Fragmentos de oscuridad

Capítulo 27

El tintineo de las copas resuena en mis oídos como cristales rompiéndose contra el suelo, y el chocar rítmico de la cubertería me provoca un estremecimiento que nace en la base de la nuca. Miro el plato frente a mí —un pescado blanco flanqueado por una variedad de algas marinas— el olor a mar, antes ya familiar, ahora me revuelve el estómago. Intento controlar la náusea y la angustia que escala por mi garganta, apretando el tenedor con tanta fuerza que los nudillos me duelen. Solo necesito mantener la compostura un momento más.

Las charlas de los otros Legados me llegan como murmullos lejanos, distorsionados, como si nos separara un muro de cristal grueso. No sé cuánto tiempo llevo sentada en esta silla, fingiendo que respiro, esperando que el agua —esa que ya no está en mis pulmones pero que siento presente en cada espasmo— me deje probar bocado. Cada vez que trago, mi garganta se siente como papel de lija, un recordatorio abrasador de que hace apenas unas horas estuve a punto de morir.

Bajo el mantel, poso la mirada en mi muñeca. Las marcas de los dedos de Aelis han empezado a oscurecerse, un tatuaje violáceo que delata la violencia con la que me arrancó de las garras del estanque.

Ceryn palideció en cuanto crucé el umbral de la habitación. Recuerdo que sus manos temblaban mientras me envolvía en toallas, secándome con una urgencia que rozaba el pánico, hasta que se paralizó al descubrir el hematoma en mi muñeca. Erdon no podía estarse quieto; caminaba de un lado a otro, con el rostro desencajado por una rabia contenida que me asustaba más que el propio incidente. Maldecía al Dominio del Mar, a Vesperia y a su propia impotencia. Ceryn suplicaba una explicación, pero Erdon era incapaz de articular una frase coherente sin romperse de furia.

Entonces, Aelis entró.

Lo hizo sin avisar, como si las puertas no existieran para él. Pero esta vez Erdon no retrocedió. Se interpuso en su camino, impidiéndole dar un solo paso más en mi dirección. Lo echó con una voz que no le conocía, alegando que necesitaba tiempo. Sinceramente, creo que era Erdon quien necesitaba ese tiempo para procesar que casi me había perdido bajo su guardia.

Trago saliva lentamente, pero el dolor vuelve a rasparme con una crueldad que hace preguntarme si este sufrimiento es lo que el destino cree que merezco.

Ceryn me preparó un baño caliente. Lejos de calmarme, la visión de la bañera llenándose me provocó un horror primario. Me vi cubierta de agua nuevamente, atrapada. Pero ella, con una delicadeza infinita, me frotó el cuerpo mientras me contaba historias de doncellas del mar que había escuchado en las cocinas. No recuerdo ni una sola de sus palabras; para mí era solo un parloteo incesante que duró los cinco minutos que aguanté sumergida. Sé que su única intención era traerme de vuelta al presente, evitar que siguiera ahogándome en mis propios recuerdos.

Pero no funcionó.

Ni tampoco funciona ahora, aquí sentada, rodeada de rostros que fingen normalidad cuando apenas hace unas horas corrieron hacia mí cuando salí del agua, angustiados por mi estado.

El roce del brazo de Iriel contra el mío me devuelve a la realidad por un segundo; es un pequeño impacto térmico que me obliga a mirarla. Ella alza su tenedor, haciéndome una señal silenciosa para que pruebe bocado, con una lástima en los ojos que me revuelve las entrañas. Asiento con un gesto mecánico y regreso la vista al plato. El olor a mar asciende de nuevo, denso y aceitoso, envolviéndome. Siento la náusea subir, agria y violenta.

Cierro los ojos para no vomitar. Y empiezo a contar.

Uno. Dos. El prado se alza ante mi. Brillante. Imagino a Draeven sonriendo, su figura recortada contra un sol que me deslumbra.

Tres. Zayron está a su lado, haciéndome un gesto para que me acerque.

Cuatro. Respiro hondo, obligando al aire a bajar por mi tráquea lacerada, ignorando el dolor que me desgarra. Les sonrío, asustada, pero verlos es encontrar un resquicio ante mi realidad.

Cinco. Seis. Me devuelven la sonrisa con ese amor puro que me atraviesa el alma.

Siete. Ocho. Intento dar un paso hacia ellos, pero mis pies pesan como si estuvieran hechos de plomo. Ellos me miran, todavía sonriendo, pero sus manos hacen un gesto rítmico como si me indicaran que cogiese aire.

Nueve.

—Nyxenya.

La voz de Aelis no llega desde el comedor. Se cuela por las rendijas de mi mente, rebasando la imagen de mis hermanos, borrando el prado, borrándolo todo. No es un sonido; es un escalofrío que recorre mi espina dorsal desde adentro. Se siente como el hielo derritiéndose sobre mi cerebro, una caricia íntima y prohibida que huele a tormenta y peligro.

Abro los ojos de golpe. Aelis está sentado a unos metros, pero su mirada está clavada en la mía con una fijeza depredadora. Su rostro es una máscara indescifrable, pero en sus ojos baila algo que no sé descifrar. ¿Preocupación? ¿Miedo? ¿O el morbo de quien observa cómo un cristal termina de estallar?

—Hadal, no puedo dejar de preguntarme una cosa —la voz de Urok rompe la burbuja de cristal en la que Aelis me tiene atrapada. Todos nos volvemos hacia él; el sonido de los cubiertos se detiene con una sincronización espeluznante—. ¿Dónde estabas tú cuando el estanque decidió tragarse a Nyxenya?

Hadal no deja de comer. Corta un trozo de pescado con una precisión quirúrgica, sus movimientos son fluidos, inhumanos.




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