Las horas pasaron, pero Gabriel seguía confundido. Sus recuerdos eran borrosos y, aunque una parte de él sabía que algo había ocurrido, no lograba recordar qué.
Estaba acostado en su cama, mirando el techo, tratando de reconstruir lo que había pasado. Sin embargo, todo se sentía distante, como un sueño difuso. Apenas podía recordar cómo había llegado a casa.
El cansancio finalmente lo venció, y se quedó dormido. Pero en su sueño, volvió a ese lugar que se había vuelto tan habitual en su mente.
Gabriel flotaba en el agua oscura y profunda de aquel lugar. Miró a su alrededor, pero todo parecía vacío. A lo lejos, distinguió un pequeño tramo de tierra iluminada por una luz cálida y suave. Tal vez si lograba alcanzarla, podría salir de ahí.
Intentó nadar, pero el agua lo retenía. Cuanto más luchaba por avanzar, más se hundía, como si algo invisible lo sujetara. Entonces, entre las sombras, vio una figura pequeña sentada en la arena.
—¡Dylan! —gritó, su voz ahogada por el agua—. ¡Auxilio!
Pero la figura no respondió de inmediato. Gabriel entrecerró los ojos y, a su alrededor, vio juguetes esparcidos en la arena. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era Dylan.
Era un niño pequeño.
—¿Puedes ayudarme? —preguntó Gabriel, con la voz entrecortada.
El niño levantó la vista con tranquilidad y, sin prisa, tomó algunos de sus juguetes. Cuando empezó a caminar hacia él, algo extraño ocurrió: el agua comenzó a retroceder.
No se evaporó ni se disipó; simplemente, se apartó de él, como si no pudiera tocarlo.
—¿Quieres jugar conmigo? —preguntó el niño con naturalidad.
Gabriel, aún jadeante, no supo qué responder de inmediato. La sensación era extraña. Aquel niño no parecía afectado por nada. No mostraba miedo, ni angustia, ni preocupación.
—Me gustaría —dijo al fin, forzando una sonrisa—, pero no puedo salir de aquí.
El agua volvió a cerrarse sobre él, presionándolo, robándole el aire.
—Pero es muy fácil —dijo el niño, extendiéndole un juguete.
En cuanto lo hizo, el agua se disipó por completo, liberándolo.
—¿Ves?
Gabriel se quedó inmóvil, sorprendido. No entendía lo que acababa de pasar, pero asintió.
—Gracias…
—¿Ahora sí jugarás conmigo?
El niño se sentó nuevamente en la arena y empezó a acomodar sus juguetes, como si nada más importara.
Gabriel, aún tembloroso, tomó asiento a su lado. A medida que jugaban, sintió algo extraño en su pecho. Una calidez. No dolor, ni angustia, ni miedo. Solo… paz. Una paz que creía haber perdido hacía mucho tiempo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Gabriel, con voz baja.
—Me llamo Logan.
Siguieron jugando por un rato, hasta que una voz familiar rompió la tranquilidad.
—Oigan, enanos —dijo Dylan a sus espaldas—, ¿qué se supone que están haciendo?
Gabriel alzó la vista de inmediato. Al ver a Dylan, se levantó y lo abrazó con fuerza, como si necesitara asegurarse de que estaba ahí.
Dylan, sin devolver el abrazo, observó fijamente a Logan, que seguía jugando como si no hubiera notado su presencia.
—Enano —dijo Dylan, con el ceño fruncido—, ¿qué haces aquí?
—Solo estoy jugando.
La respuesta pareció irritarlo.
—Lo que quiero decir es… ¿cómo saliste? No se supone que lo hicieras tan pronto.
—La puerta se abrió sola, así que salí a jugar. Entonces lo encontré a él.
Gabriel, confuso, miró a Dylan.
—¿Qué está pasando?
Dylan suspiró, como si supiera que la explicación no sería fácil.
—No me queda de otra más que explicarte. Supongo que tienes muchas preguntas.
Gabriel asintió.
—Te explicaré todo.
Dylan tomó una roca y, sin previo aviso, se la lanzó a Logan.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —exclamó Gabriel, horrorizado. La roca era grande; si golpeaba al niño, lo lastimaría.
Pero Logan no reaccionó. Ni se movió, ni se inmutó. Simplemente siguió jugando.
—Tranquilo, niño —dijo Dylan con indiferencia—. No le hará daño. De hecho, nada puede lastimarlo.
Gabriel miró a Logan con incredulidad.
—¿Nada…?
—Él es indestructible.
Dylan hizo una pausa, cruzándose de brazos.
—No solo físicamente. Tampoco puedes herir sus sentimientos.
Gabriel tragó saliva. De repente, entendió lo que Dylan quería decir, aunque no podía explicarlo con palabras. Logan estaba ahí, pero al mismo tiempo… era inalcanzable.
Nada podía tocarlo. Ni el dolor, ni la tristeza, ni el miedo.
Como si fuera una parte de él que, de alguna manera, había dejado de sufrir.
—¿Qué fue lo que pasó hoy? —preguntó Gabriel, sin apartar la vista de Logan.
Pero Dylan no respondió.
—Por ahora, debes salir de aquí. Ya amaneció. Te prometo que te lo explicaré todo cuando regreses.
Señaló la puerta por la que Gabriel solía salir de ese lugar.
Gabriel quería protestar, pero entonces escuchó la voz de su madre llamándolo. No tenía opción. Con resignación, cruzó la puerta.
Al abrir los ojos, algo se sentía extraño. Su cuerpo estaba… diferente.
Se incorporó de golpe y sintió cómo su ropa le quedaba más holgada. ¿Acaso su ropa se había agrandado? ¿O él se había encogido?
Corrió hacia el espejo y su corazón dio un vuelco.
Su reflejo le devolvió la mirada… pero su cuerpo era más pequeño. ¡Él era más pequeño!
La voz de su madre seguía llamándolo para que bajara a desayunar. Pero no podía presentarse así. Se asustaría si lo veía de esa manera.
Desesperado, comenzó a buscar algo que le quedara mejor para disimular el cambio. En su apuro, se golpeó contra un mueble. Se preparó para el dolor… pero no sintió nada.
Un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Qué le estaba pasando?
Justo cuando el pánico comenzaba a apoderarse de él, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. De repente, su forma comenzó a cambiar de nuevo. Poco a poco, regresó a la normalidad.
—Tranquilo, ya lo arreglé —escuchó la voz de Dylan en su mente—. Más tarde te explicaré todo.
Editado: 30.01.2026