Fragmentos del alma

El infierno

Volvieron las clases… y con ellas, el infierno.

Kevin no solo seguía abusando de Gabriel, sino que había encontrado una nueva forma de hacerlo sin ensuciarse las manos: esparciendo rumores. Mentiras crueles sobre él y Aura se esparcieron rápidamente por la escuela, y con el paso de las semanas, el daño fue irreversible.

Uno a uno, sus compañeros comenzaron a alejarse. Las risas compartidas desaparecieron, las miradas amistosas se volvieron frías, y los grupos en los que alguna vez encajó dejaron de contar con él.

Ahora, solo le quedaba Aura, pero ese día ella no había ido a clases. Una simple gripe lo había dejado completamente solo.

La profesora organizó una actividad en el aula, colocando las sillas en círculo para hacer un rondo. Gabriel, sin darse cuenta, quedó atrapado en la peor posición posible: una esquina rodeada por Kevin y su grupo de amigos.

Desde el primer momento, notó las miradas, las sonrisas cómplices y los susurros. No tardó en descubrir lo que estaban haciendo.

Kevin y los suyos habían estado obligando a los estudiantes más débiles a lanzar sus zapatos al centro de la clase, generando distracciones para su propia diversión.

Gabriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que, tarde o temprano, Kevin lo obligaría a hacer lo mismo.

Y no pasó mucho tiempo antes de que sus temores se hicieran realidad.

—Tú —Kevin lo señaló con una sonrisa torcida—. Haz lo mismo.

La voz de Kevin era baja, pero llena de amenaza.

Gabriel tragó saliva. Sus manos sudaban, pero se negó a ceder.

—No. —Su voz salió más firme de lo que esperaba—. No te seguiré el juego.

Un segundo de silencio.

Y luego, la furia en los ojos de Kevin.

Antes de que pudiera reaccionar, sintió un ardor en la mejilla.

—No te pregunté, idiota. —Kevin sostuvo entre sus dedos un clavo oxidado, sucio, con restos de algo oscuro en la punta. Era lo que había estado usando para obligar a los demás.

Gabriel llevó su mano temblorosa a su rostro y sintió la piel ardiendo. El clavo lo había rasguñado.

—Es una orden. —Kevin lo miró con esos ojos crueles, brillando con satisfacción.

Gabriel sintió su estómago encogerse. Un nudo de miedo le cerró la garganta.

—No… —Esta vez su voz tembló, y sus ojos reflejaron el terror que intentaba contener.

Kevin inclinó la cabeza, divertido.

—Si no lo haces, te apuñalaré con este mismo clavo. —Su sonrisa se amplió en una expresión que no tenía nada de humana.

Gabriel se quedó helado. Su respiración se aceleró, y el pánico lo paralizó.

—Hazlo. —Kevin movió el clavo lentamente, acercándolo a su abdomen.

Gabriel sintió el frío metal rozar su piel.

Algo dentro de él se rompió.

—Está… está bien… —su voz salió débil, quebrada.

Con los dedos temblorosos, se quitó los zapatos y los arrojó al centro del rondo, sintiendo su dignidad hacerse pedazos junto con ellos.

Pero Kevin no había terminado.

—Ahora los pantalones.

Gabriel levantó la vista, atónito.

—¿Qué? —Su corazón latía desbocado—. ¡No haré eso!

—Hazlo. —El clavo presionó un poco más su piel—. O te juro que te atravieso con esto.

Gabriel exhaló bruscamente. Sus ojos ardían con lágrimas que luchaban por salir.

No había salida.

—No, espera… —Su voz fue apenas un susurro—. Lo haré.

Cada movimiento le pesó como si su cuerpo entero estuviera encadenado. Se quitó los pantalones con torpeza, sintiendo el ardor de la humillación consumirlo.

El aire frío golpeó su piel. Se quedó solo en bóxers, temblando.

Kevin sonrió.

—Arrójalo.

Las manos de Gabriel estaban heladas cuando obedeció.

—Muy bien hecho. —Kevin aplaudió en burla—. No era tan complicado, ¿verdad?

El grupo de amigos de Kevin rió en voz baja. A su alrededor, algunos compañeros miraban la escena con incomodidad, pero nadie hizo nada.

Nadie lo ayudó.

Gabriel sintió su cuerpo temblar, no solo por el frío, sino por la humillación aplastante.

Kevin se inclinó, acercándose a su oído.

—Recuerda lo que sucederá si le dices a alguien sobre esto.

Su voz fue un susurro venenoso, una amenaza que se aferró al alma de Gabriel como garras invisibles.

Gabriel apretó los puños. No podía hablar. Ni siquiera podía llorar. Solo quería desaparecer.

—¿Quién lanzó esto? —La voz de la maestra resonó en el aula, molesta.

Todos guardaron silencio.

Kevin sonrió con inocencia y, sin dudarlo, señaló a Gabriel.

—Fue él, maestra.

Gabriel sintió su estómago caer.

—No… yo… —Intentó defenderse, pero su voz se apagó antes de que pudiera decir más.

No tenía sentido. Nadie le creería.

—Ven acá, jovencito. —La maestra lo miró con decepción—. Vamos directo a la rectoría.

Gabriel se levantó en silencio.

Cada paso se sentía como caminar sobre vidrio roto. Cada mirada sobre él era como una daga.

No dijo nada. No miró a nadie. Pero dentro de él, algo empezó a fracturarse.
Algo que, pronto, despertaría.

De camino a la rectoría, Gabriel caminaba con la vista clavada en el suelo, sintiendo cada paso como si sus piernas fueran de piedra. Su corazón golpeaba contra su pecho, pero no por la posibilidad del castigo. No, eso era lo de menos.

El peso de todas las miradas lo aplastaba. No miró a nadie, pero sentía su juicio perforándole la piel. Su cuerpo temblaba, no de frío, sino de la vergüenza que le carcomía las entrañas.

Cada paso era un eco de su humillación.

El pasillo se alargaba frente a él como un túnel sin fin. Su respiración estaba entrecortada. El aire pesaba en sus pulmones.

Y entonces, en medio de ese vacío asfixiante, un pensamiento emergió, tan ajeno que parecía no pertenecerle.

"Si lloras, pierdes."
Gabriel se detuvo por un segundo. No era su pensamiento.

Pero sintió algo recorrer su columna, como un escalofrío… o como una presencia.
Sus manos dejaron de temblar. Su espalda se enderezó apenas un poco, su herida en el rostro desapareció. Y siguió caminando.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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