mueve con la precisión de las mareas —responde él con voz ronca—. Si las Auralias la rechazan, no será solo una humillación personal. Tendrá la excusa perfecta para convocar una reunión urgente de la Convergencia y declarar que el linaje de la Oscuridad se ha extinguido. Dirá que su Legado no es válido y con ello el futuro trono quedará vacío porque usted no es más que un error de sucesión. No solo la está hundiendo a usted: está borrando nuestro Dominio del mapa.

—¡¿Qué?! —el aire se me escapa. Me siento pequeña, una usurpadora—. Entonces no iré.

—Debes ir —sentencia una voz a mis espaldas.

Me giro bruscamente. Aelis está en el umbral, con un paso ligero reduce la distancia y se interpone entre Erdon y yo. Su expresión es una tormenta contenida.

—Es una trampa —gruñe Erdon, dando un paso hacia él—. Vesperia está tratando de exponerla ante una fuerza que no podemos controlar. ¡No permitiré que la expongan así!

Aelis ignora la advertencia de Erdon. Se acerca a mí, obligándome a sostenerle la mirada.

—Vesperia cree manejar los hilos, pero se olvida de un detalle —Aelis baja la voz, cargándola de una gravedad que me eriza la piel—. Tus hermanos murieron, Nyxenya. Ambos. Los pilares que todos creían inamovibles se derrumbaron. ¿Qué probabilidades había de que la tercera en la línea, la que nadie miraba, acabara tomando el mando? Pocas. Ninguna. Y, sin embargo, aquí estás.

—Aelis —le corto y mi voz es un susurro quebrado—. Si ni siquiera he empezado con la primera prueba y ya fallo ante las Auralias…, no solo pongo en riesgo mi nombre; es la supervivencia de mi gente lo que está en juego. No soy digna de mi Dominio. No fui elegida, solo soy lo que quedó después de la tragedia. Y mi poder…, mi poder no es una bendición, es una oscuridad que solo trata de devorarme.

Aelis se agacha lo suficiente para plantar su rostro a escasos centímetros del mío. De repente, el aire denso y salino desaparece; solo queda una brisa pura, fría y reconfortante que me envuelve como un escudo.

—Escúchame —murmura, y su aliento roza mis labios—. Vesperia se aferra a los viejos libros que dicen que las Auralias solo responden a lo "legítimo". Espera dejarte en evidencia porque cree que eres una pieza que no encaja en este puzzle y con ello terminarlo todo incluso antes de empezar. Tienes un poder que nunca se ha visto en esa gruta. No vayas allí a pedir permiso. Ve allí a demostrarles que las sombras también tienen derecho a existir bajo el mar.

Me sostiene la mirada hasta que el pánico en mi pecho empieza a convertirse en algo parecido a la rabia. Una rabia fría y necesaria.

—¡No es tan sencillo! —interviene Erdon, dando un paso al frente—. Exponerla a un rechazo frente al resto de los Legados es lo opuesto a todo lo que he estado intentando desde que esto comenzó. Si fallamos aquí, ¿cómo se supone que la presentaré ante la primera prueba real?

Aelis se endereza lentamente, rompiendo el espacio de intimidad que habíamos creado, pero sin apartar su presencia de la mía. Se gira hacia Erdon con una calma que corta cualquier réplica.

—Te entiendo. Sé que buscas protegerla, Erdon —dice Aelis, y su voz suena como el viento justo antes de la tempestad—. Pero esconderla de esta realidad solo acabará por asfixiarla. ¿Qué planeas hacer si os retiráis ahora? ¿Cómo vas a explicarle a su padre que regresáis a la Oscuridad antes siquiera de empezar? ¿Le dirás que el Legado huyó porque tenía miedo de un ritual que ni siquiera es obligatorio para la Convergencia?

Erdon abre la boca para protestar, pero Aelis le corta con un gesto tajante.

—Su única obligación ante la Convergencia es superar las pruebas. Todo lo demás son inventos de cada Dominio para marcar territorio y poder. Pero —Aelis se vuelve para mirarme—, si ella no baja a esa gruta, Vesperia habrá ganado sin mover un dedo.

—Habrá demostrado que la Oscuridad tiene miedo —susurro.

Erdon guarda silencio, apretando la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se tensan. Sabe que Aelis tiene razón. No hemos venido hasta el Dominio del Mar para escondernos en una habitación dispuesta perfectamente para deslumbrarnos con su majestuosidad.

—Su poder aún no está controlado… Eso puede perjudicarla —insiste Erdon en un último intento.

—Deja de tratarla como a una superviviente de la tragedia y empieza a tratarla como lo que es: la Legado que ha venido a reclamar su lugar —concluye Aelis, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza.

Trago saliva. No me siento como un Legado, ni siento que este sea mi lugar. Pero las palabras de Vesperia en la cena «impuesta, no legítima» se han quedado grabadas en mi mente. Siento cómo esa rabia fría termina por asentarse en mi estómago; no me quita el miedo, pero si me hace cambiar de dirección.




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