Fragmentos del alma

Injusticia.

En la oficina del rector...

Gabriel estaba sentado en una silla demasiado grande para él. Sus pies no tocaban el suelo, y sus manos sudaban mientras las apretaba sobre sus rodillas. A su lado, su padre, Ricardo, mantenía el rostro tenso, la mandíbula apretada. Frente a ellos, Kevin estaba recostado en la silla con una postura relajada, como si todo esto fuera una molestia menor en su día. A su lado, su padre, Adrián Guzmán, tenía los brazos cruzados, con una expresión de absoluta confianza.

El rector, un hombre calvo con gafas que parecían demasiado pequeñas para su rostro, los observaba con gesto serio. Entre sus dedos jugaba con un bolígrafo, golpeándolo suavemente contra el escritorio.

—Muy bien, quiero escuchar ambas versiones —dijo con voz pausada.

Gabriel abrió la boca, pero Kevin se adelantó, hablando con mucha seguridad.

—Fue Gabriel, señor rector. Me hizo tropezar y luego se burló de mí. No quise hacerle daño, pero me defendí —Kevin suspiró, bajando la mirada con un aire de falsa culpabilidad—. No quería que las cosas se salieran de control, pero él no dejaba de provocarme.

Gabriel sintió que el aire se volvía más pesado.

—¡Eso no es cierto! —exclamó, levantándose de su asiento—. ¡Él solo me ataco porque no quise pasarle mi tarea de matemáticas! ¡Yo no hice nada!

—¿Nada? —interrumpió Adrián Guzmán con una sonrisa burlona—. ¿Nada? Rector, mi hijo es un estudiante ejemplar, con excelentes calificaciones. Mientras tanto, este niño —dijo, mirando a Gabriel con desprecio— llega de la nada y en cuestión de semanas ya está causando problemas, además su acusación es falsa pues mi hijo ya había hecho su tarea de matemáticas.

—Gabriel aquí hay una prueba a favor de Kevin— Expreso el rector

El corazón de Gabriel se hundió. Su cabeza giró hacia Kevin, quien sonreía con satisfacción.

—Eso no prueba nada… —intentó decir, pero la voz de su padre lo interrumpió.

—Señor rector, mi hijo nunca ha sido un problemático. Siempre ha sacado buenas calificaciones, siempre ha sido respetuoso —Ricardo hablaba con firmeza, pero había ira en su tono—. No entiendo por qué su testimonio vale menos que el de mi hijo.

—No estamos aquí para discutir, señor Jiménez —dijo el rector con calma, pero con un tono que dejaba claro que la conversación ya estaba decidida—. Lo que importa es lo que tenemos en frente. Y lo que veo es que Gabriel ha estado en el centro de este problema.

El pecho de Gabriel ardía de impotencia. Miró a su padre, que apretaba los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Miró a Kevin, que sonreía levemente. Y miró al rector, que lo veía como si fuera solo un problema que debía solucionar rápidamente.

—Por lo tanto —continuó el rector—, Kevin será suspendido por una semana. Pero Gabriel… tú también tendrás una sanción. No podrás asistir a la escuela durante dos días y deberás acudir a sesiones con el psicólogo de la institución para reflexionar sobre tu comportamiento.

Un silencio pesado llenó la habitación. Gabriel sintió un nudo en la garganta, pero no se atrevió a hablar. Sabía que cualquier palabra solo empeoraría la situación.

Ricardo se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—Esto es una injusticia —dijo en voz baja, pero con una furia contenida—. No permitiré que mi hijo cargue con un castigo por algo que no hizo.

El rector se encogió de hombros.
—Es la mejor solución para todos.

Gabriel bajó la cabeza. Sabía que su padre quería luchar por él, pero también sabía que no importaba lo que dijera o hiciera, el castigo estaba decidido desde el momento en que entró en esa oficina.

Y lo peor de todo es que Kevin lo sabía también.

Cuando salieron de la oficina, Gabriel sintió los ojos de Kevin sobre él. Justo antes de salir por la puerta, escuchó su susurro burlón:

—Te dije que no pasaría nada.

Y en ese momento algo dentro de Gabriel se fracturó, la confianza en sus maestros para cuidarlo y defenderlo le pagaron con injusticia.

El camino a casa se hizo más largo que de costumbre, Ricardo soltaba maldiciones por lo bajo tratando de contenerse y no asustar a su hijo.

Al llegar a casa no pudo soportar más ese sentimiento y estalló
—¡Esto es demasiado injusto — señaló claramente enojado
—Calma cariño
La madre de Gabriel intento calmar a su esposo quien aun no podía creer lo que había sucedido.
—Soy un pésimo padre — exclamó
—No lo eres. Todos pasamos por injusticias
—Pero Laura…
La madre lo abrazo para evitar que su ira se acrecentará.
—Hijo — se arrodilló para estar a la altura de su hijo — te cambiaremos de escuela, jamás admitiremos está injusticia.
Gabriel abrió sus ojos como platos y de inmediato se negó.
—¡No! — su corazón se sentía como martillazos en su pecho — hice amigos… pero sobretodo no quiero huir.
Los ojos del pequeño demostraban algo de valor un valor que quizás le costaría muy caro.

Mientras tanto, en casa de Kevin…

El sonido seco del cinturón cortaba el aire antes de golpear la espalda de Kevin. Adrián, su padre, ejecutaba cada azote con precisión, contando en voz alta, un golpe por cada día de su suspensión

—Uno… Dos… Tres…

Kevin no emitía un solo sonido. Había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas solo prolongaban el castigo. Se mantenía firme, los puños apretados, la respiración contenida.

Cuando el último golpe cayó, Adrián dejó el cinturón sobre la mesa y observó a su hijo con una mezcla de aprobación y severidad.

—Eso es —murmuró—. Los débiles lloran, los fuertes resisten.

Kevin asintió, con la mirada fija en el suelo.

—Ahora, escúchame bien —continuó su padre, inclinándose hacia él—. Si alguna vez haces algo que está mal… asegúrate de no ser atrapado.

Su tono era frío, calculador, casi pedagógico. Kevin alzó la vista y asintió lentamente.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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