Horas después Gabriel estaba sentado en la mesa del comedor, con la cabeza gacha mientras su madre hablaba con voz severa.
—No puedo creerlo. Esto no es propio de ti, Gabriel.
Su padre, con los brazos cruzados, suspiró.
—Vas a cumplir tu castigo escolar. Y aquí en casa también tendrás consecuencias. No habrá televisión ni videojuegos por dos semanas. Quiero que uses este tiempo para reflexionar.
Gabriel no respondió. Ni siquiera los miró.
Seguía sintiendo el eco de un pensamiento en su mente, lejano pero firme.
“Esto fue lo mejor que pudimos hacer.”
Pero ahora, con el peso del día cayendo sobre él, con la culpa y la humillación regresando como una oleada de dolor sordo, sintió su mente entumecerse.
El calor en su pecho se desvaneció. La confianza fría que lo había acompañado en la rectoría se desmoronó lentamente.
La extraña certeza que lo había guiado antes se disipó, dejándolo solo con la realidad de lo que había ocurrido.
Gabriel, finalmente, se sintió pequeño otra vez. Frágil. Simplemente volvió a ser él.
—¿Puedo irme a mi habitación? —su voz temblaba.
—De acuerdo.
Su padre lo dejó ir sin hacer más preguntas.
Apenas cerró la puerta de su habitación, Gabriel se lanzó sobre la cama y rompió en llanto. Lloró hasta que su cuerpo no pudo más y el agotamiento lo arrastró al sueño.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su cuarto. Otra vez, ese lugar. Pero esta vez era diferente: más nítido, más tangible. Y estaba sumergido.
El agua lo cubría por completo. Boca arriba, flotaba sin poder moverse, sin poder respirar. Intentó agitar los brazos, patear, pero sus músculos no respondían. Solo podía ver la superficie cada vez más lejana, deformada por las ondas del agua.
Y entonces, una silueta apareció arriba.
—¿Otra vez aquí, chiquitín? —La voz sonó entre fastidiada y burlona—. Parece que no puedes ni moverte.
Una mano emergió del agua y lo atrapó del brazo, jalándolo con facilidad. Gabriel salió de golpe, tosiendo, llenando sus pulmones de aire. Pero su ropa estaba completamente seca.
—Gracias… —susurró con la voz débil—. Creí que me ahogaría.
—Sí, bueno, no es como si te pudiera dejar ahí, ¿no? —Dylan se cruzó de brazos—. Aunque me sorprende verte tan pronto.
Gabriel alzó la vista y lo observó bien. Su expresión era gruñona, pero sus ojos reflejaban una preocupación que intentaba ocultar.
—¿Estás bien?
—No… han pasado muchas cosas.
Y entonces, Gabriel le contó todo. Desde la reunión con el rector hasta la culpa que lo carcomía por dentro.
—Ahora también se meten con Aura… —su voz se quebró—. Si no me hubiera defendido, Kevin no la molestaría a ella.
Dylan lo observó con el ceño fruncido.
—¿Y eso qué?
—¿Cómo que “y eso qué”? ¡Es mi culpa!
—No, niño, es culpa de esos idiotas —Dylan se cruzó de brazos, con una expresión de fastidio—. Y si te sigues echando la culpa por todo lo que hacen, vas a terminar ahogándote de verdad.
Gabriel bajó la cabeza.
—Pero si no hubiera hecho nada…
—Si no hubieras hecho nada, te seguirían pisoteando. Y tarde o temprano, Aura también hubiera sido blanco de ellos. —Dylan suspiró y lo miró con severidad—. Escúchame, chiquitín: tienes que hacerte fuerte. Cuando despiertes, ve a una tienda de libros y consigue algo sobre defensa personal.
Gabriel frunció el ceño.
—La violencia no resuelve nada. Eso me lo enseñaron mamá y papá.
Dylan puso los ojos en blanco.
—No se trata de violencia, niño. Se trata de que no te dejes. Y de que no dejes que sigan lastimando a los que te importan.
Gabriel lo miró en silencio.
—No quiero que nadie lastime a nadie más.
Dylan suspiró con exasperación.
—Eres un caso perdido.
—Pero te agrada.
Dylan resopló.
—Anda, sal de aquí. Es hora de despertar.
Esta vez su voz sonó un poco más apagada.
Gabriel se giró hacia la puerta que había aparecido en la distancia.
—Tendré cuidado allá afuera.
—Más te vale.
Gabriel despertó de golpe. Pero no en su cama.
El viento frío le rozaba la piel. La luz de la luna iluminaba el suelo de piedra bajo sus pies.
Estaba en el patio de su casa.
Se quedó un momento en silencio, sintiendo la brisa nocturna en su rostro.
—¿Cómo llegué aquí?
No tenía respuesta. Solo sabía que debía volver a su habitación antes de que alguien lo encontrara.
Pero al girarse, sintió un ardor en su mano derecha.
Frunció el ceño y la revisó.
Magulladuras. Arañazos. Como si hubiera golpeado algo.
Suspiró.
—Seguro me golpeé caminando dormido…
Volvió a su cuarto en silencio.
A la mañana Gabriel le pidió a su mamá ir a la biblioteca a lo que ella acepto Pues sería algo bueno para el.
Llegaron a la biblioteca y el pequeño estaba pensando en buscar algo sobre la defensa personal, sin embargo, al llegar un libro llamo mucho su atención por lo que rápidamente olvidó que estaba ahí por un libro de defensa personal y tomo el que le llamo la atención; el título del libro era “siempre contigo”.
El libro contenía imágenes y trataba sobre dos jóvenes una chica llamada Sam quien recibió una nota misteriosa y busca encontrar quien la dejo aunque la búsqueda estará llena de peligros y el otro protagonista, y quién llamo más la atención del pequeño, “Dylan” quien la ayudará y quién es casi como un héroe en esta historia.
Gabriel recordó de inmediato al Dylan que había visto en sus sueños, para el fue una coincidencia muy agradable. A medida que leía aquella historia más quería avanzar y Dylan era su héroe, el deseaba ser como el Dylan de “siempre contigo” tener esa fuerza y ese valor. El quería seguir leyendo pero su madre le dijo que debían volver y el aún no llegaba ni a la mitad del libro.
- Mama podemos llevar este libro – mostró la portada con gran alegría y un enorme emoción – porfa.
Editado: 30.01.2026