El descenso hacia la costa para nuestro tercer día de prácticas lo realizamos en un silencio absoluto; cualquier palabra resulta un insulto para lo que nuestros ojos contemplan con cada paso que avanzamos. El Dominio del Mar alberga tal cantidad de paisajes hipnóticos que es difícil no sentirse sobrepasado. Supongo que esa es la estrategia del océano: engañar a la vista, engatusar al intruso con una belleza irreal hasta que estás lo suficientemente cerca para que te atrape.
El trayecto hacia nuestro nuevo destino lo realizamos a bordo de las esbeltas embarcaciones que ya se han convertido en nuestra rutina diaria para alcanzar los lugares de entrenamiento. Nuestro alojamiento temporal se alza sobre uno de los pequeños islotes que salpican el centro de la gran ría, un enclave estratégicamente distanciado de las orillas donde se asientan los portagemas. Según afirman nuestros anfitriones, este aislamiento garantiza nuestra protección, una cortesía diplomática que no logra camuflar la evidente barrera de estatus que separa los espacios de los Custodios del resto de la gente. Esta vez, tras desembarcar, dejamos atrás los muelles y nos adentramos en un sinuoso sendero de roca grisácea, impregnado de un intenso olor a salitre y a piedra antigua, que nos dirige hacia un rincón que parece suspendido en el tiempo.
Es una gruta inmensa, una estructura revestida de sílica opalina, donde miles de formaciones de coral petrificado y relucientes escamas de marea penden de las bóvedas como lanzas nacaradas. El agua del océano se filtra en este santuario con una delicadeza asombrosa, formando lagunas de una quietud irreal que capturan y reflejan los tenues haces de luz que entra por las grietas superiores. Todo en este lugar respira una paz absoluta; sin embargo, me resulta prácticamente imposible relajarme, mi propio instinto me insta a buscar una amenaza que intuyo escondida bajo el engañoso brillo de las aguas.
Siento a Aelis mucho antes de que se acerque. Se ha vuelto una costumbre dolorosa reconocer el cambio en la densidad del aire, el rastro de tormenta que lo envuelve incluso antes de que él me alcance. Su presencia me atrae con demasiada fuerza; es un refugio que mi parte más rota grita por aceptar.
—Nyxenya —murmura. Su voz tiene esa nota de preocupación que ayer me habría servido de ancla, pero hoy me suena a advertencia—. No hemos podido hablar de lo que ocurrió…
Me detengo en seco. Me obligo a girarme para mirarlo de frente, aunque el corazón se me detiene en el acto. Sus ojos se clavan en los míos, fijos, intensos, como si estuviera buscando cada una de mis grietas no para romperme, sino para intentar sellarlas.
Una parte de mí se muere por dar un paso hacia él, por confesarle el miedo que siento y todo lo que me aterra. Pero la sospecha que gira en mi mente me produce unas punzadas de dolor que me obligan a alejarme. No estoy preparada para enfrentar la respuesta a cada una de las preguntas que emergen a cada hora de mi día a día, y el miedo a estrellarme contra una realidad en la que él sea mi mayor enemigo me paraliza más que el propio océano.
—Aelis —le corto. Mi voz suena firme, una fachada de acero que oculta el temblor que amenaza con delatarme—. Ahora no. Necesito concentrarme en esta práctica.
Sus ojos se ensombrecen. ¿Están heridos? ¿O quizá sólo sorprendidos por mi resistencia? Lo veo tragar saliva lentamente y morderse el labio, conteniendo una réplica que sé que le quema en la garganta. Al final, asiente levemente y con la misma rapidez con la que apareció, avanza y me rebasa, caminando con esa elegancia insultante que parece reclamar cada centímetro de suelo que pisa.
Siento que una parte de mí se va con él. Quiero gritarle que se quede, quiero exigirle las respuestas que me están volviendo loca, pero no puedo permitírmelo. No hoy.
Cuando Aelis está cerca, siento que el mundo gira según su voluntad; él controla el aire, controla el peligro, controla mi propio pulso. Y por primera vez, necesito ser yo quien tome el mando. Del Dominio, del Mar, de los que me observan…, y sobre todo, de mí misma.
Varian nos espera en la arena blanca, tan fina que parece polvo de hueso. A su lado, Erdon permanece inmóvil. Su rigidez es absoluta. En cuanto me ve, me dedica una ligera inclinación de cabeza; un gesto tan automático que algo en mi interior se estremece.
Desde que desembarcamos en el Dominio del Mar, el abismo entre nosotros no ha hecho más que crecer. Las pocas veces que ha roto su silencio han sido para instruirme: a qué debo temer, a quién debo escuchar, cómo debo actuar para cumplir con las expectativas de un Legado. Se ha limitado a ser un maestro, olvidando que antes de ser su alumna era la persona que confiaba en él. Me duele su hermetismo, me hiere que no me dé las explicaciones que mis ojos le suplican, pero yo tampoco soy lo suficientemente valiente para exigirlas. No ahora. No hoy.
Nos situamos frente a ellos en un semicírculo. Hadal forma parte de la fila, tan silenciosa como una tumba. No nos mira ni nos saluda; desde que los obligué a callar en aquella cena, su presencia se ha vuelto una energía pesada.
—Legados, como podéis comprobar, estamos en un entorno diferente. Semiabierto. Amplio —la voz de Varian se eleva, rebotando en las paredes de la gruta—. En la práctica de hoy no estaréis solos. Las criaturas del mar os acompañarán a las profundidades. No las temáis; ellas os enseñarán a nadar en el abismo, a sostener el aliento lo suficiente para que vuestros ojos soporten lo que se oculta bajo la superficie.
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Editado: 25.09.2026