Fragmentos del alma

Océano profundo

Gabriel se despertó en un charco de agua, en un lugar que no conocía. La oscuridad lo envolvía, y apenas lograba distinguir su entorno.

—¿Dónde estoy? —susurró, sintiendo cómo la humedad le calaba la piel—. ¿Qué es este lugar?

Empezó a caminar, con el agua fría cubriéndole los tobillos. Sus pasos resonaban en el ambiente silencioso. Estaba desorientado y asustado. A lo lejos, una puerta solitaria llamó su atención. Se aferró a la esperanza de que esa puerta fuera la salida y corrió hacia ella.

Al llegar, intentó abrirla, pero no se movió.

—¡Papá! ¡Mamá! —gritó con todas sus fuerzas—. ¿Dónde están?

—Deja de gritar, enano —una voz misteriosa rompió el silencio—, o vas a despertar a todos.

Gabriel se giró bruscamente, su corazón latiendo con fuerza.

—¿Quién es? —preguntó con cautela—. Estoy perdido, ¿puede ayudarme a salir?

De entre las sombras, una figura emergió lentamente.

—Solo debes abrir esa puerta —dijo con voz firme—. Una vez la abras, volverás.

Gabriel frunció el ceño y volvió a intentar abrirla. Empujó con todas sus fuerzas, pero la puerta seguía sin ceder.

—No puedo abrirla —dijo, frustrado—. Está atascada.

El extraño soltó un suspiro, como si estuviera lidiando con un niño que no entendía algo muy obvio.

—No lo está —respondió con calma—. Solo eres demasiado débil.

Gabriel bajó la mirada, sintiéndose pequeño ante esas palabras.

—Solo tengo 8 años y no soy tan fuerte —murmuró—. ¿Puede ayudarme a abrirla, señor?

El extraño soltó una risa breve, algo divertida.

—¿Señor? —repitió, arqueando una ceja—. No soy tan mayor, enano.

A medida que se acercaba, su silueta se hizo más clara. Era un muchacho alto, de contextura fuerte, pero lo que más impactó a Gabriel fue su rostro. Era idéntico al suyo.

Gabriel se quedó boquiabierto, sin saber qué decir.

—¿Acaso tengo algo extraño? —preguntó el muchacho, cruzándose de brazos.

—No, señor… digo… no —se corrigió rápidamente—. Es solo que… se parece mucho a mí.

El chico rodó los ojos.

—Ya te dije que no soy un señor —gruñó, aunque sin enojo real—. Solo tengo 13 años. Es una tonta coincidencia.

Gabriel inclinó la cabeza con curiosidad.

—¿Seguro? Se ve un poco mayor… —dijo sin mala intención.

El otro suspiró y se pasó la mano por el cabello, como si estuviera perdiendo la paciencia, pero al mismo tiempo parecía divertido.

—Bueno, gracias por hacerme sentir un abuelo —bromeó con un toque de sarcasmo—. ¿Cómo te llamas, enano?

—Soy Gabriel —respondió con una pequeña sonrisa—. Un gusto.

El chico lo miró por un momento y luego asintió.

—Dylan —dijo, rascándose la nuca—. Supongo que también es un gusto conocerte.

Hubo un breve silencio antes de que Dylan hablara otra vez.

—Mira, enano, no deberías confiar en extraños tan fácil. ¿Acaso no te enseñaron eso tus padres? —dijo con un tono más serio—. Podría aprovecharme de ti.

Gabriel lo observó con atención y luego sonrió con suavidad.

—No pareces malo —dijo con sinceridad—. Me has intentado ayudar.

Dylan chasqueó la lengua y desvió la mirada, como si le incomodara la respuesta.

—Haces que suene como si fuera buena persona —murmuró, aunque sin ocultar cierta diversión en su voz.

Entonces, sin más, se acercó a la puerta y la empujó con facilidad, como si nunca hubiera estado trabada.

—Ahí tienes, enano —dijo con una media sonrisa—. Sal de aquí antes de que cambie de opinión.

Gabriel lo miró con asombro.

—¡Gracias, Dylan! —dijo con entusiasmo.

Dylan apartó la mirada con un leve sonrojo.

—Bah, no es para tanto…

Antes de cruzar la puerta, Gabriel se giró una última vez.

—¿Puedo saber por qué me ayudaste?

Dylan guardó silencio por un momento, su expresión se volvió un poco más seria.

—No sé… Supongo que me recuerdas a alguien.

—¿A quién?

Dylan sonrió con tristeza.

—A mí mismo, hace unos años.

Gabriel sintió un nudo en el estómago ante esa respuesta.

—Entonces… ¿nos volveremos a ver?

Dylan le sostuvo la mirada por un momento antes de hablar.

—No lo sé, enano —dijo, dándole una palmada en la cabeza—. Pero si alguna vez lo hacemos… espero que ya no seas tan debilucho.

Gabriel rió suavemente.

—Lo intentaré.

—Más te vale.

Con una última sonrisa, Gabriel cruzó la puerta. Sus ojos se abrieron de golpe. La luz de la mañana iluminaba su habitación.

Se quedó quieto por un momento, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

—Fue un sueño… —pensó, llevando una mano a su pecho.

La voz de su madre interrumpió sus pensamientos.

—Cariño, debes alistarte para la escuela antes de que se te haga tarde —dijo mientras entraba en la habitación—. Toma un baño y baja a desayunar.

Gabriel parpadeó un par de veces antes de asentir.

—Sí, mamá. Iré enseguida.

Se levantó con rapidez, pero antes de ir al baño, su mente volvió al sueño.

Dylan…

¿Por qué sentía que ese nombre era importante?

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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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