Fragmentos del alma

Fin del castigo

De camino a casa de Kevin, manejaron sin música, sin radio, sin nada. Solo el sonido del motor y el golpeteo de los dedos de su padre contra el volante.

Kevin odiaba ese silencio habría preferido grito o cualquier otro castigo inmediato. Pero tuvo que esperar para que ese castigo llegara.

La casa de Kevin era un lugar silencioso, demasiado ordenado. Un lugar donde el caos estaba enterrado bajo una alfombra de apariencias.

En cuanto entraron, su padre cerró la puerta con un golpe seco.

—Ve a tu habitación — su orden fue fría pero detrás había algo de ira.

Kevin obedeció sin decir una palabra.

En la habitación de Kevin, su padre empezó a juzgar su castigo.

—La última conversación te dije que si hacías algo que estaba mal. — hizo una pausa analizando a su hijo, quien tenía una mirada aterrada — te aseguras de no ser descubierto.

Kevin guardo silencio, pero la ira de su padre empezó a hacerse presente, su voz ya no era calmada.

—¡Y tu vas y confiesas todas tus estupideces!.

—Lo siento…

Una bofetada aterrizó en la mejilla de Kevin haciendo que cayera al suelo.

—¡Tus disculpas no me sirven para nada!.

Adrián tomo a su hijo por el cabello y se dirigió al patio de su casa para calmar la frustración que sentía.

—¡¿Dime porqué hiciste esa estupidez?!

Kevin no respondió, pero en sus ojos el terror se hizo presente. A su mente regreso esa frase “si le cuentas a alguien lo que pasó hoy… te haré desaparecer.”

La voz de Dylan hizo eco en su mente, el terror se apoderó de el incapaz de reaccionar.

—¡¿En qué estabas pensando?! —rugió el hombre, su voz llena de furia contenida—. ¡Todos ahora saben que mi hijo es un maldito fracasado!

Kevin sintió su estómago retorcerse. Otro golpe, luego otro.

El suelo se acercó demasiado rápido cuando cayó de rodillas, su mejilla ardiendo. Su padre lo tomó por el cabello, obligándolo a mirarlo.

—Eres una vergüenza.

Kevin tembló. La ira de su padre no parecía calmarse, más bien, parecía crecer más y más.

Los dedos de su padre se cerraban alrededor de su garganta. Su padre había perdido todo control de si mismo.

De pronto una figura estaba sentada en el muro que delimitaba la casa de la familia Guzmán con sus vecinos hablo.

—Suficiente.

El chico saltó, la pared media 2 metros aproximadamente, pero ese chico no sufrió daño alguno.

El padre de Kevin lo miró, sorprendido al principio, pero luego frunció el ceño.

—¿Quién diablos eres? — pregunto Adrián.

Kevin por su parte al verlo se quedó helado, tenía miedo y tembló de terror

—Me llamo Dylan — se presentó con un tono algo burlesco — creo que tú hijo ya sufrió lo suficiente.

Dylan caminó lentamente hacia ellos, sus pasos resonando con una calma inquietante.

El padre de Kevin se irguió, más alto, más fuerte. O eso creía

—Sal de mi casa. — su tono fue agresivo

Dylan sonrió, ladeando la cabeza.

—Haz que me vaya.

El hombre se lanzó hacia él, con furia. Dylan ni siquiera parpadeó. Su mano se movió con precisión quirúrgica, atrapando la muñeca del hombre a mitad del golpe. Un segundo después, un crujido.

El padre de Kevin gritó y cayó de rodillas, sosteniendo su brazo.

Dylan se inclinó hacia él, con una calma aterradora.

—¿Qué demonios eres…?

Adrián tembló sentía como un sudor frío recorría su espalda

Dylan acercó su rostro al suyo.

—Soy el monstruo que tú creaste. — luego volteo a ver a Kevin. — El castigo termino.

Dylan se enderezó, tomo al padre de Kevin por las solapas de la camisa dejándolo a la altura de sus ojos.

—Te daré solo una oportunidad de enmendar el daño que has causado. — los ojos de Dylan se tornaron oscuros — si hablan de esto… sus vidas jamás volverán a ser como eran antes. Yo me encargaré de eso y si no aprovechan su oportunidad. Les cobrare sus errores personalmente.

Entonces dejo caer a el padre de Kevin de forma brusca y dándole un leve empujón.

Dylan dio media vuelta y salió por donde había llegado, desapareciendo entre los tejados del vecindario.

Adrián se sintió humillado inferior y lleno de terror, quería venganza pero primero debería preparase para ello.

La noche caía sobre el barrio, silenciosa, apenas rota por el zumbido distante de las farolas. Dylan llevó a Gabriel a salvo hasta casa. El aire estaba frío y el camino parecía más largo de lo habitual. Poco antes de llegar, la voz de Dylan resonó en su mente con firmeza.

—Escucha, niño… solo responde lo que te diga.

Gabriel apenas asintió. En ese instante, una leve luz azulada recorrió su cuerpo; su reflejo se distorsionó unos segundos y, poco a poco, la figura de Dylan se desvaneció, dejando nuevamente a Gabriel al mando. El cambio siempre era silencioso, casi imperceptible, pero en su interior podía sentir el eco de la energía que los unía.

Frente a la puerta de su casa, respiró hondo. Su ropa estaba sucia, cubierta de polvo, y su camisa presentaba pequeñas roturas, pero su cuerpo no mostraba heridas: Dylan siempre lo dejaba intacto. Dudó unos segundos antes de tocar la puerta.

El sonido hueco del golpe pareció despertar algo dentro de él.

Laura abrió enseguida. Sus ojos estaban enrojecidos, húmedos por las lágrimas contenidas.

—¡Hijito! —exclamó, y su voz quebrada fue suficiente para desatar el llanto—. ¿Estás bien?

No esperó respuesta; lo abrazó con fuerza, como si temiera que el niño se desvaneciera en sus brazos.

—Sí, mamá… —murmuró Gabriel, sintiendo cómo las lágrimas también le nublaban la vista.

Laura lo apartó apenas un poco, lo miró de pies a cabeza, y su expresión se tornó angustiada al notar el estado de su ropa.

—¿Qué sucedió? —preguntó con un hilo de voz.

—Yo… —empezó Gabriel, pero una sensación recorrió su pecho. La voz de Dylan habló a través de él, calmada pero precisa—: Kevin intentó lastimarme otra vez. Me caí y me escondí… por eso llegué tan tarde.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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