Fragmentos de oscuridad

Capítulo 29

Pierdo la noción del tiempo sumergida entre bosques de corales vivos que parecen pulmones palpitantes y miles de especies de peces que trazan estelas de doradas a nuestro alrededor. El fondo del océano no es un desierto azul; es otra ciudad, una metrópolis de cristal y roca viva mucho más bella y sobrecogedora que cualquier cosa que haya visto en la superficie.

Al descender, la arquitectura se revela ante nosotros. Avistamos a los otros Legados, pequeñas figuras que nadan hacia las profundidades. Pasamos junto a escalinatas infinitas talladas en roca y coral, custodiadas por figuras femeninas de piedra cuyos ojos de perla parecen seguirnos al pasar. No son sirenas, son criaturas diferentes a la que me acompaña.

Mi guía me conduce hacia el corazón de la ciudad sumergida. Allí, la luz de la superficie ya no llega. Sin embargo, el lugar resplandece con una luminosidad propia.

Ante mis ojos se alza un trono colosal, tallado en una única pieza de cristal de pleamar que refleja unos tonos que aquí en la profundidad parecieran diferentes. Sin duda, es el centro de poder desde donde se gobiernan las mareas. A su alrededor, dispuestas en un círculo sagrado, descansan plataformas que parecen medusas de luz congeladas. Es el lugar de reunión de las criaturas más poderosas, un cónclave donde se decide el destino de las corrientes.

Entonces, la criatura me toma de ambas manos. Flotamos en ese anfiteatro de coral mientras sus crestas parpadean con una luminiscencia rítmica. Con una reverencia que parece una plegaria, estira sus dedos hacia mis sienes.

La metrópolis submarina se desvanece. La penumbra azul a la que mis ojos se habían acostumbrado se transforma en un sol cegador que me obliga a protegerme el rostro de golpe.

Parpadeo, aturdida. El peso del agua ha desaparecido. Ya no hay corrientes, sino una brisa suave que arrastra el canto de los pájaros y el susurro de la hierba. Miro mis pies: el lecho marino ha sido reemplazado por un verde tan vivo que duele. El aire es dulce, cálido, real. ¿Cómo es posible?

—Nyxenya…

Esa voz. Mi nombre en su boca me hace estremecer. Mis ojos se inundan de lágrimas antes incluso de que mi cerebro procese quién me llama.

Me giro de golpe. Zayron está allí, apoyado en el tronco de un árbol enorme. Me sonríe, radiante, cargado de una vida que creía perdida para siempre. Me quedo paralizada, con el aire atascado en la garganta.

—¿Nyxenya? —esta vez es la voz de Draeven.

Un cuerpo emerge de la hierba, frotándose los ojos como si acabara de despertar de una siesta bajo el sol. Cuando su mirada se cruza con la mía, me sonríe con esa picardía eterna que solía sacarme de quicio.

Doy un paso, esperando que mis pies pesen como el plomo, que el hechizo se rompa al moverme. Pero mi cuerpo es ligero. No espero más. No dejo transcurrir ni un segundo y salgo corriendo hacia ellos. Corro de una manera desesperada, sollozando a cada zancada, con el pecho ardiendo de una esperanza que me desgarra.

Ellos ríen, confundidos por mi desesperación, como si no hubiera pasado un solo día desde la última vez. Me estampo contra el pecho de Zayron. Su abrazo me cala hasta los huesos; es un calor sólido, una protección que tantas veces me salvó cuando el mundo era demasiado duro. Me aferro a él con una fuerza que no sabía que conservaba, hundiendo mi rostro en su pecho, llorando sin consuelo mientras su mano acaricia mi espalda con una lentitud que me quiebra y me repara al mismo tiempo.

—Estoy aquí, mi Nyxenya —susurra contra mi pelo.

Siento otro cuerpo pegarse a mi espalda. Draeven nos rodea a ambos, aplastándome en un abrazo a tres. En otra vida me habría quejado de sus bromas, pero ahora lloro con más fuerza, suplicando en silencio que esto no sea un espejismo, que el tiempo se detenga aquí.

—Tranquila, Nyxenya —murmura Draeven, besando mi cabeza.

—No estás sola — Zayron me obliga a levantar la cara. Sus facciones masculinas, esos ojos oscuros como las tinieblas que tanto se parecen a los míos, me atrapan—. ¿Ves? Estamos aquí.

—Así es… —añade Draeven, acariciando mi rostro para secar las lágrimas incesantes. Su pelo negro y despeinado cae sobre su frente, y el gesto me arranca una sonrisa rota—. Siempre. Sea de la manera en la que sea. No te vas a librar de nosotros tan fácilmente.

Cierro los ojos, aspirando sus aromas, grabando el calor que desprenden en mi piel para que nunca se borre. Me dejo acunar por ellos, pero entonces… Mi cuerpo empieza a vibrar.

Primero es una simple sacudida. Luego, mi cuerpo se zarandea con violencia. Draeven me acaricia la garganta con una delicadeza exquisita mientras besa mi mejilla, pero su tacto empieza a volverse extraño. Zayron agarra mis antebrazos para sostenerme, pero su roce ahora me quema, me abrasa la piel.

Él me atrae hacia sí una última vez, dándome un beso en la frente. Apoyo la cabeza en su pecho por un segundo eterno, buscando el latido de su corazón, pero un espasmo mucho más violento me arranca de su lado.

Abro los ojos de golpe.

El mundo se ha vuelto oscuro. No hay rastro de mis hermanos, ni del prado, ni del calor que sus cuerpos emanaban. El frío me golpea con la fuerza de un mazo. Me ahogo. El pánico se apodera de mis pulmones, pero antes de que pueda sucumbir, siento que algo me arrastra hasta la superficie a una velocidad sobrehumana. Es Aelis. Tiene un brazo rodeando mi pecho, sujetándome con una determinación feroz mientras nada hacia la luz. Intento zafarme de él, golpeo su costado, trato de hundirme de nuevo en ese abismo que hace un segundo era mi hogar, pero es inútil. Rebusco en mi interior y, aunque siento mi poder vibrar, este se niega a atacar; es como si la propia oscuridad supiera que Aelis no es el peligro, sino el rescate que yo no quiero aceptar.




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