Acaricio con la yema de mis dedos el centro de mi palma, justo donde la Auralia se posó. Aún puedo sentir su vibración eléctrica bajo mi piel. Cierro los ojos y, por un instante, regreso a la gruta. Solo ha pasado una hora, pero el recuerdo me recorre la columna como un escalofrío. A pesar del silencio de mi habitación, todavía oigo el zumbido de las Auralias girándose hacia mí en una cascada frenética.
¿Por qué? En qué momento pasé de ser un estorbo invisible a convertirme en su centro de gravedad.
Tras el estallido, el resto de Legados se arremolinaron a mi alrededor, rompiendo toda distancia. Murmuraban asombrados cómo todo se había transformado en cuestión de segundos y me lanzaban preguntas sobre mi poder que ni yo misma sabía responder; pero apenas podía escucharlos a través del ruido de mis propios latidos. Busqué a Vesperia con la mirada, ansiando ver su derrota, pero ella y sus hijos ya se habían marchado sin decir ni una sola palabra. Se habían esfumado como si mi victoria fuera algo que no quisieran reconocer.
Al salir, Erdon me esperaba con una palidez cadavérica. Fue Aelis quien, con un apretón firme en su hombro, le obligó a soltar el aire que contenía antes de explicarle lo ocurrido mientras ambos me escoltaban de vuelta. Pero Erdon no me felicitó. En sus ojos no había orgullo, sino el mismo temor que vi en el rostro de la Guardiana; el mismo horror que escuché en los jadeos cuando mi oscuridad me devoró. Su silencio me hizo dudar de si realmente había ganado algo…, o si, por el contrario, cavé mi propia tumba.
Una vez en la habitación, mientras aguardábamos a que Ceryn trajera ropa limpia, Erdon se acercó a mí. Su voz fue tan solo un susurro cargado de una advertencia que me heló la sangre:
—Tenga cuidado con el Legado del Viento, señorita.
No tuve tiempo a exigirle una explicación. La puerta se abrió de golpe y Ceryn entró con un grito de victoria, su sonrisa rompiendo la atmósfera fúnebre que Erdon había instalado. En cuanto él nos dejó solas, olvidé los títulos, el linaje y el decoro. Me lancé a sus brazos en un abrazo desesperado, saltándome cualquier protocolo que dictara la distancia entre nosotras. Me aferré a ella, hundiendo el rostro en su hombro mientras luchaba por controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
Ceryn se marchó poco después, tras insistir en que debía descansar y dejarme una bandeja de frutas que apenas he rozado. Desde que cerró la puerta y me quedé a solas, el silencio se ha convertido en un interrogatorio abrumador.
Camino descalza por la habitación, sintiendo los cristales de pleamar frío bajo mis pies, intentando ordenar el caos de mi mente. ¿Por qué las Auralias cambiaron de rumbo? ¿Fue mi poder lo que las llamó, o fui yo? ¿Es posible qué detectaran mi desesperación y se compadecieran de mí? La idea de que todo hubiera sucedido por simple casualidad me parece un insulto a la violencia con la que me reclamaban. Durante un instante pasé de ser alguien insignificante a recibir su reconocimiento más puro. Entonces, ¿por qué me sigo sintiendo una farsante? ¿Por qué hasta Erdon, lejos de celebrar, parece horrorizado?
Aún así, lo que no para de removerse en lo más profundo de mí es la certeza de Aelis.
«No vayas allí a pedir permiso. Ve allí a demostrarles que las sombras también tienen derecho a existir». Su convicción ahora me resulta aterradora, ¿cómo sabía lo que ocurriría? ¿Qué seguridad real tenía sobre el resultado? A diferencia del resto, no había asombro en su rostro cuando todo ocurrió, ni rastro de miedo.
Las advertencias de Erdon chocan contra los recuerdos de Aelis con una fuerza estremecedora. «Tenga cuidado con el Legado del Viento». Erdon ha dedicado sus días a protegerme y a enseñarme, conoce los límites de mi linaje, y sin embargo, su rostro vacilaba entre el terror y algo que aún no sé cómo nombrar.
¿Qué sabe él que yo ignoro? ¿Es posible que Erdon tenga razón? ¿Es esta cercanía una estrategia? ¿Son sus palabras de aliento el cebo para que yo desate una fuerza que acabe por consumirme a mí y a mi Dominio?
Tomo aire, sintiendo el peso de mis pensamientos como una punzada palpitante en mi pecho. Justo cuando siento que me ahogo en mis propias dudas, un sonido rompe mi aislamiento. Tres golpes suaves, pausados. Tres golpes que logran atravesar la barrera de mi paranoia.
Me giro hacia la puerta. Mi corazón late en mis sienes y mi respiración es apenas un hilo entrecortado. Con un susurro quebrado digo:
—Adelante.
La puerta se desliza con un siseo casi inaudible. Aelis se adentra en mi habitación con una parsimonia que me obliga a retroceder un paso a pesar de sentir mis pies clavados al suelo.
—¿Cómo estás? —su voz es baja, serena.
Me quedo desconcertada. Esperaba que trajera noticias sobre el resto de los Legados, sobre la furia de la Guardiana o, al menos, preguntas sobre cómo logré someter a las Auralias. Pero él solo mantiene su atención anclada a mi rostro.
—¿Cómo estoy? —repito, con un hilo de voz—. A pesar de todo lo que ha pasado allí abajo, ¿es lo único que vas a preguntarme?
Aelis acorta la distancia. Se detiene tan cerca que el calor que emana de su cuerpo me golpea como una ráfaga de aire cálido en medio de la brisa salada que me estruja la piel.
—¿Hay algo más que importe ahora mismo? —dice.
#2683 en Fantasía
#1031 en Personajes sobrenaturales
enemies to lovers, romance y fantasía oscura, secretos y magia
Editado: 28.08.2026